miércoles, 2 de junio de 2010

Brasil o el destino manifiesto

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

A mediados de la década de los setenta, Henry Kissinger enunció algo que era evidente: por su enorme potencial, por los ritmos de desarrollo económico y por la actitud de la clase política, afín a las doctrinas desarrollista, la sustitución de importaciones y ciertos acentos al mercado interno, Brasil iba camino de convertirse en una potencia regional y en un factor en la política mundial.

Cuando el presidente Johnson afirmaba que: “Brasil era un aliado natural de los Estados Unidos y el Secretario de Estado de Nixon lo camelaba acuñando la fórmula de: “Hacia donde se incline Brasil se inclinará América”, Luis Ignacio da Silva, “Lula”, un obrero de Sao Paulo daba sus primeros pasos en la política y nada hacía sospechar que, conduciendo por la izquierda, con perfil socialdemócrata, guiaría al gigante sudamericano en su debut en la política de alto estándar.

Descontando a John F. Kennedy al que no permitieron hacerse justicia, después de Woodrow Wilson y Roosevelt, creadores de doctrinas y alianzas, el perfil internacional de los mandatarios norteamericanos, Truman, Eisenhower, Johnson, Carter, Nixon y otros, dominado por la obsesión anti comunista y atrapado por la Guerra Fría, se degradó considerablemente.

En un clima de visible mediocridad, Henry Kissinger, un talentoso profesor y operador político se convirtió en una celebridad al asistir a Nixon en la apertura hacía China, negociar la paz en Vietnam y proponer un rediseño de la política mundial que codificaba la posición hegemónica de los Estados Unidos, limitaba o anulaba la relevancia de ciertos estados y asignaba funciones a determinadas naciones emergentes; a Brasil correspondía el papel de una especie de subimperialismo, trampa que la clase política brasileña, especialmente los presidentes Cardoso y Lula, han logrado evadir.

Lo que no ha podido evadir Brasil es una casi constante polémica con los Estados Unidos por razones comerciales, especialmente por los aranceles a algunos productos brasileños y la protección a otros norteamericanos. La Organización Mundial de Libre Comercio ha sido escenario de alguno de esos encontronazos a los que se suman desavenencias políticas menores.

Aunque sin un compromiso ideológico afín, sin apenas mencionar las palabras revolución y socialismo ni criticar doctrinariamente al capitalismo, el Brasil de Lula se ha sumado a la corriente general de una nueva izquierda latinoamericana. Es amigo y destacado socio comercial de Chávez, Correa y Evo Morales y no oculta su admiración por Fidel Castro, que no pierde oportunidad para ser reciproco. La oposición de Brasil fue decisiva para anular el proyecto norteamericano de un Tratado de libre Comercio con las Américas (ALCA) y son notorias sus críticas al bloqueo a Cuba.

Lo que nadie esperaba, incluyendo a Brasil y Estados Unidos es que apenas en unas semanas, entre ambos países se desatara un delicado contencioso político y difícilmente alguien hubiera podido adivinar que Irán sería la manzana de la discordia. La forma relampagueante como fue alcanzado un acuerdo relativo al uranio de Irán contrasta con el rechazo norteamericano y con la brusquedad con que la Secretaria de Estado Hilary Clinton ha señalado por sus nombres al presidente brasileño y a su canciller.

El diferendo que ahora opone a Brasil con Estados Unidos es de difícil pronóstico porque a la aceptación de Teherán de entregar en depósito a la mitad de sus existencias de uranio levemente enriquecido y que constituye un hecho concreto y verificable, se opone la apreciación subjetiva, infundada y probablemente festinada de la Clinton que, sin prueba ni argumentos, sostiene que se trata de una maniobra iraní para evitar nuevas sanciones.

Cuando Lula, el premier turco Erdogan y la opinión pública internacional, perplejos ante el hecho de que el compromiso asumido por Irán de renunciar a tonelada y media de uranio enriquecido no le haya parecido relevante a la Secretaria de Estado de Obama, que ha intentado ridiculizar a los líderes brasileño y otomano por haberse prestado a “Una maniobra de Ahmadineyad para comprar tiempo” con uranio, el diario Folha de Sao Paulo, publica una carta del mandatario norteamericano a su homologo sudamericano del pasado 24 de abril, solicitándole, que hiciera exactamente lo que hizo.

Está por ver si el presidente brasileño decide llevar a Obama contra las cuerdas colocándolo frente a lo que pudiera ser otra de sus inconsecuencias y abundar en el significado de la presunta carta que pudiera explicar, no sólo el dinamismo y la seguridad con que actuaron Lula y Erdogan, sino probablemente haya influido en la disposición de Ahmadineyad.

En cualquier caso, lo que puede estar ocurriendo es una especie de final adelantado que obliga a Brasil a abrir el juego antes de tiempo y avanzar hacia una confrontación política con Estados Unidos, por motivos que pueden parecer extraños a parte de la clase política brasileña, por añadidura en medio de un proceso electoral en el cual el Partido del Trabajo no podrá contar con su carismático líder.

La burguesía nacional brasileña, un poderoso sector social que se desarrolló allí y que excepto en Argentina no existe en ninguna otra parte de América Latina, es medianamente nacionalista en el terreno económico y comercial, pero no necesariamente se comporta con la misma determinación en el ámbito político; mucho menos cuando de confrontar a Estados Unidos se trata. El dinero es cobarde, no conoce la palabra solidaridad y evade los riesgos.

Por ahora se hace evidente que por estas u otras razones Brasil, con Lula y sin él, difícilmente pueda evadir su destino que son sucesivas confrontaciones con Estados Unidos, circunstancias que crean escenarios de difícil pronóstico.

Por lo pronto sabemos que el presidente tiene quien le escriba y no hay nada más socorrido que un día después de otro; mañana tendremos más.

Autor foto: Roosewelt Pinheiro - ABR

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