martes, 15 de junio de 2010

Dar China al tiempo

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Con la fundación de la ONU, creada para el mantenimiento de la paz mundial, la inclusión del Capítulo VII de la Carta que autoriza el uso de la fuerza y la creación del Consejo de Seguridad, se codificó el derecho de las grandes potencias a imponer su hegemonía y se avanzó en la creación de un virtual gobierno mundial.

En el entorno de la época, traumatizado por la barbarie, la ocupación y el holocausto nazi y el peligro de que una ideología semejante volviera amenazar a la humanidad, la idea de la ONU fue acogida, entre otras cosas porque era resultado de un consenso entre los líderes que habían salvado al mundo y a la democracia del fascismo.

Aquel intento estaba basado en el supuesto de la continuidad de la alianza alcanzada durante la guerra y se resintió con la muerte de Roosevelt. La ruptura con la Unión Soviética y la adopción de la “contención del comunismo” como doctrina por Truman, que dio lugar al desencadenamiento de la Guerra Fría lo cambió todo.

En la coyuntura internacional de los años cincuenta, con el mundo bipolar instalado, se desató el proceso de descolonización, que dio lugar a la aparición del Tercer Mundo, un fenómeno originalmente afroasiático que podía ser un punto de equilibrio entre el Este y el Oeste. No resultó así.

Al concertar sus puntos de vista sobre la política mundial en la posguerra, seguramente Roosevelt, Churchill y Stalin no asumieron que el Consejo de Seguridad, órgano del poder mundial, pudiera funcionar con la falta de consenso derivada de la hostilidad de cuatro de los miembros permanentes, hacia la Unión Soviética y una ausencia como la de la República Popular China.

Las divisiones creadas por la Guerra Fría, la exclusión del Tercer Mundo y la discriminación de que era objeto la República Popular China, a la que se le negaba el acceso a la ONU, parecían suficientes para abortar la concertación de las grandes potencias, cuando, sorpresivamente triunfó la Revolución Cubana, después de la cual nada fue igual.

Estados Unidos que apenas se había interesado por la descolonización y le interesó poco lo que ocurría en la India, Senegal o Egipto, reaccionó ante la Revolución Cubana como si Fidel Castro fuera un separatista y como si en lugar de en Cuba, hubiera hecho la Revolución en Pensilvania. La desmesurada reacción norteamericana que sustanció una agresiva política que dura ya cincuenta años y que ha acudido a todas las medidas posibles, sobre todo al aislamiento político, las acciones terroristas, el bloqueo económico, la agresión militar y los intentos por liquidar a sus líderes.

No menos opulenta fue la reacción soviética que acudió en ayuda de Cuba brindando respaldo político, una voluminosa asistencia económica y cuantiosa ayuda militar que, aun cuando fuera desinteresada (cosa rara en la política de las grandes potencias) le permitió debutar en espacios políticos que hasta entonces le estaban vedados.

El enorme prestigio de la Revolución Cubana y el liderazgo de Fidel Castro que movilizó el respaldo de los pueblos, conectaron la actividad revolucionaria latinoamericana con los movimientos políticos afroasiáticos, dando lugar a un fenómeno político inédito y de escala tricontinental que se instaló con una fuerza enorme en el conflicto Este-Oeste y clavó el último clavo al ataúd de las pretensiones hegemónicas de las grandes potencias.

El resto de la historia es conocida. El socialismo real no tuvo capacidad para renovarse y la Unión Soviética desapareció del escenario político mundial dando paso a una Rusia que homologó su sistema político al de occidente.

Entre tanto China que, en función de sus realidades emprendió reformas económicas que introdujeron prácticas de mercado que la han convertido en la tercera economía mundial, ha adoptado un pragmatismo político que la distancia de contenciosos que implican altos niveles de riesgos y de confrontación con Estados Unidos y otros socios comerciales occidentales.

No se trata de que la dirección china haya dejado de simpatizar con la causa de ciertos pueblos que se enfrentan abiertamente al imperialismo, con los cuales puede tener gestos de solidaridad, incluyendo apoyo material, siempre y cuando ello no implique una confrontación que perjudique sus intereses estratégicos. No es el caso de Irán que al aludir el tema nuclear acumula un potencial excesivamente explosivo.

Al tomar distancia de la posición de Irán en el diferendo nuclear con occidente, Rusia es consecuente con la orientación general de su sistema político y China no envía ningún mensaje nuevo sino que ratifica una posición pragmática sostenida, que por cierto, no intenta ocultar ni justificar.

Por otra parte, es probable que en este caso concreto, la posición de la República Popular China en la reciente votación de las sanciones contra Irán, en el Consejo de Seguridad, aconseje moderación al estado persa. Si ese fuera el resultado, tal vez el alineamiento chino sea una sabia maniobra y no exactamente una claudicación. Está por ver como lo asume Irán. Por lo pronto, retorica aparte, el hecho de que Ahmadineyad no haya cancelado su visita a China es un elemento a tomar en cuenta.

De la otra orilla, es probable que ahora, con las fuerzas del otrora potente movimiento político afroasiático neutralizadas, Rusia homologada a occidente y China de regreso al consenso, el Consejo de Seguridad pueda vivir mejores momentos y el imperio acaricie la posibilidad de aprovechar las oportunidades para reactivar el proyecto bordado por los Tres Grandes en Yalta. La dificultad es que Barack Obama no es Franklin D. Roosevelt y el mundo de hoy no se parece al de 1945. Allá nos vemos.

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