lunes, 14 de junio de 2010

El "descubrimiento" de los barrabravas

LA ARENA

Desde que el fútbol empezó campear como el deporte más popular del mundo, a comienzos del siglo pasado, se generó un fenómeno social paralelo: el de los partidarios de una divisa, llamados entre nosotros "hinchas". Con el correr de los años esos conjuntos, surgidos en parte por la pasión que generaba el juego pero también por una cierta alienación que producía, alcanzaron un apogeo de colorido, popularidad y violencia en todo el mundo bajo distintas denominaciones: hooligans en Inglaterra, tifossi en Italia, torcedores en Brasil, ultras en España. Su entusiasmo, su pasión desmedida alentada a menudo por el racismo, el alcohol o las drogas, tuvo muchas veces epílogos de tragedia, tanto en el país como en el exterior. Entre nosotros el sector más violento de las parcialidades recibió un nombre que, al tiempo que prevenía, los descalificaba: barras bravas, designación que el uso popular simplificó como barrabravas.

Desde hace al menos sesenta años cada club de cierto predicamento tiene su "barrabrava" compuesta de los sectores más violentos y antisociales, practicantes del latrocinio y la delincuencia dentro y fuera de las canchas, pero siempre perdurables por ser funcionales a los intereses de los dirigentes de los clubes y, más de una vez, también de los políticos de nota. Los memoriosos del fútbol tendrán presentes aquellos denodados esfuerzos para acabar con ellos, o al menos controlarlos, que hiciera el periodista Dante Panzeri desde las páginas de la revista El Gráfico, que epilogaron en su renuncia por un lado y en la instalación definitiva de "los barras" en nuestro fútbol por otro.

El de barrabrava pasó a ser un oficio, cuyo sustento estaba (está) en exacciones a dirigentes y jugadores, entradas gratis para su reventa, subvenciones para viajes acompañando a los equipos, "vigilancia" en los estacionamientos, "zonas liberadas" en las tribunas" y muchas acciones más, todas reñidas con la legalidad. Paralelamente desde que Argentina volvió a competir en los mundiales de fútbol su ambición los llevó a coaccionar a dirigentes cómplices (a veces a cambio de servicios electorales o de guardaespaldas) para que bancaran sus viajes al exterior, estadías y concurrencia a los campos de juego. Su único argumento para lograr esos privilegios -de los que estaba muy alejado cualquier hincha común y honesto- fueron contubernios, presiones y violencia bajo distintas formas.

Es decir que, de medio siglo a esta parte, barrabravas hubo siempre y si persisten fue por la complicidad de las autoridades en general, los dirigentes del fútbol en particular y, también, el periodismo, que a menudo pretendió presentar como pintoresquismo lo que era delincuencia. Y precisamente por eso es que sorprende la actitud de la prensa "grande" porteña que presenta el reciente caso de los barrabravas no admitidos en Sudáfrica como la quintaesencia del papelón nacional. En su afán de castigar a un gobierno que le ha quitado negocios y privilegios en el fútbol profesional, adoptando una actitud cercana al histerismo, sus periodistas sobreactúan y exageran tanto el hecho que, un día de la semana pasada, le dedicaron más de la mitad del tiempo de uno de los informativos televisivos.

De acuerdo a esos programas de la TV y la radio, parecería que los barrabravas y sus irregulares viajes a los mundiales han sido pergeñados por este gobierno. Una elemental compulsa de archivos que han realizado otros periodistas más objetivos demuestra palmariamente que, en circunstancias similares de otros mundiales, los grandes diarios y canales de TV callaron cualquier circunstancia en relación con el tema o la disimularon con un disfraz de nacionalismo pueril. Es que, altri tempi, el gran negocio del fútbol lo manejaba el grupo Clarín y no era cuestión de menear sus costados oscuros.

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