martes, 1 de junio de 2010

El incómodo recuerdo de La Gazeta

Alexis Oliva (ACTA)

El próximo 7 de Junio se cumplirá otro Bicentenario: el de la creación de La Gazeta de Buenos Ayres, un periódico creado inmediatamente después de la gesta de mayo por quien fuera el más lúcido de sus protagonistas: Mariano Moreno.

Es la fecha en que celebramos el Día del Periodista, en honor al nacimiento de aquel medio de comunicación que difícilmente podría haber sido definido como “independiente”, pero que era una herramienta indispensable para acompañar el proceso de una verdadera independencia y la construcción de una república libre y soberana.

Desde la visión de Mariano Moreno, la comunicación debía estar al servicio de la liberación y apuntalar aquellos tres valores enarbolados en 1789 por la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Y debía estar al servicio del proyecto de patria que él propuso en su Plan de Operaciones.

Allí sostuvo que “la unión hace la fuerza” y que el Estado debe crear “un orden de industrias, lo que facilitará la subsistencia de miles de individuos”, desarrollando “fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos como así en agricultura, navegación, etc.”. “La consecuencia de tal política -concluye Moreno- será producir en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesita para la conservación de sus habitantes”.

Lamentablemente, la sospechosa muerte de Moreno, menos de un año después, truncó este proyecto. Y su periódico, dejó de publicarse en 1822, cuando la revolución de Mayo comenzaba a ser desvirtuada por quienes se conformaban con desplazar el eje de la dependencia de España hacia Inglaterra. También, por supuesto, se dejó de lado aquel Plan de Operaciones. Ese texto es una medida de hasta qué punto está inconcluso ese sueño de país autónomo, industrial y con igualdad social.

El proyecto que se impuso, del cual la Argentina actual es heredera, fue el de un país para la elite del patriciado porteño, concebido por los intelectuales de la llamada Generación del 37, como Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi y Juan Cruz Varela (uno de los instigadores de que el unitario Juan Lavalle fusile al federal Manuel Dorrego, en uno de los crímenes políticos más graves de la historia argentina).

De defender este otro país se encargaron otros medios, mucho más longevos que La Gazeta, como el diario La Prensa, fundado el 18 de octubre de 1869 por José Clemente Paz; o La Nación, fundado el 4 de enero de 1870 por Bartolomé Mitre, personaje emblemático de la liberal y eurocentrista Generación del 80. Otro arquetipo de esa generación, el general Julio A. Roca, encabezaría la Campaña al Desierto, el genocidio de descendientes de pueblos originarios de la Patagonia. Las 1.323 víctimas directas, los 2.320 hombres guerreros y 10.539 mujeres y niños tomados prisioneros -según el informe del propio Roca al Parlamento- muestran la particular modalidad con que se puso en práctica el “gobernar es poblar” enunciado por Alberdi.

Esa generación apostó a la inmigración del norte de Europa, pero los que vinieron fueron los europeos meridionales, los turcos y los árabes. Muchos de esos italianos y españoles expulsados por la crisis económica trajeron el pensamiento socialista y anarquista que se expresaría a través de numerosos órganos de prensa militante cuyo objetivo -con diversos matices- fue crear conciencia en la clase trabajadora.

Decenios de infamia mediática

Esto ocurría en la llamada “década infame”, mientras los diarios liberales continuaban acompañando la entrega del país. Por ejemplo, en el escandaloso pacto Roca-Runciman que derivó en el debate de las carnes y el asesinato del senador santafesino Enzo Bordabehere, allegado a Lisandro de la Torre, el gran crítico del negociado perpetrado por el gobierno de Agustín P. Justo.

A estos diarios se sumaría, el 28 de agosto de 1945, el diario Clarín, hoy el multimedio más poderoso de la Argentina gracias, entre otros factores, a la ley de radiodifusión decretada durante la dictadura militar y perfeccionada luego en su espíritu discriminatorio y monopolista durante el menemismo, o sea, en la “segunda década infame”.

Lo ocurrido entre estas décadas “infames” es historia más cercana y acaso más conocida, pero conocida según la versión de los mismos medios hegemónicos que han ido gravitando cada vez más en la dramática historia política de nuestro país.

Por ejemplo, en la década de 1950, contribuyeron a desestabilizar el gobierno constitucional de Juan Perón y avalaron crímenes alevosos como el bombardeo aéreo contra la Plaza de Mayo y el golpe de estado de 1955, que dio inicio a la autodenominada “Revolución Libertadora”.

Lo volvieron a hacer en la década del 60, cuando se dedicaron a ridiculizar al presidente constitucional Arturo Illia, a elogiar a la dictadura que lo derrocó y su plan económico, a encubrir sus crímenes y a demonizar a las manifestaciones populares, tanto a los movimientos de masas que derivaron en protestas como el Cordobazo, como a la militancia revolucionara que derivó en la lucha armada.

Durante los 70, encubrieron los crímenes -mucho más alevosos y sistemáticos- de otra dictadura, esta vez con cortinas de humo tan eficaces como el Mundial 78 o con cortinas que suponían nuevos crímenes, como la Guerra de Malvinas, en la que los medios tuvieron una actitud de escandalosa complicidad y mentira. Mientras desaparecía un centenar de trabajadores de prensa (el 1,6 por ciento del total de desaparecidos), el gobierno militar premiaba con la entrega de la hasta entonces empresa estatal Papel Prensa a las manos privadas de Clarín y La Nación.

En la década del 80, garantizaron la impunidad del terrorismo de Estado, elaboraron la “teoría de los dos demonios” y se encargaron de obstruir cualquier intento de revertir el modelo económico de la dictadura, como ocurrió cuando Ambito Financiero adelantó los lineamientos del Plan Austral de Raúl Alfonsín generando un virtual sabotaje por las corridas bancarias que generó esta “primicia”. Una perla de esos años, es el título de ese mismo diario a propósito de la retirada anticipada del gobierno de Alfonsín: “Golpe de Mercado”. “Esta Argentina democrática no quiere más golpes de Estado militares pero ha adoptado una estrategia para defenderse de la demagogia de los políticos”, decía Ambito Financiero. Toda una confesión.

En los 90, jugaron un rol clave en la consolidación del modelo económico, impuesto ya sin violencia a través de la bendición mediática al menemismo y sus privatizaciones, la apertura indiscriminada al capital extranjero y la obediencia ciega al Fondo Monetario Internacional, además de la actitud resignada ante una corrupción considerada “un costo menor” del modelo.

Y en lo que va de esta primera década del milenio, se dedicaron primero a restaurar la gobernabilidad luego de la revuelta popular del 19 y 20 de diciembre del 2001, y ahora se empeñan en oponerse a todo lo que signifique revertir el modelo neoliberal, recuperar el rol del Estado en la economía y distribuir más equitativamente la riqueza. Al mismo tiempo, prohijan la represión y la tolerancia cero frente a consecuencias sociales del sistema, como la pobreza, el delito marginal y la protesta (salvo, por supuesto, cuando la que protesta es la gente bien).

La “mano invisible” de la política

El rol que han asumido las grandes empresas periodísticas en estos momentos históricos en los que se han dirimido distintos modelos de país nos permite ver cómo, más que “testigos” o “mediadores” como suelen presentarse, son en realidad poderosos “actores” de la política, la economía y la cultura. Tal vez la “mano invisible” de la economía sea un mito liberal, pero en política la mano invisible son los medios. Una mano con el poder de visibilizar aliados e in-visibilizar adversarios ideológicos.

Mientras tanto, en tiempos “normales”, se han dedicado a cumplir “una función esencialmente desorganizadora y desmovilizadora” de la ciudadanía, como dice el investigador Armand Mattelart. La estrategia de doble juego que observa este belga estudioso de la comunicación en Latinoamérica, puede ilustrarse en la actualidad argentina con el prolongado conflicto entre el Gobierno nacional y las entidades del agro: los medios que habitualmente se dedican a entretener, despolitizar y predicar el individualismo, frente a un conflicto que puso en juego intereses propios y/o de aliados, repentinamente se ideologizaron y desplegaron una comunicación militante. Sin ningún tipo de pudor, dejaron de lado el objetivismo y asumieron una subjetividad explícita y entusiasta.

En aquel momento, fue a favor de los intereses de los agro-negocios (en los que los medios de comunicación participan en forma directa, como Clarín, La Nación y La Voz del Interior, coorganizadores de la Expo Agro junto con la Sociedad Rural). Hoy, es a favor de sus intereses económicos directos, que se ven afectados por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. La virulenta y constante campaña en contra de esta norma, que refleja los principios y los anhelos de numerosos sectores sociales que desde mucho antes que el matrimonio Kirchner vienen bregando por la democratización de los medios, pone en evidencia que éste era un debate central para la sociedad argentina y que estaba demorado desde la vuelta a la democracia.

De Napoleón a Deodoro Roca

Es saludable que el Bicentenario encuentre una Argentina politizada, que discute al poder y dentro de ese poder al poder de los medios de comunicación. Justamente, para reforzar lo saludable que es ejercer la memoria histórica, me gustaría terminar con dos citas. La primera es una secuencia de titulares de la prensa francesa en 1809 -un año antes de nuestra Revolución de Mayo- referidos a un personaje que primero fue revolucionario y luego dejó de serlo, un tal Napoleón Bonaparte.

1809:
- 9 de marzo: El monstruo escapó de su lugar de destierro.
- 10 de marzo: El ogro corso ha desembarcado en cabo San Juan.
- 11 de marzo: El tigre se ha mostrado en Gap. Tropas avanzan para detener su marcha. Concluirá su miserable aventura como un delincuente en las montañas.
- 12 de marzo: El monstruo ha avanzado hasta Grenoble.
- 13 de marzo: El tirano está ahora en Lyon. Todos están aterrorizados por su aparición.
- 18 de marzo: El usurpador ha osado aproximarse hasta 60 horas de marcha de la Capital.
- 19 de marzo: Bonaparte avanza a marchas forzadas, pero es imposible que llegue a París.
- 20 de marzo: Napoleón llegará mañana a las murallas de París.
- 21 de marzo: El emperador Napoleón se halla en Fontainebleu.
- 22 de marzo: Ayer por la tarde Su Majestad el emperador hizo su pública aparición en las Tullerías. Nada puede exceder el regocijo universal.

La otra es una cita más cercana a nosotros en tiempo y espacio. Pertenece al hombre que en 1918 impulsó la Reforma Universitaria de Córdoba. En un editorial para el periódico “Flecha, por la paz y la libertad de América”, en 1935, Deodoro Roca, escribía esto: “No tenemos armas para más largo alcance. Sólo la ‘Gran Prensa’ dispone de ellas. Pero le sirven (más aún mientras más poderosas las hace el crecimiento técnico) para una especie de ‘Paz Armada’ del pensamiento. Máquinas prodigiosas. Millones de escribas. Publicidad pasteurizada… Paz Armada del pensamiento. Eso es, a eso ha llegado con su prodigioso crecimiento técnico, la ‘Gran Prensa’. Es la proa de vastas empresas comerciales enlazadas por una monstruosa trampa. Alguna vez la máquina servirá para la liberación del hombre”.

Deodoro Roca escribió esto en un tiempo difícil, el de aquella “década infame” que inauguró los golpes de Estado en la Argentina, la misma década en que el fascismo se apoderaba de la ilustrada Europa de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Hoy, que soplan vientos de memoria histórica y frescura política en nuestra América Latina, quizás sus palabras puedan convertirse en realidad.

Alexis Oliva es Secretario de Comunicación y Difusión de la CTA Córdoba Capital.

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