martes, 15 de junio de 2010

Estrategias de supremacía y los costos de la tensión bélica

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

Durante el casi medio siglo de la confrontación Estados Unidos – ex Unión Soviética (1945-1991), la búsqueda de la supremacía por una u otra potencia, y la imperativa necesidad de preservar la paz, significó un nivel de tensión mundial permanente sin precedentes. Se comprueba, por el nivel de tensión actual en las relaciones internacionales, que sus efectos han sido de una magnitud subestimada hasta el día de hoy.

Eric Hobsbawn dice que la segunda mitad del siglo 20 ha sido la época donde más revoluciones hubo. Hay que agregar que ha sido también la que más tensión generó en las vidas de las personas y de las naciones.

Se incorporó una determinante cultural de tensión bélica omnipresente sobre la cual el análisis parece todavía insuficiente. Esto se hace más evidente considerando -en lo esencial- las actuales guerras en Irak y Afganistán, el ataque armado israelí al barco humanitario turco, el zarpazo norcoreano al barco de guerra de Corea del Sur, el acoso al desarrollo nuclear de Irán, y la actual carrera armamentista.

El mercado de las armas no exhibió niveles importantes de contracción a pesar de la crisis económica de 2008, y por el contrario se recuperó fácilmente, según un informe del propio Congreso de Estados Unidos de 2009.

Es así que al observar el frágil ámbito que se está creando para un desarme nuclear entre Estados Unidos y Rusia, es importante tener presente que la confrontación del formato anterior entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética estuvo marcada por la situación límite más crítica: el uso efectivo del arma nuclear con resultados devastadores. Hoy, al parecer, esta coyuntura es menos probable de lo que era 20 años atrás, sin embargo el nivel de tensión en las relaciones internacionales no ha disminuido más allá de la debilidad intrínseca de una comunidad internacional ultra fragmentada por múltiples intereses en esta etapa de la globalización.

En la confrontación bipolar que acaba con el desmembramiento de la ex Unión Soviética (1991), el elemento de base consistía en obtener la supremacía política y el control. Considerando que la aspiración era expandir el área de influencia, la política y el componente ideológico ocupaban un lugar central en la estrategia.

La articulación de potentes mensajes por ambos bloques finalmente conducía a formar espacios subordinados. Esta tensión se expandía en los cuatro puntos cardinales del planeta y el resto de los países trazaba sus espacios de supervivencia en relaciones de subordinación a la confrontación central. Aún así, el elemento que le entregaba el principal sustento y que poseía un enorme efecto persuasivo, consistió en el poderío militar de cada bloque, sobretodo el de la capacidad bélica nuclear, y en el montar ejércitos poderosos en los países de cada bloque para contener la insurrección interna.

En este sentido se produce un desgaste en la economía global al ponerse al servicio de la supremacía bélica. Por el lado de la ex Unión Soviética, la economía desde sus bases contenía el componente de ser una economía más de guerra que las de los países de la alianza occidental. La evaluación económica de la experiencia que se acumulaba en la ex Unión Soviética, jugaba un rol razonablemente secundario ante la posibilidad de la expansión de la ideología comunista y el posicionamiento en piezas claves en la expansión territorial, principalmente en África y Asia.

En el ámbito económico que rodeaba a la alianza occidental encabezada por los Estados Unidos, la evaluación era marcadamente negativa y jugaba un rol central en lo que más sustentación le daba al sistema: su jerarquía económica y social por sobre del que detentaba el polo contendor.

Por una parte la ex Unión Soviética se desangraba económicamente en pos de una supremacía política y bélica, y por la otra, la alianza Occidental también se debilitaba económicamente no sólo por el peso de la confrontación, sino por las crisis cíclicas propias del capitalismo.

Se presenta una situación de un planeta económicamente “gastado”, por estar subordinada la economía en una magnitud importante a las estrategias de supremacía y a la política basada en el poderío bélico

La “tiranía” de esa tensión sobre el mundo político, no se desactiva con facilidad. Hoy, el tema de la capacidad nuclear en el poderío bélico de los países, ha regresado en la agenda política internacional. Empieza a adquirir una prominencia impensada hace una década atrás. No es la tensión con la dimensión de la anterior confrontación. Pero se inscribe en el mismo registro: el miedo a la devastación producto de la supremacía.

La situación futura es complicada, porque se ha abierto un espacio de relaciones internacionales centrado en la economía. Y, se tiende a pensar, que con el fin de la confrontación bipolar centrada en la preocupación política y bélica, le tocaba “el turno casi exclusivo a la economía”. Sin embargo es apenas un espejismo. Esto será posible sólo cuando se despeje la vieja tensión generada por el poder basado en el poderío bélico.

A pesar de que la tensión de la anterior confrontación contribuyó significativamente al desarrollo de la economía, en la suma y resta, ha arrojado un déficit, al comprobarse el descenso de las tasas de crecimiento de los países occidentales más poderosos después del período álgido de la confrontación (1960-1974, que deriva en la crisis económica global de mediados de los años 70. Desde 1946 a 1974, los costos militares de Estados Unidos alcanzaron 1.3 mil billones de dólares (D. Sedivy). Para Robert Higgs del Independent Institute de California, los gastos militares de Estados Unidos entre 1950 y 1985 se posicionaron entre 150 mil y 250 mil millones de dólares.

Se puede concluir que el período ha significado no solamente el de más revoluciones y tensiones, sino también el de mayores pérdidas económicas a pesar de la aparente rentabilidad de la guerra.

Dejemos una conclusión abierta: en el período pos segunda guerra mundial, el mundo no ha experimentado un funcionamiento económico bajo un contexto sin la determinante de la tensión bélica provocada por las estrategias de supremacía.

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