lunes, 14 de junio de 2010

Ladremos y cabalguemos a un tiempo

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Todos venimos a estos foros dispuestos a hacer estallar el mundo de las ideas; esto es, las ideas de los otros que nos oprimen y más nos oprimen cuando las llevan a la práctica. Parafraseando a Corneille, “los muertos que quieren matarnos, gozan de buena salud”.

Los que nos damos cita aquí para escribir en sus páginas y para leernos, estamos, todos, absolutamente de acuerdo en una cosa: todos somos anticapitalistas y antisistema, dos maneras de interpretar y de drenar nuestra fobia contra la burguesía que sostiene al sistema y al capitalismo. La animadversión que sentimos es intensísima. De acuerdo a la tercera ley de Newton, acción y reacción, es una reacción de la misma fuerza que encierra la acción a la que respondemos. Y tan intensa como asfixiante es la presión que ejercen sobre nosotros los vapores intoxicantes salidos de la marmita infecta del capitalismo.

Pero a partir de ahí empiezan las discrepancias fruto de la libertad personal, consecuencia de la distinta educación familiar y de la diferentes pedagogías recibidas, de las lecturas e inclinaciones, de las maneras de entender el capitalismo, el socialismo, el marxismo, el comunismo, la filosofía en general y la filosofía de vida en particular... Eso, independientemente del talante, temperamento y carácter de cada cual. Ahí es nada. Son tantas y tan plurales las maneras de entender todo eso, que necesariamente hemos de agruparnos luego dentro de la idea central y conformarnos a ella, sin ceder a la tentación de dar lecciones que nadie nos ha pedido. Pues una cosa es exponer nuestra “impresión” tomando la iniciativa o para complementar o enriquecer lo dicho por otro, y otra cosa es dar una lección contraviniendo nuestro furibundo horror al dogmatismo que no sea el de negar el capitalismo. No queremos capitalismo, pero conscientes de que luego la tarea habrá de ser titánica si, una vez rotas las cadenas, hemos de sustituirlo por otra cosa. Y hasta se podría decir que cada uno de nosotros es anticapitalista a su manera. Porque si nos diésemos licencia, probablemente cada uno de nosotros haríamos una república y un socialismo o un comunismo bien diferentes. Por eso es imprescindible una mínima unidad y un mínimo de autoridad moral. Y ello sin que tenga que haber por fuerza un líder carismático. Pues el fin último, el ideal máximo de todo socialista, de todo marxista, de todo comunista que tratan de combinar el pragmatismo organizativo con la libertad indispensable es la anarquía. Porque socialismo real, marxismo y comunismo son útiles a la colectividad, como ninguna otra clase de organización social y política, a condición de todos los que se congregan en torno a ellos son absolutamente responsables y respetuosos de la libertad ideológica de cada cual.

Las fuerzas vivas intelectivas que se desencadenan en los foros, y en éste en particular donde decimos hipócritamente que venimos a aprender, atomizan mucho más las ideas que traíamos. No hace falta poner muchos ejemplos. Pero si pensamos en uno sólo: el del fútbol, por un lado está nuestra aversión global contra todas las manifestaciones multitudinarias enquistadas en el sistema (desde el futbolerismo hasta las procesiones religiosas), y por otro una devoción más o menos escondida hacia fenómenos que nos entretienen pese a todo, y porque no podemos salirnos absolutamente de nosotros y de lo que nos rodea sin “enajenarnos” absolutamente y sin caer en la más tremenda esquizofrenia. Hay que nadar y guardar la ropa.

Hay que profesar el socialismo, el marxismo, el comunismo, el trostkismo, el gramscismo, el maoísmo, el chavismo... y al mismo tiempo vivir sin una tensión excesiva que nos destruya el alma y nos amargue la vida en medio de un clima terriblemente hostil a todos esos pensamientos Hay que ser prácticos al tiempo que idealistas. No conduce a nada soliviantarnos patológicamente, habida cuenta que no podemos cambiar las cosas salvo con una paciencia infinita medida en el tiempo, y hemos de contemporizar con todo. Hay que librar la lucha, sobre todo y de momento, a escala individual y en nuestro entorno. Con nuestro ejemplo, poniendo de nuestra parte lo posible para hacer realidad el imperativo categórico kantiano: “que tu conducta sea tal que sirva de ejemplo universal”. Intentando influir sutilmente en el pensar y el sentir de los tibios, pero sin violentarles. Asumiendo humildemente la maravillosa idea de Mao de que la principal virtud del revolucionario es la paciencia...

Ah!, se me olvidaba: yo, desde luego, voy con Corea del Norte...

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