martes, 8 de junio de 2010

Sobre prostíbulos

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

No me interesa la dialéctica capitalista. A eso se llama en lógica formal negar la mayor. Y los que participan de ella y dicen lo que debieran hacer los llamados agentes sociales y cómo debiera hacerse, es porque sacan provecho de ello aunque digan que son anticapitalistas y no les va mal en el capitalismo...

En efecto. Pero aparte de no ofrecer para mí ningún interés, ¿no os da pereza seguir los razonamientos de expertos y de analistas no expertos acerca de la crisis económica del occidente capitalista? Es como si en un prostíbulo las prostitutas se tirasen de los pelos unas a otras por el modo de ejercer cada una su oficio. Al final decidiríamos que nada tendrían que echarse en cara unas a otras, pues todas participaban de los avatares del mismo prostíbulo. Y los avatares en un prostíbulo tienen todos la misma estofa. Y eso que tengo al prostíbulo, al de siempre, es decir, a los tugurios dedicados a traficar con carne, por uno de los lugares más dignos de la sociedad que uno pueda pisar. Los verdaderos prostíbulos están en las instituciones, en los consejos de administración de las empresas, en los ayuntamientos, en las Comunidades Autónomas, en los lobbies, en los Bildeberg, en los Estados terroristas y en los Estados que dan cobijo al capitalismo devastador.

Y si pongo de ejemplo a los prostíbulos es por ese mito que los sitúa en occidente y en el capitalismo, a ellos y a sus locales, como lo más nauseabundo de la sociedad aunque raro es el que no ha acudido alguna vez. Por eso los comparo con el mercado, con las operaciones financieras, con las Sicav, con la Bolsa, con los bancos... Todos vivimos inmersos en una dimensión prostibular, y todos los que participan directamente de ella, los que la gestionan, los que la toleran y los que la vigilan desde los medios y desde las profesiones expertísimas en el asunto, echan pestes unos contra otros y algunos se dedican finamente a analizar los porqués de tanta y tan extendida basura.

Vivimos permanentemente más o menos hundidos en un cenagal, en la vida mediocre o débil en materia de estabilidad material y psicológica cuando no en la miseria, salvo los que viven opíparamente que para eso inventaron el prostíbulo capitalista. Por lo tanto me niego a intentar desentrañar las causas o concausas del desbarajuste. Todas las causas tienen la misma factura y el mismo origen: la depredación y el abuso. Y lo mismo me da que la depredación y el abuso se hayan cometido de una manera que de otra. Lo que nos llega a los que no contamos para nada en el concierto social -y somos muchísimos más millones que los centenares de miles de ricos y de opinadores- es que se refocilan en la basura y remueven la basura no para evitarla, sino para llevarla de un sitio a otro y meterla al final debajo de la alfombra. Nadie limpia la casa, ni puede ni tiene intención de limpiarla, pues todo el que vive bien con sus dineros en los bancos, con inversiones seguras, con sus bonos del Tesoro o llevados a paraísos fiscales es a costa del sudor y lágrimas, y a veces la vida, de los millones de desposeídos que viven aquí o a miles de kilómetros de distancia. Y en una sociedad biológica tan poco inteligente como la capitalista, porque lo que medra en ella no es la inteligencia sino la listeza -y esto es otra cosa-, ninguno de los burgueses desea en realidad que cambie el sistema que le ha enriquecido. Lo único que han de vigilar (y para el control social cuentan con suficientes sabuesos) es que la sociedad no explote con otra toma de Bastilla. Y esto, hoy por hoy, no va a suceder.

Allá ellos, los expertos, los analistas, los políticos, los economistas, los periodistas... con sus vacíos razonamientos sobre economía y sobre cómo arreglar el desaguisado. Pues nosotros, los que seguimos viendo despojo y crimen social en la propiedad privada y en los tejemanejes que se gastan, decimos que allá los listos y especialistas que elucubran para justificar y despejar lo que ha sido el motor del superenriquecimiento minoritario. Nosotros no queremos saber nada de sus ingeniosidades. Lo único que sabemos es que ninguno de los que opina y da lecciones en sus poltronas o en los medios, vive en la calle o de mala manera. Todos los que hablan, charlatanean y predican sobre las vicisitudes del capitalismo no hacen más que dar la razón a Groucho Marx cuando dijo que “es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente”.

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