jueves, 8 de julio de 2010

"El pensamiento en zigzag"

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)
La culpa de la incomprensión, de la intolerancia y de las desavenencias generalizadas en los países dominados por el catolicismo es de la pedagogía que ha predominado y predomina. Demasiados siglos de dogmatismo y demasiado pensamiento acrítico. Demasiados tópicos: “como cristo nos enseña”, “hablar en cristiano” y expresiones por el estilo acabaron minando a las generaciones, imbuyéndolas de intolerancia y empujándolas a perseguir a todo aquél que no comulgase con las ideas de quienes se las habían inoculado y las difundían. Demasiada instrucción religiosa, demasiado fundamentalismo...

Pero entre los que pensamos -y justamente por eso no vendemos patrias, ni ideas, ni orgullo colectivo-, no nos contradecimos, y si lo parece es con la periodicidad y ponderación que demanda el pensamiento en continua evolución. Porque a menudo una contradicción percibida por el otro, no siempre lo es. A veces, aunque lo parezca, es que simplemente hemos ido elaborando una idea a lo largo de mucho tiempo y quizá nunca la acabamos. (Goethe, por ejemplo, empezó su “Werther” a los 18 años y lo terminó a los 81). Y al trabajarla, hemos tenido que refutarnos a nosotros mismos en el decurso de la meditación desde sucesivas posiciones. A menudo la contradicción aparente y el haberse negado grave o neciamente uno a sí mismo, está en la idea del otro. Sucede como con el desnudo y la obscenidad. Lo lúbrico no está en el desnudo no intencionadamente provocativo, sino en los ojos y en la mente del que mira que disgrega el desnudo en su libido.

Con las ideas ocurre lo mismo. Los países del área occidental, sometidos durante milenios a la tiranía del socratismo (del que parte la lógica formal) y a la tiranía del cristianismo (“conmigo o contra mí”), están resignados a ambas esclavitudes: la intelectiva y la anímica. La libertad de expresión no es tanta si pensamos en la influencia profunda de ambos en sus mentes. Se supone que existe una considerable libertad de pensamiento en las democracias capitalistas, cuando lo cierto es que el pensamiento está sometido, más o menos imperceptiblemente a una tiranía interna que no viene sólo del “ello” colectivo (en la terminología freudiana), sino de la educación y de unos genes atraídos por el sometimiento a que ha sido acostumbrado. El pensamiento plano, único y unidireccional es la consecuencia necesaria. Eso, sin contar con la fuerza inusitada de la publicidad y de la propaganda especialmente política. A diferencia del pensamiento oriental, en el que cabe lo contradictorio primero (contradictorio, según nuestra cultura), para conciliarse después o en unidad de acto, en Occidente y especialmente en España, por esa trágica deformación educativa y los genes enfermizos que ha transmitido el catolicismo tradicional nada se concibe o se expresa si no es en categorías extremas: en blanco o en negro. No cabe el claroscuro, ni la tonalidad. La diversidad de las ideas, como la biodiversidad de las especies sucumben al capitalismo feroz que todo lo barre o lo destruye, y al pensamiento apodíctico –lo necesariamente verdadero- de la filosofía dogmática católica.
Sin embargo, y aun aceptando provisionalmente que la contradicción a veces es insufrible, especialmente cuando ella se manifiesta a través del cinismo, una cosa es contradecirse y otra pensar en zigzag, al compás del emanar ideas sucesivas que no parecen cuadrar con la central. Para el espíritu desconcertado, lo fácil es ver contradicción condenable cuando a menudo sólo hay matices y talla del discurrir. Acusar al adversario de contradecirse, en política es muy común, y también en la conversación corriente. Es más, todo el mundo parece estar al acecho de la contradicción ajena, sin detenerse a pensar ni un solo momento si no se contradice repulsivamente quien predica una cosa y hace otra, o quien somete a los demás a una doctrina y se rige a sí mismo por otra...

En cuanto al socratismo, decía antes que tiene mucha culpa de esa destartalada manera de pensar que presupone nos obliga a toda hora coherencia. Los principios de identidad, de tertio excluso y de contradicción son la columna vertebral del socratismo. Pero lo curioso es que no obstante el socratismo, la gente corriente se olvida de él y ni siquiera analiza desde la lógica lo que ve, escucha o lee. Por eso, en los países de raigambre socrática y católica las exclamaciones de los predicadores conmueven a su auditorio a menudo mucho más que sus razones.

Vivir es pensar, dice un apotegma ático. Y sólo el pensamiento fructifica de verdad cuando no nos preocupamos demasiado de ser “coherentes”, ni de lo que piensen los demás. Al fin y al cabo, por mucho empeño que pongamos en evitar la contradicción, las gentes comunes, pero también las avisadas, viven a menudo mucho más pendientes de la locura ajena que de la suya propia. (Y yo me río más de la erudición y de las sapiencias que de las locuras. Mi propósito es matar el tiempo y el propósito del tiempo es matarme a mí). Además, el tiempo gana siempre. Del mismo modo, siempre nos vencerá al final la incoherencia y la contradicción. Tarde o temprano la contradicción y la incoherencia se adueñan de nosotros. Y si no fuera así, es que hay inhumanidad y guía la crueldad que no exige más coherencia que concordar consigo misma. Sólo es cuestión de escarbar un poco en nosotros o en la vida de “el otro” a lo largo de la vida. Pero todos tenemos derecho a ser inconsecuentes. Los únicos que no lo tienen son los predicadores y los políticos, que sólo prosperan gracias al sumo cinismo. Pero el resto, los que no hemos de rendir cuentas a nadie por actos que afectan masivamente a los demás, simplemente pensamos en zigzag, el pensamiento opuesto al pensamiento único y unidireccional.

Dejemos a un lado a esos presidentes y secretarios de Estado estadounidenses y españoles de estos últimos 30 años que, escudados en razones de Estado, son autores, cómplices o encubridores (o las tres cosas a la vez) de invasiones armadas, de genocidios o de crímenes masivos, a los que nadie hasta ahora les ha pedido cuenta, les ha juzgado o ni siquiera les ha interpelado por ellos. Dejemos a un lado a los Truman, a los Nixon, a los Kissinger, a los Bush, a los González, a los Aznar… Dejémosles a un lado y dirijamos nuestra vista a un octogenario de postín: Jorge Rafael Videla, dictador durante 11 años en Argentina; ahora juzgado por el fusilamiento de 29 presos políticos en 1976. Pues bien, Videla -se lo hemos oído decir- “no se arrepiente de nada”.

En suma, los únicos que mantienen la “coherencia” a lo largo de su vida son los psicópatas, los canallas y los asesinos de nacimiento o con alma asesina; la mayoría de las veces, militares y políticos. Los demás, es decir, los que conservamos la conciencia y vemos en el otro al prójimo o a un hermano, permanecemos humanos a lo largo de nuestra, a veces larga, existencia gracias precisamente a nuestra incoherencia y contradicción propias de la condición humana.

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