jueves, 15 de julio de 2010

La otra cara de Mendoza

Carlos del Frade (APE)

Una esperanza en medio de la piedra.

Esa es la frase que más se repite a la hora de buscar leyendas sobre la provincia de Mendoza.

Es el quinto estado argentino en cantidad de habitantes con grandes riquezas naturales como petróleo, minerales y vid.

A este cuadro de situación se han agregado dirigentes políticos y emergentes de grandes multimedios con proyección nacional.

Pero más allá de las postales, de la nieve disfrutada por turistas extranjeros y vinos de exportación, Mendoza no parece haber modificado la estructura social y económica de principios del tercer milenio, luego del estruendo de diciembre de 2001.

Hacia aquellos días, la provincia mostraba a más del quince por ciento de su población con necesidades básicas insatisfechas y en la zona denominada el Gran Mendoza, más de la mitad de sus habitantes no tenían cobertura alguna en salud.

En 2003, cuando el saqueo estructural mostró sus llagas y las dejó en descubierto en todo el territorio de la Argentina, la pobreza trepó al 56 por ciento y la indigencia al 27 por ciento en la provincia que sirvió de base para el plan de liberación continental liderado por San Martín en el siglo diecinueve.

En los últimos años, sin embargo, la belleza natural de la provincia, recostada sobre la Cordillera de los Andes, comenzó a encubrir esas heridas profundas y la propaganda oficial habló entonces de una economía sana y una política de proyección.

Sin embargo, por debajo de las postales y los festejos de una supuesta nueva época para los mendocinos, la realidad vuelve a mostrar los efectos de aquella matriz todavía no superada de los años noventa.

Y lo hace en el mapa más elocuente de cualquier geografía: en el cuerpo de los pibes.

Porque la realidad existencial de los chicos y chicas mendocinos está mostrando la verdad en carne viva.

El denominado Programa de Sanidad Escolar analizó la salud de casi diez mil alumnos mendocinos de primero a séptimo grado y se toparon con la crudeza de aquellos números de 2003 que parecían haberse dejado atrás.

Entre el 16 y 20 por ciento de los pibes mendocinos presentaban cuadros de desnutrición crónica.

Una fenomenal demostración que no hay mucho que festejar en la provincia del petróleo, los vinos de exportación, los grandes multimedios y los políticos de proyección nacional.

Casi la quinta parte de las chicas y chicos mendocinos no come bien en una de las tierras más ricas de la Argentina.

El informe decía, además, que casi la totalidad de los chicos tenía piojos, el 24 por ciento era obeso, la cuarta parte sufría desviaciones en la columna y el 71 por ciento de los niños de seis años tenía sus dientes temporarios cariados.

Para las autoridades del Ministerio de Salud, la Universidad Nacional de Cuyo y la Dirección General de Escuelas, estos números marcan la necesidad de profundizar la atención primaria de la salud.

Para Ana Houdek, coordinadora del programa: “Llegamos a la escuelas con gran cantidad de alumnos de establecimientos urbano-marginales y donde los papás tienen dificultades para acceder a los centros de salud. En general, los controles mensuales se cumplen hasta los 2 años, y se facilitan porque les dan la leche o algún otro beneficio. Después recurren al médico en caso de alguna patología, pero si no, notamos que los chicos no tienen un seguimiento adecuado”.

En realidad, en Mendoza comienza a revelarse que más allá de las grandes celebraciones del bicentenario, gran parte del pueblo argentino continúa gambeteando los efectos de un saqueo que parece no tener fin.

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