martes, 10 de agosto de 2010

Argentina, Chaco. Masacre de Margarita Belén: Alvaro Piérola. “Que aparezcan los huesos de mi hermano”

Gonzalo Torres (CHACO DIA POR DIA)

El hermano de una de las víctimas fue uno de los seis testigos que testimoniaron el lunes. En esta jornada se reanuda la Causa Caballero y declaran Hugo Dedieu, María Teresa Pressa de Parodi Ocampo, Carlos “Flaco” Páez, y Jorge Giles.

Una maratónica audiencia se dio este lunes, en la reanudación del juicio oral y público por la Masacre de Margarita Belén, que tuvo momentos de tensión, tragicómicos y de risa, durante la declaración de seis testigos.

Declararon Alfredo Galo, ex preso político que quedó ciego; Elsa Erztic, vecina de la alcaidía policial, testigo de la defensa; Gladys “Beby” Hanke, esposa de Eduardo “Lalo” Fernández, víctima de la Masacre; el periodista y ex preso político Hugo Dedieu, Norma Alejandría, que fuera vecina del cementerio; y Álvaro Piérola, hermano mayor de Fernando, también víctima de la Masacre.

En orden cronológico, así fueron las testimoniales:

Alfredo Galo: detenido en la alcaidía vio como juntaban a un grupo de 30 personas en el comedor. “Por favor no me peguen”, escuchó que gritaban los torturados. Vio a Carlos Zamudio y Arturo Franzen muy lastimados. Patricio Tierno y Piérola pasaron caminando cerca suyo y le dijeron “no se si nos vamos a volver a ver, si salimos de esta, cantá bien fuerte la marcha peronista”.

Elsa Erztic: esta vecina de la alcaidía fue el récord por su breve testimonio. Su nerviosa declaración duró exactos 10 minutos. Cuando un confiado Carlos Pujol, abogado defensor, le preguntó dónde estaba el 12 de diciembre de 1976, Elsa contestó: “No sé si habré estado o no en mi casa ese día…”. Pujol pidió hacerle reconocer su firma en una declaración anterior y la testigo reconoció que sí, que estaba ese día en su casa, pero que no había visto “nada raro”.

-“¿Usted conoce por dentro la Alcaidía?”, le preguntó Pujol.

-“¡Doctor! ¿Cómo le va a preguntar eso?”, lo retó la jueza Gladys Yunes, a lo que el abogado respondió con una sonrisa pícara: “Puede haber estado alguna vez…”.

Gladys “Beby” Hanke: se presentó como “supuestamente viuda” de “Lalo” Fernández, fundador de la Juventud Peronista de Goya. Después de marzo de '76 pasó a la clandestinidad, viajó a Corrientes, y luego al Chaco. Se lo vio en Resistencia a principios de noviembre de 1976.

“Desde hace más de 30 años quiero saber qué pasó con Lalo. Mi hijo no pudo conocerlo. Convivir con la figura de un familiar desaparecido es lo más terrible que hay. Uno hasta que no tiene los restos no puede honrarlo, la deuda con mi hijo es lo más duro”, señaló la mujer, madre de Juan Carlos, uno de los activos militantes de H.I.J.O.S. y miembro del Registro Único por la Verdad (RUV-Casa por la Memoria).

El caso de Lalo no es el único, Beby recordó a Dora Noriega detenida en el ex Regimiento de Infantería 9 (RI9) y trasladada al Chaco en diciembre, y a Ramón Vargas, otro detenido en el regimiento que continúa desaparecido y podría haber sido asesinado el 13 de diciembre de 1976).

La noticia más precisa sobre el destino de Lalo, lo escuchó en un aniversario por la Masacre de Margarita Belén, cuando el ex detenido político Rodolfo Bustamante le dijo: “Lo vi en la Brigada (de Investigaciones), muy golpeado, desde principios de noviembre hasta los primeros días de diciembre”.

Hugo Dedieu: el periodista misionero fue detenido en la casa en la que vivía con su mujer de entonces y sus dos pequeños hijos, por calle Sáenz Peña 530 por un comando de militares y civiles de la patota de Investigaciones liderado por el entonces teniente Aldo Martínez Segón (uno de los imputados).

Llevado a la Brigada -hoy volvió a declarar, pero en la Causa Caballero- lo amenazaron: “No solamente te vamos a sacar las uñas a vos, sino también a tu mujer y a tus hijos”. No lo salvó ni el hecho de un camarada de Wenceslao Ceniquel, hombre fuerte de la Patota.

Cerca de su celda pudo ver a Manuel Parodi Ocampo - víctima de la Masacre- y su mujer, y escuchó los alaridos de Tierno cuando lo torturaban.

Ya en alcaldía, Dedieu le preguntó a Chejolán, jefe de una de las guardias qué pasaría con él, a lo que el carcelero respondió: “Los que tengan escasa vinculación con la subversión van a salir en libertad, los que tengan una vinculación mediana van a estar muchos años presos, y los que estén muy comprometidos van a ser boleta”. En septiembre lo pasan a la U7, donde ve cómo sacan el 13 de diciembre de 1976 rumbo a la muerte a Mario Cuevas (estaba en su pabellón) y a Duarte y Franzen, (del pabellón de enfrente).

Norma Alejandría: fue amenazada, recibió llamadas de “una persona que me conoce, sabe dónde vivo y está vinculada a los servicios de inteligencia”, se quejó. Pero prefirió no dar más detalles por miedo a las represalias.

Norma vivía en la esquina de Pasaje Arazá y calle 3. La noche del 13 de diciembre, su hijo Lautaro, de 1 año, tuvo fiebre e intentó usar el viejo teléfono público de ENTEL del cementerio y allí “vi muchos uniformes militares, un camión, y una camioneta, creo que era una ambulancia, de la que bajaban un bulto, creo que iba envuelto en arpillera”.

Unos días después, un vecino del barrio de apellido Centurión, que era sepulturero, le comentó a Norma que los militares les ordenaron a los sepultureros: “Métanlos todos juntos y después planten gramilla para que no se note”.

Eran más de 20 los cuerpos que tuvieron que enterrar, algunos estaban en bolsas y otros en cajones de pésima calidad que se rompían y chorreaban sangre, tal como ya lo había publicado elDIARIO de la Región hace más de tres años. Además, el hombre le mostró a Norma el lugar donde se habría cavado la fosa común: “Debajo de una cruz de madera que ya no está, en donde hoy está lo que es la cruz mayor”.

Tras la declaración de Norma, el abogado defensor Pujol solicitó realizar las excavaciones pertinentes en el cementerio y la inspección ocular del lugar. El consenso entre querella, fiscalía y defensa fue total - por razones totalmente antagónicas, obviamente - y la jueza Yunes aprobó la solicitud.

Álvaro Piérola: el hermano mayor de los Piérola tuvo la participación más emotiva de todas. Al final de su testimonio, miró a los ojos a los imputados y dijo: “Que aparezcan, por favor, los huesos de mi hermano, que es lo que hace 30 años estamos buscando”.

Tras relatar su propia experiencia de detención, Álvaro recordó dichos del soldado Alfredo Pegoraro, que fuera chofer de Luis Alberto Patetta (imputado en la causa), a quien se le ordenó trasladar un grupo de cuerpos embolsados desde la morque al playón del regimiento de La Liguria, donde tuvo lugar una arenga militar sobre cuál era el destino de los que enfrentaban al Ejército.

Álvaro contó como su familia fue perseguida, su hermano Gustavo fue empujado al exilio, él fue detenido y apaleado y a su padre le robaron la sonrisa cuando le explicaron que el telegrama del Ejército que decía que Fernando había escapado después de un enfrentamiento era una ruin mentira.

Edición: Marcos Salomón