martes, 10 de agosto de 2010

El fascismo se expande en Europa

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Ayer me enteré de que el fascismo se expande en Europa. Se expande como el universo se expande. Pero lo que no se dice es que ello es debido en buena medida a que sus opositores son cada vez menos, más débiles y más dubitativos. Dudan entre gestionar los principios del socialismo real, transmutado en socialdemocracia, o asumir los del materialismo financiero que es el vértice de la cuña ultracapitalista. Por eso ya ni me van a hacer temblar ni me voy a ilusionar con otro orden en Europa que se asemeje al socialismo real o al comunismo. Me veo demasiado desasistido, entre civilizados y bárbaros, como para abrigar esperanzas de que el mundo no acabe totalmente en manos de los bárbaros.

Porque si la asimetría entre la fuerza de los contendientes de una batalla es siempre patética, más patética es la porfía, más lo es empeñarse en luchar con nulas posibilidades de éxito. Ser un héroe ya no se lleva ni se entiende. El mundo es de los cobardes. Todos los que mueven las piezas desde sus despachos lo son, pero también son los que deciden. Lo del heroísmo es agua pasada, como ha caducado el valor de la honradez, del ahorro, de la honestidad, de la virginidad. Así es que, expandiéndose la extrema derecha en Europa y ésta estando en puertas en España, desaparecida la URSS, acosado el socialismo cubano, y perseguido incluso también por la izquierda española el prohombre que intenta establecerlo en Venezuela, con una China a punto de salir del armario para entrar sin pudor en el capitalismo pleno ¿qué posibilidades tiene la izquierda real, el socialismo real, el comunismo? ¿qué pintamos quienes nos esforzamos en parar los pies al dinosaurio sólo con nuestras manos? ¿no estamos siendo el colmo de la ingenuidad o unos necios?

El fascismo es una ideología sin miramientos ni sutilezas seguida por individuos de talante invariable capaces de imponer con una mezcla de astucia, temeridad y violencia moral y material, el dominio de la fuerza bruta. Sus armas son la treta, la mentira, la tergiversación, la manipulación y el crimen imposible de esclarecer. Pero los medios y los propios políticos al uso siguen prefiriendo llamarlo extrema derecha y se cuidan mucho de confundir extrema derecha, fascismo y neoliberalismo pese a que los tres son una misma cosa. El hecho de que el neoliberalismo saliese de los ensayistas mediáticos yanquis y fuese puesto en práctica por los dos partidos políticos de aquel país, no empaña el hecho de que es fascismo puro. Derecha española, extrema derecha y neoliberalismo son la quintaesencia del fascismo del 36 español, con adornos de postmodernidad.

Pues no seré yo el que ofrezca más resistencia de la que vengo presentando y puedo, al avance de esos cafres en estos últimos 30 años. Desapareció en España una clase de fascismo tras la muerte del dictador, pero otro fascismo más o menos disfrazado van instalando sus zapadores por doquier. Pero lo peor quizá es que tanto en España como en Europa es consentido por quienes debieran contenerlo. Pues en lugar de utilizar las armas y recursos propios de la estrategia socialista, se han limitado a seguir las directrices de los fascistas mundiales por antonomasia que son el FMI, el Consejo de Europa y el lobby estadounidense tanto en su versión demócrata como republicana. La izquierda nominal no sólo no les presenta batalla, es que colabora con ellos desde la política contemporizadora.

Es ya un lema grabado a fuego en la Internet que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Pero siendo hermoso ese pensamiento acuñado desde el entusiasmo, es también una ingenuidad impropia de sociedades e individuos evolucionados. Todo está de parte del fascismo o los fascismos, todo está a favor de la derecha, de la ultraderecha: dinero, ejércitos, policías, Iglesia y medios. ¿Acaso no resulta ya una estúpida aventura hacerles frente exclusivamente con la palabra y a gritos; una palabra, por lo demás, que a duras penas se diluye en los contramedios? ¿Dónde está, pues, la sensatez que exigimos siempre a los demás? Pero si no somos sensatos, al menos no favorezcamos la marcha de la dictadura universal fascista anunciada por Oswald Spengler a principios del siglo XX. Quizá debamos actuar como el espionaje y contraespionaje; quizá debamos fingirnos también fascistas para detenerles y vencerles desde dentro. ¿Le será posible eso a nuestra generación o a las siguientes? Lo dudo.

Pero para encarar el presente y el futuro inmediato (pues el futuro más lejano es pavoroso) teniendo enfrente a esa chusma, hay que hacer antes un replanteamiento general de la política y del léxico político; hay que ahondar más en los significados de cada ideología, para clarificar lo más posible el panorama; hay que empezar por desenmascarar a “nuestros” impostores y a los tibios. Me refiero a esos que se hacen socialistas para medrar y terminan renegando de los postulados socialistas. Si no se hace así, la confusión, ya reinante, irá en aumento y de ella sacarán más y más provecho los siempre hábiles en extraerlo del ignorante, del ingenuo y de los débiles.

Y uno de los desafíos que tiene ante sí la izquierda que quiera serlo verdaderamente y no nadar entre dos aguas, es la determinación. La determinación de la izquierda debe ser tan tajante como la determinación fascista: el rasgo que los identifica. No temamos a la polarización. Ellos saben de ese temor, y de ello también sacan ventaja. De la condescendencia, buenas maneras, suavidad, "bambismo" y aniñamiento proviene en buena medida el auge del neofascismo.

Y de la debilidad y la división de la izquierda, salen las causas que explican por qué la extrema derecha o fascismo avanzan en Europa al igual que una parte de ella intentó adueñarse de toda ella en la segunda guerra mundial. Debemos descubrir a los impostores pero también terminar con las guerras intestinas. No queramos ser todos el más inteligente. Pues no es que haya sólo dos bandos que hablan en el fondo el mismo lenguaje, es que hay varios en la izquierda. De todo ello obtienen considerable ventaja los otros. Y hoy, tal como están las cosas en España, no es posible un Frente Popular. Ni en nada favorece a nuestra causa la Ley Electoral. Carguemos para reformarla, no gastemos energías dispersas en otras exigencias.

Por mi parte, descartado un Frente Popular como el que ganó en la República e incapaz la izquierda real de debilitar al fascismo, mis años y mi terquedad pero también otros sentidos próximos a la natural inteligencia me aconsejan abandonar la lucha convencional frente al fascismo. Ellos me aconsejan cambiar de estrategia y de lenguaje. ¿Qué hacer? Por ahora no lo sé. De momento regresaré a mis cuarteles de verano (donde tengo asegurado el baño) y estudiaré en otoño la táctica a seguir. Eso, si no llego a la conclusión de que, en vista de este maremágnum que significa el avance del fascismo y el retroceso galopante del socialismo real, es preferible para mi espíritu y mi mente rescatarme la filosofía del encarcelado en una prisión de la que sabe positivamente que le es imposible escapar.

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