jueves, 30 de septiembre de 2010

Costa Rica: Una contentera peligrosa

Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

La revalorización del colón frente al dólar tiene muy contentos a los economistas de línea neoliberal. La alaban por sus efectos anti-inflacionarios y la promueven apelando a que ello trae beneficios para “el consumidor”. Así, buscan tocar el gusanillo consumista y despilfarrador lo que, se me ocurre, tiene cierto tufillo demagógico.

(Como se sabe, “consumidor” lo mismo es el señor muy emperifollado que “consume” un BMW último modelo, como también la niña de La Carpio quien “consume” los cuatro frijoles que le sirve su madre).

Acontece, sin embargo, que la revaluación está creando tensiones en el sector exportador y turístico, los cuales, hasta hace pocos años, eran los niños mimados de la estrategia de política económica dominante. Así pues, como expuse en mi artículo anterior, el modelo podría estarse volviendo interiormente contradictorio, ya que el pilar de atracción de capitales extranjeros entró en colisión y, de hecho, está debilitando las bases del otro pilar del modelo: la promoción de las exportaciones y el turismo.

El caso, sin embargo, es que ni los efectos sobre las exportaciones y el turismo son homogéneos, ni las consecuencias se limitan tan solo a estos sectores.

Ciertamente, no es lo mismo una empresa transnacional de alta tecnología emplazada en zona franca que una empresita exportadora de chayotes de Paraíso de Cartago. La primera importa una parte sustancial de los insumos y materias primas que utiliza, así como la totalidad –o casi- de los equipos. La segunda en mayor grado incorpora materias primas de origen nacional. Para la primera los costos en colones son, en términos relativos, mucho menores que para la segunda. Para esta los efectos de la revaluación son, por lo tanto, más dañinos. Aunque quizá no en el mismo grado, pero de seguro también hay efectos diferenciados según que se trate de pequeñas y medianas empresas turísticas de capital nacional o grandes hoteles pertenecientes a cadenas transnacionales.

De tal forma, y para empezar, la persistencia de un proceso de revaluación de la moneda que se prologue por un plazo suficientemente largo –y ya llevamos cinco años- podría tener como consecuencia directa más visible, el desmantelamiento del segmento –no muy grande pero tampoco despreciable- de pequeñas y medianas empresas de capital nacional dedicadas a la exportación y el turismo. Sobrevivirán posiblemente las más grandes, en especial las vinculadas al capital transnacional.

Pero, por otra parte, la revaluación incentiva las importaciones ya que las abarata relativamente a los bienes producidos en la economía nacional. De ahí la euforia que embarga a los colegas del bando neoliberal, incansables en su cruzada consumista y anti-inflacionaria. Obviamente, esto tiene una doble consecuencia: incentiva la compra de bienes traídos de fuera e introduce una competencia ruinosa para aquellas actividades productivas nacionales que compiten con esas importaciones.

Esto último puede tener múltiples derivaciones. Por ejemplo, se nos dice que uno de los presuntos beneficios que trae consigo la estrategia de atracción de transnacionales de alta tecnología dedicadas a la exportación –por ejemplo Intel- es que su presencia incentiva el surgimiento de una red (los famosos clusters) de empresas proveedoras que venden insumos y servicios a esos mamuts globalizados. Se sabe que, en esa materia, no se han logrado éxitos precisamente rutilantes pero asumamos que algo se ha hecho. Bueno, pues acontece que la revalorización de la moneda podría dar al traste con ello, justo porque reduce la ventaja relativa de costos que las empresas nacionales pudieran tener comparativamente a sus contrapartes extranjeras.

Por otra parte, y en la medida en que la revalorización del colón no se corrija, la posible puesta en funcionamiento de un tratado de libre comercio con China, sería una pésima noticia para el sector productivo que vende en el mercado nacional. El caso es que, casi como política de estado, los chinos sostienen su moneda (renmimbi o yuan) en un nivel subvalorado con respecto al dólar. Imagínese usted: colón “fuerte” contra el dólar y dólar fuerte contra el yuan. Las importaciones desde China entrarían a Costa Rica a precio de regalo.

El declive de las exportaciones, el aumento de las importaciones y la posible ruina o debilitamiento de empresas nacionales que compiten con importaciones, son procesos que dependen de múltiples factores, no tan solo de la revalorización de la moneda, pero, sin duda, esta introduce poderosas presiones que repercuten sobre cada una de esas tendencias.

Los datos más recientes para 2010 muestran una recuperación modesta de las exportaciones y, en cambio, un incremento sustancial de las importaciones, con la consiguiente ampliación del déficit comercial (diferencia entre exportaciones e importaciones). En el comportamiento de las exportaciones seguramente influye la vacilante recuperación de la economía mundial -en particular Estados Unidos- pero, sin duda, la revalorización de la moneda no está ayudando, sobre todo, como he insistido, en el caso de las pequeñas y medianas empresas de capital nacional.

Si se observa con mayor detalle dónde se origina el aumento de las importaciones, se observa que, básicamente, corresponde a materias primas y bienes intermedios para los sectores productivos. Ello sugiere que lo que se ha dado es un proceso de recomposición de inventarios por parte de las empresas, después de la violenta disminución que se dio en 2009. Las importaciones de bienes destinados al consumo también aumentan en grado apreciable. Seguro la gente intenta volver a la borrachera consumista de antes de 2009 y la revalorización del colón se las pone algo más fácil. El caso, sin embargo, es que los obstáculos son grandes: escasez de empleos de calidad, informalidad laboral, salarios estancados y elevados niveles de deuda. O sea, y no obstante la revaluación del colón, no será fácil volver a los niveles de consumo previos a la crisis.

Así pues, la revalorización es, hoy día, un factor que incide negativamente en las posibilidades de reactivación de la economía a la vez que contribuye a agudizar los desequilibrios en la balanza de pagos. Si esa situación persistiera a largo plazo, entonces los efectos podrían ser mucho más serios, ya que afectaría negativamente a los sectores de capital nacional vinculados a las exportaciones y el turismo, como también aquellos cuya producción compite con importaciones (mucho más problemático aún en vista de la proliferación de tratados de libre comercio). El caso, sin embargo, es que posiblemente la balanza de pagos no lo soportaría y entonces la economía nacional podría verse arrastrada en un movimiento de corrección del tipo de cambio (devaluación) desordenado y violento.

Mejor fuera poner las cosas en orden a tiempo y con calma.

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