jueves, 30 de septiembre de 2010

Enseñar fisica a Albert Einstein

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Con frecuencia se menciona a Einstein como “padre de la bomba atómica”, cuando en realidad en términos prácticos no tuvo nada que ver con ella; nunca fue consultado, no participó en los trabajos para su fabricación, no estuvo al tanto de los mismos y, como el resto de la humanidad, fue impactado por el bombardeo a Hiroshima y Nagasaki.

Si hubiera padres de la bomba atómica serían el húngaro Leo Szilárd y el italiano Enrico Fermi que, debido a la condición de judío del primero y de judía la esposa del segundo, con la llegada del fascismo, abandonaron Alemania e Italia respectivamente para carenar en Estados Unidos y, en 1942 colaboraron en la solución de los aspectos teóricos y experimentales asociados a la reacción en cadena del uranio 235 que lograron reproducir y controlar en un reactor de investigación.

Tanto Szilárd como Fermi habían avanzado considerablemente en los trabajos teóricos y realizado experimentos sin éxito hasta que en 1939 Lise Meitner, física austriaca nacionalizada sueca, identificó al uranio como el material idóneo para provocar la fisión nuclear, aportando el elemento que le faltaba a Szilárd y Fermi para completar su tesis acerca de la reacción en cadena controlada.

Resuelto el problema del uranio y más tarde el de los elementos minerales necesarios para moderar la velocidad de la operación y hacerla estable, el camino hacia la bomba estaba más o menos expedito. Faltaba todo lo demás: cientos de científicos, matemáticos e ingenieros, miles de trabajadores, millones de cálculos y experimentos, gigantescas instalaciones industriales, miles de toneladas de mineral, toda la ingeniería del artefacto, voluntad política y…casi tres mil millones de dólares al valor de los años cuarenta.

Ante semejante panorama, Fermi marchó a Michigan a cumplir contratos académicos y Szilárd permaneció en Chicago insistiendo en sus trabajos teóricos y experimentos atómicos.

Geográficamente alejados lo dos científicos se cruzaron decenas de cartas y, conscientes de la enormidad de la tarea y del peligro de que los alemanes, que no carecían de fondos para armamentos se adelantaran, concordaron en pedir a Einstein que intercediera ante el presidente Roosevelt. A tales efectos Szilárd envió una misiva a Einstein, actualizándolo respecto a los avances con la reacción en cadena y pidiéndole una entrevista.

Naturalmente los trabajos científicos de dos refugiados judíos con antecedentes socialistas, el intercambio de correspondencia donde se hablaba de bombas atómicas, la intervención de Einstein y del banquero Sachs y la implicación del presidente Roosevelt, no pasaron inadvertidas para el desconfiado Edgar Hoover, a la sazón director del FBI y uno de los pilares del macartismo, para quien aquellas elites de sabios eran poco menos que espías de alemanes o rusos, a los cuales era preciso mantener bajo vigilancia.

Cuando en 1939, Leo Szilárd llegó donde Einstein para pedirle que advirtiera al presidente Franklin D. Roosevelt del peligro que representaban las investigaciones nucleares de los físicos al servicio de Hitler y obtuviera su apoyo para desarrollar la bomba atómica en Estados Unidos, el sabio alemán tenía 60 años, hacía 35 que había publicado su Teoría Especial de la Relatividad y dado a conocer su famosa fórmula: E=mc², padecía de un aneurisma en la aorta y estudiaba las relaciones entre la gravedad y la luz.

Szilárd cuenta que, alejado de la física experimental que nunca fue su fuerte y ocupado en trabajos teóricos ajenos a los temas nucleares, Einstein lo abrumó pidiéndole detalles y explicaciones de todo tipo, sobre la fisión nuclear, las características del reactor de Chicago, las minas de uranio y el modo de enriquecerlo, al punto de que hubo momentos en que sintió vergüenza al creer que estaba explicando física a Einstein. Al final el sabio accedió a firmar la carta a Roosevelt.

La evidencia de que aunque entendía el asunto y compartía las preocupaciones, no se trataba de su trabajo ni de sus conclusiones, razón por la cual no comprometía su juicio, en su carta a Roosevelt, Einstein toma distancia y actúa como vocero, no como autoridad: “En el curso de los pasados cuatro meses –a través del trabajo de Joliot en Francia y de Fermi y Szilárd en América— se ha hecho posible provocar una reacción en cadena en una gran masa de uranio…Una sola bomba de ese tipo…”

El resto de la historia es conocida. Einstein que a la sazón no era todavía ciudadano norteamericano sino suizo, con buenas razones para no confiar un asunto de semejante naturaleza al correo y temiendo caer en las redes de la burocracia, apeló a un amigo, el banquero Sachs, que lo era también del presidente Roosevelt, para que le entregara la carta en las manos del mandatario, cosa que ocurrió dos meses después.

Inmediatamente Roosevelt giró las instrucciones necesarias para crear el Comité del Uranio que presidió Lyman Briggs y que registró pocos avances. En 1941, después del bombardeo a Pearl Arbor que decretó la entrada en la guerra contra Japón y motivo que Alemania declarara la guerra a Estados Unidos, dio luz verde al Proyecto Manhattan en el cual Szilárd y Fermi, bajo la dirección de Oppenheimer fueron las figuras científicas centrales.

En 1945, una vez completada la rendición alemana ambos científicos estuvieron entre los firmantes de la carta dirigida al presidente norteamericano y que Roosevelt nunca leyó porque falleció repentinamente, en la cual le pedían reconsiderar la necesidad de la bomba atómica y, en cualquier caso reclamaban moderación. Truman no los escuchó.

Al final de su vida, Einstein se dolió de haber escrito aquella primera carta de Roosevelt aunque ello, de ninguna manera lo hace a él ni a ninguno de los científicos del proyecto Manhattan, responsable por las decisiones políticas tomadas por el presidente Harry Truman.

El dominio de las fabulosas cantidades de energía contenidas en el uranio, la fisión nuclear, el control de la reacción en cadena, la determinación de la masa crítica del uranio 235 y los trabajos de ingeniería para crear un artefacto que se puede transportar y hacer estallar a voluntad, son eventos científicos que no pueden ser criminalizados. La ciencia es distinta de su utilización.

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