jueves, 16 de septiembre de 2010

Israel y Palestina vuelven a negociar la paz bajo el auspicio de Estados Unidos

Andrei Fediashin (RIA NOVOSTI)

El pasado 14 de septiembre, los líderes de Palestina e Israel, reunidos en el balneario de Sharm el Sheikh (Egipto), iniciaron nuevas negociaciones directas sobre el proceso de paz.

Las negociaciones, que se desarrollan bajo el auspicio de la Casa Blanca, son las primeras después de las negociaciones interrumpidas en 2008 por la operación israelí Plomo Fundido en la Franja de Gaza a consecuencia de la cual fallecieron 1.400 palestinos.

La Casa Blanca ha dado a entender que el presidente Obama espera que estas negociaciones, promovidas por él mismo y asistidas por su secretaria de Estado, Hillary Clinton, culminen con la conclusión del tratado de paz en el curso de un año.

No nos queda otra opción que creer que Obama sabe algo que ignoramos los demás. De lo contrario, su extraño optimismo carece de fundamento.

Porque es bien sabido que el actual Primer Ministro de Israel Benjamín Netanyahu, el frenético Bibi, es de derechas y jamás hará concesiones a favor de Palestina. Al mismo tiempo, el presidente palestino Mahmud Abbas es considerado por muchos de sus compatriotas de colaboracionista judío.

Probablemente porque en Cisjordania, controlada por Abbas, ya se llevan a cabo detenciones de activistas del Hamás, la organización palestina que ejerce el control sobre la segunda parte del "Estado de Palestina", la Franja de Gaza.

Todas estas circunstancias hacen evidente la dificultad de que las partes lleguen a acuerdo concreto y deseado a corto plazo.

Por muy optimista que sea al respecto, Obama entiende que en el conflicto abundan aspectos acuciantes, y que ninguno de los participantes o mediadores saldrá del proceso negociador sano y salvo. Y sin embargo, Obama intenta cumplir su promesa de la campaña electoral de poner fin al enfrentamiento en Oriente Próximo (casi olvidado a raíz de los atentados del 11 de septiembre).

En este contexto parece sorprendente la declaración hecha por Clinton en vísperas del inicio de las negociaciones, cuando dijo que Estados Unidos "no puede y no propone imponer ninguna solución". Los escépticos, que son la mayoría en el Próximo Oriente, están seguros de que sin una especie de presión y ayuda ni palestinos ni israelíes lograrán, según la propia Clinton, "quitarse los hierros de historia" y alcanzar la paz.

Y es que aparte de los Estados Unidos no hay potencia en el mundo capaz de empujar a Israel a compromisos. Para lograrlo, un presidente, aunque sea estadounidense debe ser firme políticamente o gozar de rica experiencia y fama de pacificador.

Lamentablemente, Obama no puede jactarse ni de lo uno ni de lo otro, y tampoco puede permitirse el lujo de perder el bloque de votos claves desde el punto de vista de influencia en las finanzas estadounidenses. El lobby pro-israelí tanto demócrata como republicano tiene presente esta circunstancia.

Pues bien, los esfuerzos de Obama han coronado con éxito: al menos, el encuentro tuvo lugar. Según la idea de su Gabinete, en las negociaciones se discutirán los temas como la seguridad, garantías de no agresión contra Israel, su reconocimiento, distribución de recursos acuáticos, y, en primer lugar, la delimitación de las fronteras.

Como cree Obama, una vez negociadas las fronteras, será más fácil resolver las demás cuestiones. Pero no está claro si se llegará a apalabrar algo más en principio, porque el problema de las fronteras puede resultar la piedra de tropiezo que impida el desarrollo de las negociaciones.

Lo más preocupante es que Netanyahu todavía no ha cumplido la exigencia de prologar de forma indefinida la moratoria a la construcción de nuevos asentamientos judíos en Cisjordania, cuyo plazo inicial vence a fines del presente mes.

De hecho, Netanyahu no corre ningún riesgo al hacerlo. Y es posible que lo haga: así podrá seguir el consejo que le dio de manera insistente Obama a principios de este mes en Washington, pero sin renunciar a las construcciones por completo.

Hay otros problemas, más acuciantes aún. Como sostienen fuentes israelíes, "Bibi" exigirá que la Administración Nacional de Palestina reconozca a Israel como "estado judío" un matiz delicado porque para los palestinos, no es lo mismo reconocer Israel y reconocerlo como estado judío.

Esto último significa que los palestinos expulsados de sus tierras y privados de sus propiedades tras las guerras de 1948 y 1967 renunciarán al derecho de recuperar lo perdido o reclamar una compensación.

No hay que olvidar que muchos presidentes de los Estados Unidos ya han intentado resolver este asunto tan complicado, pero ninguno de ellos logró hacerlo avanzar.

Pero el presidente Obama no puede renunciar a misión pacificadora en el Próximo Oriente ya que tiene que justificar su premio Nobel de la Paz.

Ese regalo se lo debe al Comité Nobel que dio un paso sin precedentes al premiarlo exclusivamente por su esplendor político.

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