jueves, 30 de septiembre de 2010

La discriminación de género en la Iglesia

LA ARENA

Las recientes declaraciones del Papa en Inglaterra al señalar la necesidad de que los sacerdotes abusadores "nunca deben tener acceso a los niños" y su consideración de que "ellos padecen una enfermedad que no se cura sólo con buena voluntad", han llamado la atención de los analistas. Es que en esas dos afirmaciones están implícitas la permanencia de aquellos curas en la Iglesia por un lado y el alejamiento de un castigo secular por otro, poniendo a quienes son delincuentes para la sociedad civil en una categoría que los aparta de la Ley.

Con esas afirmaciones puede sospecharse que la intención papal es la de barrer la basura bajo la alfombra después del enorme escándalo y desprestigio que causaran a la Iglesia los sacerdotes pederastas de varios países. Sin embargo hay que reconocer que, siempre dentro de su modo silencioso y constante, la Iglesia ha tratado de dar un encuadre más severo a este tipo de delitos. En el pasado mes de julio reformó su código y endureció las penas respecto de los hechos más graves que pueden cometer sus miembros, centrándose en la pederastia.

Pero lo que causó estupor entre los teólogos y ambientes cercanos al catolicismo progresista fue que, junto a las mayores sanciones por el "pecado nefando", figura el endurecimiento de penas para quienes apoyen la ordenación sacerdotal de mujeres. Asombrosamente Benedicto XVI equipara la posibilidad de ese acto con los delitos más graves y abominables y, en oposición a las corrientes progresistas que se manifiestan dentro del catolicismo, se niega a revisar la misoginia de sus primeros doctores, aquellos que avalaban el principio de que la mujer es "un varón fallido" y excluyeron su presencia tanto de la jerarquía como de la historia de la Iglesia.

No deja de ser curiosa esa postura ya que una ojeada a la Biblia, base reconocida de todo el andamiaje religioso judeocristiano, permite comprobar que todos sus hechos fundamentales están poblados de mujeres que tuvieron actuaciones destacadas y hasta heroicas: Sara, Judith, María, la Magdalena.

Esta postura de subordinación femenina al parecer no era tal en los lejanos comienzos de la institución, pero sorprende su persistencia hasta nuestros días. Antes de ser elegido papa, el cardenal Ratzinger dejó constancia de que "la doctrina que niega el sacerdocio femenino pertenece a la categoría de verdades no directamente reveladas, y su rechazo no es herejía, pero sí una posición claramente errónea". Quizás por ello, cuando en el año 2002 hubo una ordenación de mujeres en Austria, la reacción de la Congregación Para la Fe fue dar un plazo a las ordenadas para reconocer la nulidad de las órdenes y arrepentirse. Como ello no ocurrió, esas mujeres fueron excluidas del seno de la Iglesia, con excomunión reservada a la Santa Sede.

Con semejantes posturas Benedicto XVI, en su viaje a las Islas Británicas, no debió sorprenderse demasiado de la presencia de pancartas que tanto repudiaban su visita como reclamaban el sacerdocio femenino. Mientras tanto, en un fenómeno poco divulgado pero constante, una fuerte presencia de género ha comenzado a abrirse paso en el sector femenino del catolicismo y, lo más llamativo, con monjas incluidas.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.