martes, 7 de septiembre de 2010

Paz en Medio Oriente: Volver a comenzar (Parte II)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Si alguien cree que a la fundación del Estado de Israel fue resultado de la filantropía británica o que Palestina fue una dadiva de la Sociedad de Naciones, están equivocados. Israel no fue un gesto de buena fe de los lores ingleses ni un acto de compasión hacia los judíos, sino el fruto visible de una conspiración de la burguesía antisemita europea para deshacerse de los hebreos.

La maniobra británica comenzó cuando Arthur James, conde de Balfour, primer ministro y ministro de relaciones exteriores de Gran Bretaña, elaboró la declaración que lleva su nombre mediante la cual Inglaterra se comprometió a facilitar la creación de un Estado judío en Palestina, proyecto que disfrutó del respaldo de la burguesía y la realeza antisemita europea que así, de un modo sutil e incruento, se liberarían de los judíos que por mil años, habían habitado en todos los países del Viejo Continente.

En la coyuntura de la Primera Guerra Mundial, en la cual se solaparon la derrota de Alemania, la desintegración de los imperios austro húngaro, otomano y ruso, que decretaron la pérdida de relevancia de Europa en la política mundial, modificaron el mapa político mundial y propiciaron el debut de los Estados Unidos, que aprovecharon el conflicto para vender armas y extraer el oro de Europa a la que luego derrotaron militarmente para establecer una inequívoca hegemonía sobre todo el mundo.

En tales circunstancias, los Estados Unidos bajo la presidencia de Woodrow Wilson estrenaban un nuevo estilo de ejercer el poder mundial basándose en el liderazgo acatado y no en la ocupación de territorios de ultramar que habían caracterizado cuatro siglos de colonialismo europeo.

Tanta importancia tenía la precisión de la nueva política que, una vez derrotados los Imperios Centrales, Wilson viajó a Europa donde permaneció seis meses, estableciendo un record de permanencia en el extranjero para un presidente norteamericano, en los cuales, asistido por Lloyd George, primer ministro inglés, el jefe del gobierno francés Georges Clemenceau y el canciller italiano Giorgio Sonnino, redactó personalmente el Tratado de Versalles de 1919, mediante el cual tuvo lugar el más importante reajuste territorial desde el descubrimiento de América.

Aquellas circunstancias favorecieron la entrega a Inglaterra, Francia e Italia de antiguas posiciones otomanas en el Medio Oriente y para la realización del proyecto enunciado por Balfour, ex profeso en 1922 la Sociedad de Naciones concedió a Gran Bretaña un “Mandato” sobre Palestina, la cual fue ocupada.

Aquel proyecto fue al encuentro de la prédica de la Organización Sionista Mundial y su líder Theodor Herzl, un socialista austriaco que tras la huella de los precursores, fracasados en el empeño por vencer el rechazo de las sociedades europeas y asimilar los judíos a cada país, terminaron por soñar con un Estado propio. De haber existido en Europa la tolerancia vigente en los Estados Unidos y en América Latina, la idea de un Estado hebreo nunca hubiera existido. De hecho todavía hay más judíos en Europa y los Estados Unidos que en Israel.

El ambiente antisemita instalado en Europa no sólo facilitó la tarea de Hitler, que representó las corrientes anti judías más perversas que hayan existido nunca, sino también la labor de la Agencia Judía que bajo la mirada tolerante de Gran Bretaña organizó la emigración hebrea hacía Palestina, con lo cual, dicho sea de paso, salvó a muchos judíos de la muerte en los campos de exterminio.

De haber existido un clima de verdadera solidaridad y compasión hacia los judíos sobrevivientes del holocausto que las sociedades europeas debieron haberlos recibidos como lo que en realidad eran: alemanes, húngaros, polacos, belgas, sin pedirles que se marcharan a la lejana y atrasada Palestina a comenzar desde cero, todo hubiera sido diferente.

Es probable que de haberse procedido con más tino, negociado con verdadero espíritu de buena fe y equidad y haberse diseñado mejor la idea, los palestinos y los israelíes pudieron haber convivido en un mismo estado independiente y laico, tal y como lo hicieron durante siglos, lo hacen ahora decenas de pueblos en todo el mundo y probablemente lo hagan ellos en el futuro.

No obstante, la historia fue como fue y no como nos hubiera gustado que fuera. La muerte de Roosevelt, los intereses electorales de Truman y los errores de cálculo de Stalin, fueron determinantes en la partición de Palestina y en el nacimiento de Israel, un proceso con enormes fallas de origen. Luego les cuento ese capítulo.

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