jueves, 16 de septiembre de 2010

Quien quiera oír, que oiga

Carlos Saglul (ACTA)

En la película de Diego Lerman “La mirada invisible” que transcurre durante los años de la dictadura en el Nacional Buenos Aires, hay un gran ausente: la resistencia estudiantil. Más atrás otra película, “La noche de los Lápices” de Héctor Olivera deja la impresión que los jóvenes fueron masacrados por luchar por el boleto escolar.

Casi niños con inquietudes románticas, “perejiles” utilizados por malvados guerrilleros que los llevaron a la muerte, chicos que “no sabían en lo que se metían” fueron las versiones heredadas de “en algo andarán” de la dictadura militar. Durante mucho tiempo el tema anduvo entre el olvido y la “Teoría de los dos demonios”.

El poder es de quien cuenta la historia. Quizá por eso cueste tanto recordar a los miles de militantes secundarios asesinados por el terrorismo de Estado como jóvenes que habían asumido un claro compromiso revolucionario por cambiar el sistema. Resulta hipócrita y cobarde reivindicarlos a partir de quitarles la capacidad de haber sido responsables de discernir un destino marcado por el amor a la vida en toda su plenitud y no el suicidio como descalifican algunos.

“¿Tu papá es del PO?”, “¿Te llevás muchas materias?”, “Mira que después van a tener que recuperar los días de clase…”, las preguntas de algunos comunicadores a los alumnos que encabezan el conflicto que llevan adelante los estudiantes secundarios porteños son de tono casi policial. Se dirigen a “infiltrados” o “chicos usados por cuadros políticos que sí saben lo que hacen”. Los pibes no piensan. Por eso el gobierno de Mauricio Macri lejos de escucharlos hace listas, pretendiendo que la policía termine con el problema. Otra vez la represión, igual que en la dictadura. La derecha no ha cambiado. Sólo simula.

Más de dos millares de compañeros fueron asesinados en todo el país por los militares. Pertenecían a la Unión de Estudiantes Secundarios (Montoneros), la Juventud Guevarista (ERP) y otras organizaciones. Eran militantes, gente pensante, algunos verdaderos cuadros.

Los pibes de hoy se rebelan y no son tontos, saben que acá no se trata sólo de un problema del gobierno porteño. El sistema no le asegura educación, salud, tampoco trabajo en el futuro. Se rebelan a ser un tema policial, como pretende la agente del PRO aunque no habrá garrote que los haga retroceder.

Hijos de la clase obrera, junto a otros que vienen del medio-pelo de la sociedad argentina que con gusto los mandaría a una escuela privada si no fuera que ya no les dá el bolsillo, empiezan a caminar una de las verdaderas peleas con la impunidad y el terrorismo de Estado.

La memoria no es completa si no se transforma en un presente de lucha por las ideas que se trataron de borrar con el terror y la muerte. Recordar los nombres de los muertos no alcanza para retomar la historia que nos quisieron desaparecer.

La Nación socialmente justa, libre y soberana por la que ellos dieron la vida, no es otra que aquella capaz de construir colectiva y definitivamente el final de la impunidad y el imperio de la justicia social.

Carlos Saglul es Periodista. Equipo de Comunicación de la CTA.

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