viernes, 1 de octubre de 2010

Argentina. Crónica de un día maldito. Masacre de Margarita Belén, el juicio: Adiós al amigo

Marcos Salomón - Gonzalo Torres (CHACO DIA POR DIA)

Juan Carlos Carrera confesó que en diciembre de 1976, cuando era conscripto, vio el cuerpo sin vida de su amigo y compañero de pensión: Julio “Bocha” Pereira. Es la primera que cuenta la historia ante la Justicia en casi 34 años de silencio.

El azar numérico prometía una audiencia digna de retratar. En la jornada 30 del juicio oral y público por la Masacre de Margarita Belén, desarrollada el día 30, hubo de todo: expiación, valentía, mal gusto, catarsis, chispazos leguleyos y de los otros, mientras la escena era retratada por las féminas cámaras de la Dirección de Cine del Instituto de Cultura y seguidas por un consultor de la Unión Europea y un observador ligado al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS).

Fueron tres testimonios: el desahogo del ingeniero Juan Carlos Carrera, que en diciembre de 1976, estaba haciendo el servicio militar obligatorio con 27 años (por las sucesivas prórrogas); el ex preso político Rodolfo Bustamante, con un relato lleno de entereza e inmensa dignidad; y el Policía Federal (R) Juan Carlos Camino, cuyo recuerdos causaron rechazo generalizado en el público.

Sacar lo oculto

Carrera contó su historia por primera vez ante cualquier instancia judicial. Fue como una liberación, un devolver con palabras el silencio de casi 34 años. Justificó su falta de precisión en el tiempo transcurrido, y sobre todo, en el proceso de negación que hizo durante todo este tiempo, al punto de sólo hablar del tema con algún amigo íntimo, pero nunca ante un juez, mucho menos ante un soldado, cuando él era colimba.

Si bien no precisa fecha, quedó tácitamente aceptado que el 13 de diciembre, por la tarde, cuando su jefe lo envió a llevar una nota a un jerarca militar, se topó con el peor día de su vida, uno de esos que no se pueden olvidar jamás.

Casi llegando a destino, dentro del predio que ocupaba el Regimiento de Infantería VII en la Liguaria), se topó con un Unimog: de la caja del vehículo militar tiraron al piso tres cuerpos semidesnudos, “en slip, en paños menores”-, sucios y con impactos en el pecho, recordó.

Uno de esos cuerpos era Julio “Bocha” Pereira, su amigo, compañero de pensión y de estudios. “Tuve que disimular mi cara, como si nada hubiese pasado”, señaló tras ver el cuerpo del formoseño que pocas horas antes había sido una de las víctimas de la Masacre de Margarita Belén.

El “Bocha” había viajado a Formosa para casarse. Ese mismo día, es detenido, torturado y, finalmente, fusilado el 13 de diciembre de 1976. Cuando Carrera lo vio en el piso muerto, maldijo el día (el 13, de la yeta), y de inmediato comenzó un proceso de negación, ocultamiento y miedo.

Fin del miedo entre chispazos

Retado en duros términos por el Tribunal Oral Federal, que lo amenazó con aplicar el temido artículo del falso testimonio o testigo reticente (no es para desoír a los jueces que por este motivo detuvieron al guardiacárcel César Pablo Casco) y acosado por la defensa, Carrera se defendió: “No vengo a falsear, porque no tengo miedo…”.

Era un soldado que no dormía en la cuadra y cumplía horario de oficina como burócrata del Ejército, racionando la mercadería y pagando sueldos. Por su jefe inmediato, se enteró de la versión oficial del enfrentamiento.

En medio, chispazos leguleyos cruzados, ademanes y más discusión a los gritos que debate judicial. En un momento, el defensor Carlos Pujol fue el centro del cuestionamiento, por intentar “confundir al testigo”.

Rayos y centellas estallaron por los aires, cuando Carrera señaló que vio a 70 ú 80 metros de distancia a dos cabizbajos y meditabundos militares: José Luis Patetta y Ernesto Simoni que volvían de la Masacre –ambos imputados en la causa-.

En un momento, Simoni pidió ir al baño como excusa para salir de la sala y no terminar por perder la compostura. A esa altura, Gladis Yunes tuvo que poner todo su energía para encarrilar la audiencia.

Un guapo del 900

A pesar de haber sufrido un Accidente Cerebrovascular (ACV), Rodolfo Bustamente encaró con total valentía y entereza su testimonio. Entre el público, su familia seguía con absoluto nerviosismo todas las instancias, su esposa quebró en llantos en un momento.

El talón del pie derecho subía y bajaba al compás que marcaba el nerviosismo de Rodolfo, que, sin embargo, aportó dos datos fundamentales: lo ubicó a Eduardo “Lalo” Fernández en la Brigada de Investigaciones, entre noviembre y diciembre de 1976.

La reconstrucción de la Masacre, sitúa a “Lalo” como una de las víctimas de aquél 13 de diciembre de 1976. Entre el público, Juan Carlos Fernández, coordinador del Registro Único de la Verdad (RUV-Casa por la Memoria), escuchaba la breve historia de su padre.

Otro de los datos, también vio en las mazmorras de la Brigada de Investigaciones a Juan Carlos Noriega (desaparecido en Tucumán), hermano de Nora Noriega, otra posible víctima de la Masacre de Margarita Belén.

Y en su periplo por la alcaidía vio cómo sacaban de una celda a Carlos Zamudio para llevarlo a torturar al comedor, nuevamente arrastrado hacia la celda para volver a llevarlo al infierno del comedor. Después, lo trasladan a Formosa, para fusilarlo cerca de Margarita Belén, aunque su cuerpo apareciera días después en Posadas (Misiones) enfriado y con una historia distinta.

El amigo del arrepentido

Macizo, pelo cortado al ras, gruesos bigotes y una mirada marcial. No hace falta ser muy sagaz para reconocer que Juan Carlos Camino es policía federal (retirado, para más precisión). De la Masacre de Margarita Belén se enteró por la radio. Su importancia como testigo: fue íntimo amigo de Eduardo Ruiz Pío Villasuso.

Tan íntimo del civil que trabajó para la Inteligencia militar de puro gusto (era hijo de un ex ministro), que Camino estuvo con Villasuso cuando lo apuñalaron tres veces durante un asado en un campo de General San Martín, en el interior de Chaco.

Villasuso es el mismo que, en su lecho de muerte del hospital Perrando, por una interna entre servicios, cuenta detalles de cómo fue la Masacre del 13 de diciembre de 1976, sin que se sepa cómo accedió a esa información.

Por su parte, Camino integraba la custodia del general Cristino Nicolaides, jefe de la VII Brigada de Infantería, con asiento en Corrientes, la máxima autoridad militar en el nordeste. Custodiaba al general en el trayecto de Santa Ana a la sede del Comando, y también a su familia.

Como fue propuesto por la defensa, Carlos Pujol inauguró la ronda de preguntas. Pero la reticencia del testigo generó impaciencia, sobre todo el Tribunal Oral Federal. A duras penas, reconoció que Villasuso le confió que “lo de Margarita Belén era de público conocimiento” y que “Ucho” acusaba a “(Carlos) Thomas, (Gabino) Manader y a la policía de Chaco” y admitió que quería denunciar los hechos ante la Comisión de Derechos Humanos de la Legislatura chaqueña, en la década del 80.

“Cuando le pegan la puñalada estaba en total estado de ebriedad”, recordó. La estocada, en la boca del estómago, se la pegó un policía de civil en la propia estancia de. Villasuso, que se dobla de dolor y su atacante lo apuñala dos veces más.

Camino refirió los hechos acompañando el relato con gestos de su cara y movimientos y poses de su cuerpo. “Ucho estaba tomando desde las cinco de la mañana; por los agujeros le salían pedazos de asado y vino”, precisó, inclinado y tomándose la barriga con una mano mientras con la otra intentaba atrapar un pedazo de tripa invisible.

En la sala de audiencias, varios voltearon la vista. La presidenta del Tribunal Oral Federal, Gladis Yunes, torció la cara a un lado en un ademán de sorpresa y rechazo.

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