martes, 5 de octubre de 2010

Bonificación por matar al presidente

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Se necesita ser tarado para tratar de hacer creer que policías de menor rango, educados en la obediencia y en el temor a la superioridad, se aventuren a secuestrar y disparar sobre el presidente de la República por migajas gremiales. Desde que en 1973 Pinochet lanzó aviones, tanques e infantería contra el palacio de La Moneda para liquidar el gobierno de Salvador Allende, no se recuerda brutalidad semejante a la ejercida contra Rafael Correa.

Los policías no usaron tanques y aviones porque no los tenían y, tanto Lucio Gutiérrez como otros implicados se preservaron excesivamente, estuvieron demasiado lejos de las balas y carecieron del valor, la determinación y la inteligencia que demostró el presidente Correa que no sólo estaba en el lugar adecuado y en el momento correcto, sino que uso magistralmente los recursos de telefonía, radio y televisión que estuvieron a su alcance.

Al revés de lo que sugieren expertos interesados en manipular los hechos para confundir, desviar el curso de los análisis y condicionar las investigaciones que deberán establecer las responsabilidades y las ramificaciones de la intentona, la presencia del presidente, en el regimiento policiaco, tomó por sorpresa a los golpistas y fue la acción decisiva para paralizar la asonada. La idea de que de no haber estado allí, nada hubiera ocurrido es una especulación peregrina y falta de toda lógica.

Lo que parece haber ocurrido es que al personarse en el lugar más caliente y centro de la sublevación, en momentos en que el motín se gestaba y los cabecillas no habían juntado todas las fuerzas ni distribuido las misiones, abortó la asonada. Asumiendo los mayores riesgos, con serenidad, sin armas y acompañado exclusivamente por su reducida escolta personal, Correa paralizó una maniobra de gran envergadura.

Desconcertado por una actitud que no esperaban y en un lugar que no habían calculado, los golpistas que habían iniciado una acción plagada de chapucerías y con evidentes errores de cálculo, se vieron obligados a improvisar, a agredir frente a las cámaras al mandatario y, para ganar tiempo, lo recluirlo en un hospital donde lo retuvieron y los presionaron sin éxito.

Los intentos por enderezar la asonada que, no obstante haber sido abortada en fase temprana incluyó la toma y cierre del aeropuerto de la capital, la ocupación del parlamento y la toma de posiciones para neutralizar la movilización popular, fracasaron porque quedaron cabos sueltos que permitieron mantener en el aire la radio y la televisión públicas y operar a TELESUR cuyos trabajadores se mostraron a gran altura profesional y política.

El hecho de que exhibiendo una gran determinación el presidente no perdiera un segundo y sin reponerse de los efectos de los gases usados contra él y haciendo caso omiso de su pierna enferma, usando el teléfono móvil se dirigiera al país y al mundo a través de la radio y la televisión permitió la activación de la opinión pública nacional, la movilización de los pobladores de Quito y Guayaquil; así como la rápida y enérgica respuesta de los mandatarios latinoamericanos.

Las palmas para Cristina Kirchner, Hugo Chávez, Evo Morales, Lula, Lugo, Sebastián Piñera, Santos, otros presidentes y gobiernos de América Latina, incluyendo a la propia OEA, así como a personalidades públicas que como Fidel Castro maniobraron rápida y eficazmente y utilizaron su ascendencia en la opinión pública mundial para contribuir a paralizar a los golpistas que, antes de que la Clinton y Obama clavaran el último clavo a su ataúd, estaban derrotados.

Una vez más, en el poco tiempo que lleva de creada se ha justificado con creces la existencia de UNASUR a la que los presidentes latinoamericanos, incluyendo al propio Correa, le han impreso un estilo dinámico, ejecutivo y valiente que, aprovechando la cercanía geográfica es capaz de movilizar en horas a los presidentes de la región que personalmente acuden para acordar y poner en marcha medidas eficaces.

En otros tiempos la OEA hubiera llamado a la calma, habría especulado acerca de una acción interamericana, seguramente convocaría para días después a los cancilleres dando tiempo a los golpistas; otros pedirían cordura al presidente para evitar derramamientos de sangre y seguramente no faltarían las ofertas de asilo político.

Naturalmente queda mucho trabajo por hacer para de modo concertado y movilizando el talento y la experiencia acumulado por los procesos avanzados en Sudamérica, fortalecer las instituciones civiles, crear mecanismos que hagan imposible los golpes de estado y las sublevaciones contra gobiernos legítimos y dotar a UNASUR de instrumentos jurídicos para proceder en tales casos.

La tarea de los movimientos avanzados en América Latina no termina con alcanzar algunas conquistas y establecer estándares de justicia social, sino que se consuma cuando esas conquistas, junto con la democracia, las libertades, los derechos humanos, los procesos electorales y otras se hagan irreversibles.

Naturalmente que en Ecuador y en todas partes, la reacción y sus operadores políticos desearán no tener que acudir al golpe de estado y mucho menos al magnicidio, sino que preferían que los presidentes cedieran, se dejara tramitar y se sometieran.

No se puede dar a la derecha, a la oligarquía y a la reacción pro imperialista la oportunidad de retirarse a los “cuarteles de invierno”, agazaparse y reforzarse esperando cuatro, seis u ocho años, cuando desgastados por la hostilidad, soportando las campañas mediáticas de descredito y por los esfuerzos realizados, los líderes populares se exponen en elecciones; tampoco se puede conferir a los ejércitos meritos que no tienen ni merecen.

Consolidar cada conquista y hacerla jurídica e institucionalmente irreversible es una tarea de primer orden.

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