martes, 5 de octubre de 2010

Cultura y negocio de la muerte

Herminio Otero (CCS)

Los ritos funerarios han acompañado al ser hu­mano desde que comenzó a serlo. Hace 300.000 años los homínidos realizaban “de forma consciente y con un comportamiento ritual y simbólico” los enterramientos de sus congéneres, según se ha podido saber por los restos humanos encontrados en la Sima de los Huesos de Atapuerca (Burgos).

Los neandertales fueron los primeros seres hu­manos que practicaron rituales funerarios con la creencia en la idea de que la muerte no era el final de la existencia, sino un tránsito del mundo de los vivos hacia un reino espiritual. Cubrían el cadáver con flores e inhumaban el cuerpo del difunto junto con alimentos, armas de caza y carbón vegetal.

La gente de los pueblos, ya muy despoblados, aprovecha ahora los funerales para verse. Y para encontrarse. Y para celebrar que es preferible ir a que te lleven. Y sigue acudiendo a estos encuentros con el gesto adusto y con respetuoso silencio, en los que resuenan de manera contenida siglos de rituales de enterramiento.

Hace años no distinguíamos si el entierro era de primera, de segunda o de tercera, como los había en las ciudades en otros tiempos. Morir costaba lo suyo, como siempre. La beneficencia se encargaba de enterrar a quienes no tenían a nadie que le llevara hasta la sepultura.

Pero todo ha cambiado. También el monto final de lo que cuesta morirse, que ahora en España ronda los 3.000 euros, aunque el precio de un sepelio puede llegar a los 6.000 dependiendo de los diversos servicios de las funerarias y en función del tipo de funeral o de la calidad del servicio.

El seguro de decesos es uno de los de mayor arraigo social. Es un tipo de póliza que cu­bre los gastos de una muerte natural. En 2006 había en España 7,5 millones de este tipo de pólizas y 23 millones de personas con este tipo de seguro, que había mantenido un aumento creciente, aunque moderado, en los años anteriores, hasta llegar a alcanzar un volumen de negocio de 1.451 millones de euros ese mismo año.

La muerte es una verdadera industria. Al lado de la muerte florecen muchos negocios: las floristerías, los fabricantes de ataúdes, los cementerios, los embalsamadores, la incineración, los lotes funerarios, la fabricación de lápidas, los músicos, los ritos religiosos, los seguros, los servicios de transporte y muchos más.

En algunas ocasiones, llega a ser inhumano cómo se convierte al moribundo en una mercancía. En los hospitales se presentan situaciones a veces surrealistas cuando los negociantes de las funerarias tratan de conseguir un cliente y varios vendedores muestran sus folletos al mismo tiempo y se codean entre ellos.

En España, cada vez se incineran más difun­tos, sobre todo en las grandes ciudades, pero no siempre se sabe bien qué hacer con las cenizas. Algunos las esparcen en el mar o las arrojan a un río o las diseminan o en algún jardín público o en el jardín donde viven pues la ceniza no tiene carácter de residuo.

La Iglesia acepta la cremación, pero pide que no se esparzan las cenizas y que tampoco se guarden en las casas, sino que se depositen en el cementerio o en los columbarios de las iglesias, guardando así la tradición de la inhumación del cadáver, que ha representado en la cultura occidental la vuelta del hombre a la tierra de la que se procede, hecho que en la tradición cristiana ha engarzado con la idea de la semilla que muere para volver a nacer.

Aún así, cada vez son más frecuentes en España los funerales laicos. Ya se habla de entre el 8 y el 10% de los clientes del sector funerario que prefiere prescindir del clero en esas horas de duelo y que piden unas ceremonias civiles o laicas que supongan un homenaje a la persona difunta, basado en su perfil y en los aspectos más relevantes de su vida. Ya hay empresas que han olido este negocio y ofrecen a los familiares y amigos la posibilidad de participar en el acto con la lectura de poemas o textos relacionados con el difunto y la audición de música en crematorios y cementerios, acompañada de un servicio de catering, así como de una decoración especial en la que no suelen faltar las flores. En algunos tanatorios o cementerios, los actos laicos se ofician en una capilla transformada, y las empresas ofrecen entre sus servicios salas ecuménicas, que en numerosas ocasiones consiste en capillas o templos cristianos con los santos y el sagrario tapados. En las celebraciones, en las que antes predominaba la palabra de Dios, ahora se puede escuchar la palabra del poeta (“Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”).

Lo que está claro es que, desde que el hombre es hombre, todos queremos despedir a los seres queridos. Ahora, para algunos, esto se ha convertido también en un negocio.

Herminio Otero es periodista y escritor.

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