viernes, 15 de octubre de 2010

El minero imaginario

Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

El rescate de los treinta y tres mineros chilenos es un fenómeno complejo que no admite interpretaciones simplistas ni monocromáticas. Cierta izquierda –de suyo maniquea en sus enfoques y un tanto proclive a la paranoia- quisiera reducir todo a una enorme conspiración de los medios de comunicación y los poderes económicos y políticos. Mucho de eso hay. Un manejo morboso y abusivo por parte de los medios; un intento de ocultamiento de las condiciones de explotación e inseguridad en las minas; un aprovechamiento por parte de políticos mediocres y demagogos. Pero, ninguna de estas cosas, ni todas en conjunto, logran, ni de lejos, agotar la complejidad de lo vivido.

La proyección a escala planetaria de este proceso no es tan solo un juego interesado montado por los medios. Sobre todo es signo muy claro de la época que vivimos. El mundo se hizo pequeño y hoy pocas cosas ocurren sin que sean vistas –e incluso vividas, y ello no solo en sentido figurado- en todo el globo. El arco iris planetario que se mete en la sala de la casa no se agota en el contrahecho muñeco de colores chillones que invita a engullir comida basura. New Orleans arrasada; el hambre en el rostro suplicante de los niños africanos o la angustia de quienes sobrevivieron al terremoto en Haití, dejan de ser imágenes lejanas. Es harto difícil dejar de reconocer que nada de lo humano nos es ajeno, cuando todo lo humano se nos ha hecho tan, pero tan cercano.

Y así vimos y, todavía más, vivimos, el drama de treinta y tres obreros que, por culpa de la irresponsabilidad de una empresa minera y el descuido de muchos gobiernos chilenos, vivían la agonía de estar enterrados a 700 metros bajo la superficie.
Se podía sentir indignación ante la frivolidad y el irrespeto que algunos medios manifestaban al transmitir aquella odisea, pero ello no impedía que, enseguida, llorásemos lagrimones, de a tonelada cada uno, cuando se veía emerger un minero de la capsula que lo traía de vuelta a la vida. Los mismos lagrimones quemantes que ya uno había dejado brotar cuando vio aquel primer video donde esos hombres enviaban mensajes de amor a sus familias y expresaban su esperanza de emerger de nuevo a la luz.
Cada escena era similar y, sin embargo, original y distinta. Cada minero rescatado era recibido por la persona o personas afectivamente más cercanas, usualmente, y antes que nadie (como debe ser), la compañera afectiva. Y, más allá de ese círculo familiar íntimo, el presidente Piñera, un tipo bastante mediocre al que, sin embargo, hay que reconocerle su reciedumbre a la espera de cada minero. Y luego la explosión de júbilo con sus compañeros mineros. Solidaridad de clase y amor de amigos, que se expresaron vitales y espontáneos.
Mucho de épico hubo en todo esto. Sobre todo, mucho de humanidad en su más rica, en su más plena y generosa expresión.
Y en el ir y venir de los recibimientos, las lágrimas, los aplausos, los abrazos, en algún momento me dije para mí: ¿y qué tal si uno de estos mineros hubiese sido un hombre gay con un compañero afectivo estable? Ya vimos que no era el caso, que no ocurría así con ninguno de estos treinta y tres héroes obreros. Y, en general, dado el contexto cultural de la actividad minera, esa es una posibilidad poco probable. Pero, sin duda, no es imposible.
Y de haber ocurrido así ¿qué habría pasado? ¿Habría la iglesia admitido –sin su usual estridencia e intolerancia- que el compañero del minero fuese quien lo recibiera? ¿Lo habrían permitido los políticos sin sentir por ello manchado su “prestigio”? ¿Habría generado escándalo y escarnio?

Acaso lo habrían recibido el padre y la madre y el minero los habría abrazado con fervor…mientras levantaba la vista a la multitud lejana en busca el rostro ansioso del hombre con quien construye una vida compartida. Su felicidad y su dignidad habrían quedado tristemente mutiladas y ensombrecidas. Emerger de la muerte sin encontrar el abrazo de la persona con quien uno comparte su vida, es, en cierto modo, volver a morir en lo más profundo del alma.

El amor admite variantes muy diversas. En particular, no es un monopolio ni un privilegio tan solo al alcance de quienes son heterosexuales. Y ello es así porque el amor es algo que se siente o no se siente. Nadie se lo puede imponer a nadie y nadie puede impedir que nadie lo sienta. El conservadurismo religioso –y en especial las jerarquías católicas- no pueden prohibirle a una persona homosexual que ame, ni tampoco pueden impedírselo. Pero, sin embargo, sí pueden –y de fijo que lo hacen- impedir la plena vivencia de ese amor. Le imponen barrotes, grilletes y mordazas. Como aconteció a los mineros de esta historia grandiosa, quisieran mantenerlo enterrado a 700 metros bajo tierra, soterrado en las más densas tinieblas.

Amar debería ser considerado un derecho humano. Y la expresión de ese amor en el beso y el abrazo debería ser uno de los aspectos por medio del cual ese derecho se hace efectivo. Los treinta y tres mineros tuvieron ese hermoso premio, ese dulce reconocimiento a su humanidad sintiente: al salir recibieron el abrazo y el beso de la mujer a la que aman.

¿Habría tenido similar oportunidad el minero imaginario de mi historia?

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