viernes, 15 de octubre de 2010

La Iglesia Católica se está extinguiendo

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Va desapareciendo, lenta e inexorablemente, engullida por las arenas del desierto de la historia; extinguiéndose, a buen ritmo, como cualquier otra especie viva de las miles que desaparecen cada día.

Todo perece, todo tiene su orto, su cenit y su ocaso, todos estamos abocados a un final. Y la Iglesia católica no va a ser excepción. Ya no valen aquellos alardes de post guerra; aquellos de los asotanados de colegio que nos daban pruebas "apologéticas" de que "la Iglesia" es la verdadera porque es ecuménica, e imperecedera porque después de casi dos milenios ha resistido todos los embates de sus enemigos. Lo que no nos aclaraban es el truco que luego, andando los años, observando y reflexionando descubriríamos.

Me refiero al truco de haberse provisto la Iglesia, desde su nacimiento, allá por el siglo IV d.C, y luego ya siempre después, de un seguro brazo armado en los gobernantes; en los gobiernos salvo los marxistas que la proscribieron. Gracias a la complicidad del machete, de la lanza, de la espada, del arcabuz o de los cañones, siempre se abrió un ancho camino y se impuso más o menos descarada o subrepticiamente en la sociedad; y cuando terció una guerra, saliendo a escena de entre bastidores una vez decidida la contienda, para posicionarse a favor del ganador.

Ni qué decir tiene que pronto hubo dos Iglesias: una, la jerárquica, otra, la parroquial. Ésta siempre fue la encargada de purgar las canalladas de la otra. Mientras la jerarquía cometía o inducía "actos impuros", la "otra Iglesia", es decir, los párrocos, estaban al pie del cañón con pobres y sufrientes... La pugna entre el nulo escrúpulo y los voluntariosos existe en todas partes: también en la tribu clerical. Unos, con los pobres y otros, con los ricos. Así abarcan a toda la sociedad. Pero ni aún así esa estrategia da ya resultado: Los pueblos, aburguesados, no la necesitan: disponen ya de otros opiáceos.

Y luego, ahí están las Cruzadas, ahí está la evangelización cruenta del Nuevo Mundo, a machetazos y mediante el genocidio. Ahí está su instigación sempiterna contra su competidora, el Islam, que por el contrario se extiende cada vez más. Ahí está su descarada alianza con las dictaduras bajo palio y con la dictadura encubierta de los poderosos, los prepotentes y los fascistas con distintos nombres en las democracias burguesas.

El caso es que en España y en Latinoamérica el número de los renegados, de los apóstatas, de los desencantados, de los indiferentes y de los enemigos avanza a pasos de gigante. En España los matrimonios civiles crecen a velocidad de vértigo, la disminución de matrimonios canónicos es galopante, la mayor parte de los contraídos bajo su ceremonial sólo van al encuentro de éste, las vocaciones religiosas ceden alarmantemente; la recluta de miembros eclesiales del continente negro... y la ida del papa a América del Sur para detener la desbandada, son algunas de las señales inequívocas de que la Iglesia Vaticana está perdiendo pie, credibilidad, influencia y protagonismo. Ahí tenemos su respuesta aberrante, que tantas deserciones está provocando, ante los numerosos y sonados casos de pederastia que en los últimos tiempos están saliendo a la luz. Quien sea amante de los números y las estadísticas, a este respecto y los anteriores, puede consultar en muchos sitios.

Si a esto añadimos alguna profecía, como la de Nostradamus que predijo que este Benedicto es el último papa de la saga papal, ya tenemos redondeado el pronóstico del final de la Iglesia Católica Apostólica Romana en breve plazo.

A unos les apenará, a otros les indignará, a otros les alegrará. Pero es posible que la Nueva Era, que también algunos (los gnósticos, por ejemplo) vaticinan, sea la Era de la Iglesia Católica barrida por la historia. En mi consideración, si la Iglesia ha sido correa de transmisión de la cultura judeocristiana, también lo ha sido de considerable sufrimiento de la humanidad. Más valiera haber dejado al buen salvaje evolucionar por sí mismo, sin hacerle ingerir el veneno religioso de la catolicidad. Yo creo que puede ir entonando el Requiem por ella misma y por anticipado, pues, naturalmente, la extinción se producirá por efecto del imperio del pensamiento y el sentimiento paganos. Y mientras su disolución avanza, quedará rebajada al nivel de cualquier otra secta religiosa abrazada por minorías. Se acabó el ecumenismo.

Desenseñar a desaprender a cómo se deshacen las cosas.

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