martes, 5 de octubre de 2010

Las malas costumbre del ministro de Asuntos Exteriores de Israel

Dmitri Babich (RIA NOVOSTI)

La semana pasada el ex - presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, llegó a conclusión de que los israelíes de procedencia soviética rusa están comprometiendo con mucha torpeza la política de su país y también la de Estados Unidos en Oriente Medio.

Su opinión se vio confirmada por el enfrentamiento sin precedentes entre el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y su ministro de Asuntos Exteriores, Avigdor Lieberman, nacido en la antigua Unión Soviética.

En su discurso ante la ONU, pronunciado el pasado 29 de septiembre, el jefe de la diplomacia hebrea propuso renunciar a una fórmula clave del proceso de paz palestino-israelí “paz a cambio de territorios”, acordado en la Conferencia de Oslo de 1993 y considerado elemento fundamental en las negociaciones que deben conducir a una regulación de la situación en Oriente Medio.

En esa conferencia, el entonces líder de la Organización para la Liberación de Palestina, Yassir Arafat, y el primer ministro de Israel, Yitzhak Rabin, coincidieron en la posibilidad de que Israel cediera a la Autoridad Palestina los territorios reconocidos por la ONU a cambio de garantías de que los palestinos no atacarían a Israel.

Precisamente sobre esta base se han ido construyendo los intentos de llegar a un acuerdo de paz duradero. Sin embargo, estos intentos han terminando sistemáticamente con explosiones de violencia aun mayores. Por su parte, Lieberman propuso sustituir el principio de “paz por territorios”, por otro más severo, que se usa con gran frecuencia en el mundo actual.

El principio anunciado por Lieberman tiene en cuenta que ese intercambio se realice no sólo con territorios, sino también con las poblaciones que viven en esos territorios. Lieberman subrayó que no pretende la expulsión de las personas que viven en un determinado territorio; cosa que ha ocurrido en numerosos conflictos del siglo XX (baste recordar los sangrientos enfrentamientos entre griegos y turcos, entre pakistaníes e indios y, más recientemente, entre las entonces repúblicas soviéticas de Azerbaiyán y Armenia).

“Entiéndanme, no hablo de trasladar poblaciones, sino de trasladar las fronteras para ajustarlas a las realidades demográficas”, subrayó Lieberman.

Cuesta comprender cómo llevar a cabo su propuesta sin expulsar de sus viviendas los árabes israelíes, que viven en poblaciones propias muy dentro del territorio israelí, especialmente en el norte del país.

En lo que se refiere a las colonias judías en la orilla occidental del río Jordán, evidentemente Lieberman no tienen ninguna intención de acabar con ellas. Al contrario, de acuerdo con su plan, estos territorios deben quedar bajo soberanía israelí y con el reconocimiento internacional. Lo cual no tiene nada de especial porque el mismo Lieberman vive en uno de estos asentamientos.

La moratoria impuesta sobre estos asentamientos para impedir su ampliación fue, por cierto, levantada hace unos pocos días.

El plan de Lieberman impresiona, sobre todo, por su actitud típicamente soviética: se propone tirar por la borda largos años de esfuerzos del Cuarteto de Mediadores para la paz en Oriente Próximo (la ONU, los Estados Unidos, la UE y Rusia) que se seguían guiando por el principio de “territorios a cambio de paz”. De la misma forma que habrían de ser desechadas las declaraciones anteriores y promesas del Gobierno israelí, sólo porque así lo ha decidido Avigdor Lieberman.

Benjamin Netanyahu, considerado en Israel como un “halcón”, no pudo tolerar semejante insolencia, por lo que su Oficina no tardó en emitir un comunicado subrayando que Lieberman no había coordinado el texto de su discurso con el Primer Ministro y, por lo tanto, el mencionado discurso no reflejaba la línea política del Estado de Israel.

El problema está sin embargo, en que Lieberman lleva meses haciendo propaganda de su plan, recorriendo los distintos continentes a costa de la hacienda pública y parece no entender demasiado qué es la subordinación.

Su propuesta es criticada por los medios de comunicación desde Vancouver hasta Vladivostok, pero Lieberman parece inmune a esas voces críticas e insiste en que no encuentra seria oposición a sus ideas.

Todas estas cuestiones se han puesto de rabiosa actualidad porque, tan sólo una semana antes del discurso de Lieberman ante la ONU, la parte ruso-hablante de la población israelí mostró su indignación por las declaraciones de Bill Clinton que los acusó como el mayor obstáculo hacia la paz.

Según Clinton, los 1,5 millones de judíos que llegaron de la Unión Soviética entre los años 1989-1992 no quieren ni oír hablar de ningún tipo de entrega de territorios. La prensa y los blogs en ruso denunciaron que las declaraciones de Clinton eran incorrectas, y en este contexto, el discurso de Lieberman solo confirmó la opinión del ex mandatario estadounidense.

El dialogo de paz entre palestinos e israelíes es un rompecabezas tan difícil de resolver como para no desear a nadie su implicación en este proceso. Los rusos, además, deberíamos tener presente que Lieberman representa al mayor partido ruso de Israel; su actitud no es sólo típica de los judíos rusos de Israel, sino que también refleja algunas de las características de sus países de origen.

Parece que la inclinación de “presionar para imponer su punto de vista”, así como la tendencia de optar por soluciones aparentemente muy simples y de ignorar a la comunidad internacional, rasgos que ha señalado Bill Clinton, no son los más indicados para solucionar este tipo de conflictos.

Desgraciadamente, son característicos de los israelíes ruso-hablantes y de muchos de nuestros conciudadanos. Sumados a la lealtad al clan y al egoísmo nacional, propios de los pueblos de Oriente Próximo, dichos rasgos adquieren un tono amenazante.

En Rusia, la situación viene atemperada por las vastas llanuras del país y una experiencia secular de coexistencia pacífica entre los cristianos y los musulmanes.

Observando estos días cómo estos rasgos han llevado al jefe de la diplomacia israelí prácticamente al aislamiento internacional, se llega a la conclusión de lo útil que sería abandonar para siempre ese tipo de estereotipos.

Foto: Israel - Avigdor Lieberman, ministro de Relaciones Exteriores. / Autor: Alexey Drujinin - RIA NOVOSTI

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