viernes, 15 de octubre de 2010

México: San José y Pasta de Conchos

Eduardo Ibarra Aguirre

Como la noche respecto del día son los agudos contrastes entre el rescate de los 33 obreros chilenos de la mina de San José de Atacama, cerca de Copiapó, 67 días después de ocurrida la tragedia, y el abandono criminal de 65 mineros en Pasta de Conchos, San Juan de Sabinas, Coahuila, cinco días después de la explosión del 19 de febrero de 2006.

Las notables diferencias no estriban en que la mina chilena “es de cobre, mineral inerte que no explota. La de México era de carbón, que es un componente combustible, y el gas que se produce al perforarlo, pues es un explosivo”, como pretende explicarlo el tristemente célebre Francisco Javier Salazar, quien cobra como vicepresidente de la Cámara de Diputados y en aquel entonces como secretario del Trabajo y Previsión Social del gobierno de Vicente Fox Quesada, funcionario que salió corriendo porque un indignado trabajador se le fue encima. Los dos conservadores se subordinaron a la decisión de Germán Feliciano Larrea Mota Velasco --el segundo mexicano más acaudalado del orbe e integrante del Consejo de Administración de Televisa--, para desistir en el rescate y posteriormente en la búsqueda de los 63 cadáveres abandonados hasta hoy.

Mas la cuantía del capital no es obstáculo infranqueable para rescatar mineros, como lo demostró, urbi et urbi, Sebastián Piñera Echenique, uno de los más acaudalados chilenos y que, además, despacha en el Palacio de la Moneda, sobre todo después de los enormes destrozos humanos y materiales que sufrió el país durante los sismos de febrero pasado.

Tampoco lo fue el perfil ideológico conservador del mandatario chileno para conjuntar esfuerzos de los directivos de la empresa, el sindicato, las autoridades locales y la sociedad para salvar 33 vidas en peligro durante 67 días, en un despliegue de voluntad política, tecnología y equipos del extranjero sin reparar en costos. Tampoco, por supuesto, en el lucro político como acostumbran los hombres y mujeres del poder en casi todas las latitudes, y menos aún se inhibieron los gigantescos consorcios mediáticos para mutarlo en espectáculo global. En Televisión Azteca, Javier Alatorre lo sintetizó así: “Un verdadero milagro”. De los 300 mineros sobrevivientes que se quedaron sin empleo, nadie se ocupa.

Las diferencias sustantivas se ubican, entonces, en la vocación y la capacidad de gobierno de un hombre como Fox Quesada, quien destacó como pocos en vender Coca- colas al sur del Suchiate, se hizo licenciado desde la gubernatura de Guanajuato con una tesis que no fue de su autoría, derrochó un enorme capital conquistado en las urnas, se refugió en las recámaras del viejo sistema político, compartió las riendas del país con su esposa y con torpeza e ignorancia singulares dividió y polarizó a la sociedad para que su partido, Acción Nacional, permaneciera en la Presidencia bajo la máxima inolvidable del Haiga sido como haiga sido.

Con tales credenciales se explica, mas no se justifica, la virtual abdicación del gobierno foxista ante el Grupo México tras el homicidio industrial cometido hace cerca de cinco años.

El pertinente “¡Viva la esperanza de que el hombre puede superar cualquier dificultad!”, expresado con entusiasmo por Felipe Calderón en mensaje a su compañero ideológico, sería pertinente que lo aplicara para corregir las políticas de subordinación frente a los intereses muy estrechos del poderoso Grupo México, obligue a éste a respetar la legislación laboral para que brinde los mínimos de seguridad y equipos en las 400 concesiones mineras que posee, cese la persecución contra las viudas y su organización, se revisen las magras indemnizaciones y les permitan recuperar los cuerpos de sus deudos.

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