jueves, 21 de octubre de 2010

Negar la evidencia y negar, negar y negar

Alberto Maldonado (especial para ARGENPRESS.info)
“Lo sucedido, sucedido está”, decían nuestro mayores; y el ex Presidente Carlos Julio Arosemena (ya fallecido) dijo alguna vez una frase que me quedó: “el pasado es irrectificable” Y así es, solo que, en nuestros países, se pretende que lo sucedido no ha sucedido y que todo se arregla con “negar la evidencia”, como decían que dicen los borrachos que acostumbran celebrar hasta la inconsciencia, los famosos “san viernes”.

Para el mundo exterior, no quedó la menor duda: el jueves 30 de septiembre del 2010, se trató de un ensayo de golpe de estado en el Ecuador. La vieja y dislocada derecha cavernaria, más la CIA y sus muchachos, que no descansan, más grupos de resentidos y los medios masivos de la incomunicación, quisieron destituir cuando no matar al Presidente Constitucional Rafael Correa Delgado, valiéndose de una mentira (y una imperdonable tardanza comunicacional del propio gobierno) respecto de una nueva ley de servicio público, que era aprobada por la Asamblea Nacional y que supuestamente perjudicaba a la llamada fuerza pública (ejército y policía, principalmente) a sabiendas que son los que, en nuestros países, dígase lo que se diga, dan los golpes de estado (sacar y poner presidentes, como en Honduras; y en el Ecuador, también)
Sin ser ni politicólogos, ni analistas políticos, ni adivinos, quienes (los y las ecuatorianas) vivimos ese 30 de septiembre del 2010 (que ahora ha quedado reducido a un simple 30-S) vimos y sentimos, desde que comenzaron a transmitir los canales de la televisión privada (que sin orden ni disposición alguna ¿o si? entraban en una cadena “espontánea” de radio y televisión) la “protesta” del principal cuartel de policía que hay en Quito (el Regimiento Quito No.1) y las “adhesiones que recibía de todo el país”, como si se tratara de un partido de fútbol; pensamos, sin lugar a la duda, que aquello era el inicio de un proceso de golpe de estado clásico. Más, cuando informaron que ya el aeropuerto “Mariscal Sucre” de Quito había sido tomado por la fuerza pública y que todas las operaciones habían quedado suspendidas (menos un avión que permanecía a la expectativa de ... ¿?) y que en Cuenca había pronunciamientos de los policías y ciudadanos en las calles; y que en Manta habían asaltado dos bancos y que en Guayaquil, grupos delincuenciales asaltaban almacenes , aprovechándose de la ausencia total de policías, sin ser ni adivinos ni expertos, comenzamos a pensar que en realidad se trataba de un golpe de estado.
La “sospecha” fue mayor cuando, por los canales de televisión privados, comenzaron a pasar imágenes “en vivo y en directo” de episodios que se daban en el mismísimo cuartel policial sublevado, frente a la presencia del “atrevido” Jefe de Estado (Rafael Correa) quien había “cometido la imprudencia” de meterse en dicho cuartel, a tratar de dialogar con los policías insubordinados; quienes, no solo que no le hicieron caso alguno, sino que le insultaron, le lanzaron bombas lacrimógenas y trataron de agredirle físicamente, a sabiendas que estaba recién operado en su pierna derecha (días antes le habían colocado una prótesis) y de que se trataba de un ciudadano en imposibilidad física de responder la agresión o de buscar refugio en alguna parte. Por ultimo, a pretexto de ofrecerle ayuda médica de emergencia, le secuestraron en el mismísimo hospital policial (aledaño al cuartel sublevado) mientras, por la red radial interna se clamaba porque lo maten si no firmaba la inmunidad de los policías amotinados y la “derogatoria” de la ley que supuestamente les perjudicaba. Simultáneamente a estos inusitados sucesos, “organismos populares” como la CONAIE y Pachakutac (del sector indígena, supuestamente izquierdistas) pedían la renuncia de Correa. Y en la Asamblea Nacional, la policía llamada legislativa, se tomaba la atribución de facilitar la entrada justo de los asambleistas opositores y sus “amigos”; y de impedir a empellones, la entrada de los llamados “gobiernistas”
No hay que ser un sabio para presumir (fundamentadamente) que aquello era mucho más que un reclamo gremial; que aquello era un golpe de estado. Solo que, poco a poco, en el transcurso del día, fue desinflándose el golpe de estado para dar paso a una “simple asonada” y a una “imprudencia” del Jefe de Estado, quien se había metido en la “boca del lobo” y se había expuesto, inclusive, a que le metan un tiro. Todo esto comenzó a decirse por los medios privados (sipianos, de la SIP) de comunicación, aún antes de que rescaten al Jefe de Estado de un tácito secuestro en el hospital policial, del que no podía salir sin riesgo de que le disparen a matar, como posteriormente se comprobó.
Para los presidentes de América Latina no quedaba ninguna duda: en el Ecuador se ensayaba un golpe de estado y había que salir en defensa de la democracia ecuatoriana, sin demora. Cancilleres de estos países volaron a Quito ese mismo día y por la noche ofrecieron su respaldo al jefe de estado, que ya había recuperado su poder oficial luego de ser rescatado por un operativo militar-policial del susodicho hospital.
Ese mismo día (por la noche) y al siguiente día y al siguiente del siguiente día (y así sucesivamente) los medios del sistema y sus voceros comenzaron a aplicar la vieja “verdad” del nazifascista Goebells (la verdad es la mentira repetida mil veces) La gran prensa sipiana (escrita, radio, televisión) comenzó a repetir sus “verdades”: que no fue un ensayo de golpe de estado sino un “justo reclamo policial” por asuntos de remuneraciones; que el “imprudente” fue el Jefe de Estado que se fue a meter en la “boca del lobo” a sabiendas que iba a ser abucheado; que “nunca hubo” secuestro alguno y que los policías que “resguardaban “ el hospital estaban ahí para defender con su vida la del presidente; que más bien, el gobierno cometió una transgresión de la “libertad de prensa” el disponer una cadena de radio y televisión “indefinida” y el haber impedido que los medios comerciales digan “sus verdades, como siempre lo han hecho”
Como una avalancha mediática, comenzaron a desfilar por los medios sipianos, especialmente la televisión comercial, esos “analistas” que son capaces de decir que ya es de noche cuando el sol de medio día brilla en el firmamento. Y entre ellos, destaca el asambleista César Montúfar, y sus adláteres, quien, sin sonrojarse, como si fuera un iluminado, comienza a decir que más bien hay que demandar al gobierno Correa por haber transgredido la libertad de expresión, y que se debe nombrar una comisión “internacional e independiente” qué investigue qué mismo ocurrió aquel 30.S.
Y bien vale la pena que recordemos que este “demócrata a tiempo completo”, igual que la otrora dirigente campesina Louders Tibán y otros (que hasta hace poco figuraban como la retaguardia izquierdista del movimiento campesino) son los líderes de una negación de la evidencia y que aparecen mencionados por Eva Golinger (abogada norteamericana-venezolana) y Jean Guy Allard (periodista canadiense) como los punta de lanza en el Ecuador de una actitud contraria a un gobierno que se ha salido del libreto y que anda cuestionando al neoliberalismo y hablando de una revolución ciudadana. Y como eco de esta posición, un “Fundamedios” que, a nombre de la democracia y la libertad de expresión, en definitiva responde al mismo tinglado.
¿Por qué tan furiosa campaña de los golpistas? Porque, como se les aguó la fiesta y no prosperó el golpe de estado, quieren “curarse en salud” por si acaso alguien pretenda encontrarles inmersos en la intentona. Además, si niegan que se dio un intento de golpe de estado, pueden alegar a favor de los amotinados una serie de “recursos” que ya comenzaron a pregonar: que el Presidente debe reconocer a todos los implicados una amnistía; que debe llegar a “consensos” para que la democracia ecuatoriana tenga larga vida; que el “provocador” fue el Jefe de Estado; y que, lo menos que se le puede calificar, es de “imprudente” que ha sido él quien ha cometido una agresión contra la sagrada libertad de expresión; y, por último, que los diferentes estados de excepción que ha tenido que dictar para salir de la emergencia y el peligro, han sido inconstitucionales.
Desde luego, los sipianos y sus muchachos saben a ciencia cierta el por qué de esta torcida interpretación de un intento de golpe de estado clásico; pero, no pocos ciudadanos recuerdan el argumento que exhibió el violador contumaz cuando el juez le preguntó que por qué había procedido a violar a la joven muchacha. “Es que, verá usted, señor juez –argumentó el encausado- yo qué culpa puedo tener si esta señorita se presenta con una minifalda escandalosa, que dejaba ver todo; y un escote de afición. Y no me pude resistir”.
Quizá, el Gobierno Correa de tanto hablar de la revolución ciudadana, ha terminado por parecerse a esa muchacha coqueta, que cualquier mortal –más si es sipiano y pelucón- se la quiere despachar. Este suceso descubrió, por ejemplo, que en materia de un elemental servicio de inteligencia política, el Gobierno-Correa anda más desamparado que la pequeña Caperucita frente al lobo feroz que, en este caso, no está ni disfrazado de abuelita; que su Alianza País no pasa de un entusiasmo ciudadano, que quién sabe dónde está cuando se le necesita; y que nadie, ni el mismo Correa, sabe a ciencia cierta qué mismo es eso de la “revolución ciudadana” y hasta dónde piensa llegar en ese camino. Por que de lo contrario, los medios de comunicación sipianos, la CIA-SIP y sus acólitos seguirán acechando hasta darle un golpe de estado; pero en serio.

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