viernes, 1 de octubre de 2010

Plata para la bomba atómica

Jorge Gomez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

El camino que condujo a la bomba atómica comenzó en la más remota antigüedad; la historia de la Física Nuclear, como todos los grandes eventos culturales son procesos colectivos, por lo general internacionales, de sumas que abren sendas para, mediante aproximaciones sucesivas, llegar a la verdad.

Por intuición y como parte de un debate que duró siglos, los sabios de la antigüedad, en Grecia, China, Persia, Egipto y otros sitios, comprendieron que dividiendo sucesivamente cualquier objeto material se llegaba a un punto en que no podía fraccionarse más. A la más pequeña unidad de la materia que era ya indivisible los griegos la llamaron átomo. La idea de la indivisibilidad del átomo, que estuvo vigente hasta 1932, no impidió ningún avance científico.

En 1871, Dimitri Mendeléiev, sabio ruso de ideas políticamente avanzadas, publicó su famosa Tabla Periódica de los Elementos, que sugirió un orden al dar un número atómico a cada elemento, en esa tabla el hidrogeno es el uno y el uranio el 92. El número 101, descubierto 48 años después de su muerte, lleva su nombre: Mendelevio.

En 1895 el alemán Wilhelm Roentgen descubrió los rayos X, en 1897 Thompson dio con el electrón y un año después Becquerel se percató de que el uranio emitía radiaciones; ese hallazgo contribuyó a que Maria Curie, nacida polaca y de apellido Slodowska, usando instrumentos elaborados por su esposo el francés Pierre Curie, descubriera la radioactividad, palabra inventada por ella. Mucho después, en 1925 el inglés James Chadwick encontró una especie de eslabón perdido: el neutrón.

En 1932 cuando los británicos John Cockcroft y Ernest Walton usando partículas aceleradas artificialmente lograron desintegrar él núcleo de un átomo y descubrieron que esa desintegración a altas velocidades liberaba enormes cantidades de energía, la ecuación de Einstein: E= mc2, que databa de 1905, dejó de ser una curiosidad académica y adquirió significado práctico.

Con esos antecedentes, en 1939 Enrico Fermi, italiano emigrado porque su esposa era judía, esclareció los caminos para alcanzar la fisión nuclear mediante la división del átomo y el mismo año la austro-sueca Lisa Meitner descubrió que el uranio era el material idóneo para la reacción en cadena, el camino hacia la bomba atómica quedó teóricamente expedito.

En 1942 Leo Szilárd, un húngaro doctorado en Alemania y radicado en los Estados Unidos, usando uranio y un acelerador de partículas, a escala reprodujo en un laboratorio de la universidad de Chicago procesos que, de modo natural, sólo ocurren en las entrañas del sol.

Resuelto los aspectos teóricos para fabricar la bomba sólo faltaba todo: cientos de científicos, matemáticos e ingenieros, miles de trabajadores, millones de cálculos y experimentos, gigantescas instalaciones industriales, difíciles soluciones metalúrgicas, miles de toneladas de mineral, toda la ingeniería del artefacto, voluntad política y…casi tres mil millones de dólares al valor de los años cuarenta.

En 1942, luego del fracaso del Comité del Uranio, de comprobar que la industria privada de armamentos no estaba dispuesta a sumir los costos y los riesgos que implicaban las investigaciones y experimentos para construir la bomba, después del ataque a Pearl Harbor, Roosevelt puso el asunto en manos del Cuerpo de Ingenieros del Ejército y dio luz verde al proyecto Manhattan encabezado por: Robert Oppenheimer, Vannevar Bush y el coronel Leslie Groves.

Cuentan que el primer día Groves preguntó a Oppenheimer:

- ¿Qué hacemos?

- Consiga todo el uranio que pueda y procure enriquecerlo.

Por el uranio para la bomba, adquirido en el entonces Congo Belga, se pagaron unos 200 000 dólares; mientras que diseñar y construir la planta para enriquecerlo, costó un billón de dólares de entonces.

Probablemente el mayor obstáculo tecnológico era refinar el mineral de uranio para obtener uranio 238 y luego enriquecerlo para lograr uranio 235, apto para la bomba. Con la tecnología de entonces con 25 000 toneladas de mineral se lograban menos de 10 kilogramos de uranio 235.

Una de las primeras soluciones ingenieriles para el tratamiento de miles de toneladas de mineral de uranio fue el diseño y construcción de un gigantesco electroimán de potencia nunca antes imaginada, capaz de crear un campo magnético que permitiera separar los isotopos de uranio 235.

Antes como ahora un electroimán es un cable de cobre enrollado en un núcleo metálico, aunque el tamaño y la potencia del que necesitaba Groves requerían una cantidad desmesurada de alambre de cobre que era imposible de suministrar. Ante el pedido, el Pentágono declaró que carecía de tales reservas pues entonces, el cobre utilizado en comunicaciones y electricidad y en toda la industria de armamentos era deficitario.

Groves cuenta que el jefe de Suministro del Pentágono le comentó: “Hágalo con alambres de plata”

Sin otra opción el coronel Groves se dirigió al Secretario del Tesoro de Roosevelt a quien pidió lingotes de plata para convertirla en cables y fabricar un electroimán:

- ¿De qué cantidad estamos hablando? Preguntó el Secretario.

- Unas ¡15 toneladas! Fue la respuesta.

- Joven -dijo el secretario sin inmutarse-, cuando hablamos de plata la unidad de medida utilizada son onzas”

Sin inmutarse Groves replicó:

- Présteme entonces esas onzas de plata.

Se afirma que el Secretario telefoneo al presidente y después de la conversación preguntó a Groves:

- Tiene cómo llevar sus onzas desde Fort Knox, Kentucky hasta Oak Ridge, Tennessee.

- Camiones hay.

- Hágalo de noche y no lo cuente. No puedo ir al Congreso a pedir plata para hacer cables. Hay límites…

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