miércoles, 3 de noviembre de 2010

De la arrogancia de los acomodados

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Hasta hace relativamente poco tiempo, de mi reunión con personas de distintas profesiones liberales y funcionarios, jueces, empresarios, etc. sacaba en consecuencia el miserable talante político, mental y social que prepondera entre los acomodados sin ser necesariamente ultraconservadores o fascistas.

Quizá no sea un descubrimiento, pero como por otra parte las revoluciones nunca las han preparado ni organizado las clases trabajadores porque bastante tenían con sobrevivir, es lógico pensar que entre los acomodados, los autosuficientes y los ilustrados que pueden permitirse el lujo de pensar y de actuar a un tiempo, habría de encontrarse mayor número de revolucionarios en potencia si no en acción. Pues no es así. El egoísmo, la avaricia, la molicie, la indolencia y la comodidad cierran el paso a la generosidad espiritual del romanticismo social. Y acaban siendo los rasgos característicos de la gente acomodada. Hablarle a quien tiene una vida regalada, de conciencia social, de sacrificio, de solidaridad y de esas preocupaciones que distinguen al solidario del antisocial, hoy es una extravagancia y un intento inútil de convulsionar.

Las clases llamadas poderosas, pero también las clases medias, están demasiado blindadas y demasiado ajenas a lo que no les amenaza. Y los que pertenecen a ellas cierran filas reforzándose entre sí para mantener sus privilegios como la clase trabajadora se refugia en el sindicato para conservar sus derechos aunque no los realice. Lo malo, lo pésimo, es que las trincheras no se han movido desde que comenzó el industrialismo. Lo que sí ha habido es un aumento considerable de los acomodados que hace mucho más difícil el avance de la justicia social. La tortura, aunque parece relacionada sólo con la política es otro recurso subconsciente para quitarse de enmedio a los que no participan en la depredación...

Varios de mis contertulios fueron compañeros de dos colegios y dos universidades; otros son más jóvenes y siguen en la vida activa. En las distintas ocasiones que con unos u otros motivos nos hemos reunido en comidas u otros actos sociales, yo no he dejado translucir mi talante revolucionario. Se comprende. No sólo por diplomacia, sino porque mi espíritu es ante todo experimental. Y si en esos actos me hubiera mostrado tal como pienso y soy, hubiese sido expulsado inmediatamente del círculo. En esto, el que calla no otorga. Porque cuando uno no se manifiesta antisocialista y no se une a sus maldiciones, ellos ya saben que las reservas mentales y el silencio del interlocutor significan desaprobación. Pero en cualquier caso son toleradas como propias de un compañero de fatigas heterodoxo o excéntrico. Cosas de Jaime… dicen.

De ese modo sé bien de qué van esos ambientes y cómo funcionan por dentro esos grupos sociales. Esas gentes, generalmente encumbradas socialmente, están tan poseídas de sí mismas y de su pensamiento único, siempre al lado del imperio y favorables a tantas cosas que en la izquierda real consideramos abusos y herejías sociales, que simplemente me perdonan la vida. Y hasta se ufanan a veces de tener entre sus amigos a un “rojo”, pues pese a mi discreción, como he dicho, intuyen mi tendencia. Por eso, como espectador de excepción que soy de su arrogancia, puedo asistir a su falta absoluta de conciencia social reemplazada por una conciencia moral repulsiva e hipócrita y oírles sus barbaridades metidas en sarcasmos. Y no considero a estos grupos islotes sociales. Los veo muy representativos de su clase social y de su acomodo.

Quizá pudiera constatar otra observación. Los más extremistas son los que dicen haberse hecho a sí mismos. Estos son los más insoportables y también los más reaccionarios. Son los que, si de ellos dependiera y llegado el caso, llevarían al paredón hasta su padre si no pensara, sintiera y fuera como ellos.

Entre este magma humano y gracias a mi táctica reservona, me comporto como un espía en territorio enemigo. De ello extraigo muchas consecuencias. Si actuase de otra manera no podría conocer de cerca a esta chusma adinerada a la que conocemos por referencias y por esos sondeos sociológicos que carecen de credibilidad, pues ella misma, esta chusma social, es quien los confecciona. Estos, los burgueses, gritan a todas horas en una frecuencia sónica que los demás no podemos escuchar: ¡Burgueses del mundo, uníos!

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