miércoles, 17 de noviembre de 2010

La indiferencia

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

El papa, en su viaje reciente a España, tuvo el mal estilo –el acostumbrado por este papa de tan poca diplomacia-, de acusar a este país ahora del mismo anticlericalismo que hubo en los años 30.

Eso, en castellano, es mala leche. Pero no deja de tener razón, pues ¡a quién extraña que quienes abusan, atosigan y coaccionan gravemente a los pueblos, sea a través del poder político o sea del religioso, -y eso, abusar y coaccionar era lo que hacía el clero en los años a que se refiere Benedicto-, no hacen más que extender el odio y la hostilidad que sólo se refrenan con cargas de policía! La misma hostilidad y odio que provocaban en Francia la realeza y la aristocracia, y que a finales del siglo XVIII fueron los desencadenantes de la Revolución. En los años 30 la clerigalla llevó demasiado lejos sus abusos y agotó la poca paciencia que le quedaba al pueblo, harto de la dictadura clerical. Pues bien, si ahora no necesitamos ser exactamente anticlericales por el escaso poder que tiene la Iglesia, sí somos aventajados antivaticanistas, antineoliberales, antifascistas, anti-ricos y antinorteamericanos… Y lo somos, muchos más de lo que nos hacen creer los sondeos y estadísticas divulgados por los medios que son los que ahora, en democracia, contribuyen al control social y drenan el odio.

Y eso que hoy día, al haber tanto empeño en no ser “anti” nada para no quedar mal, hay también demasiado incapaz de reaccionar. Así preponderan las medias tintas, y así es cómo se pone en bandeja la riqueza, el poder y el mundo entero a los que sacan réditos del pasotismo, de la abstención y de las indiferencias. Sí, indiferencias en plural, pues las hay de distinta clase: está la indiferencia unida al desprecio que merecen los cínicos, los prepotentes y los bocazas; está la indiferencia que elude despectivamente la provocación. Y está la indiferencia que aconseja paciencia en espera de mejor ocasión para darle la vuelta a la tortilla... Pero todas contribuyen a mantener el statu quo de la clase dominante en la sociedad española.

En todo caso si esta sociedad está efectivamente infectada de plutocracia e invadida por los herederos del franquismo, también cunde la autorepresión y el miedo a ser tenidos por "antis". No hay que ser “anti”, se oye a menudo…

Pues yo creo que sí, que quien en España no sea antiultraderechista, antifascista, antinorteamericano, antimonárquico y antipapado no hace más que reforzar los dispositivos del poder de los que ya lo tienen de hecho o de derecho. Ser indiferente, no ser anti, y estar en las medias tintas es lo peor que le puede pasar a un país. La tibieza es funesta para el individuo y para sociedades ardorosas como la española. Otra cosa es la moderación. Pero la moderación llega con la experiencia y la madurez. Y España no tiene ni una cosa ni otra en materia de convivencia de las partes visceralmente enemigas. El eclecticismo y la moderación son impecables, deseables y dignos de elogio para una sociedad ecléctica, respetuosa y moderada, pero son muy peligrosos en una sociedad de la que son siempre dueños de ella el dinero y los agitadores.

Rescatemos, pues, la pasión por las ideas, por los afanes y por la utopía. Fabriquemos las ilusiones si nos faltan. Trabajemos por el amor a los demás, y no nos centremos obsesivamente sólo por el sexual que llega por sí solo. Levantémonos de las poltronas, y veremos renacer poco a poco una sociedad ahora semidormida que sólo se despereza a golpes eléctricos activados por el periodismo agitador, por la jerarquía clerical y por los que explotan primero la indiferencia y luego los clamores que al final quedan en nada. Huyamos, en fin, de las medias tintas que impiden la grandeza y la nobleza, que bloquean el ánimo y destruyen el espíritu, pues con medias tintas no hacemos más que entregar el grueso de la colectividad a los depredadores más voraces.

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