miércoles, 10 de noviembre de 2010

México: Censura estructural

Eduardo Ibarra Aguirre

Ante el exclusivo club de los dueños de medios, la Sociedad Interamericana de Prensa, reunida en su 66 asamblea, Felipe Calderón disertó sobre la comunicación en tiempos de guerra --impuesta por la Casa Blanca y el Pentágono a México--, y las directrices de su gobierno para informar “sin hacer apología del crimen”, por el contrario “evitar hacer el juego a la agenda mediática de las organizaciones criminales”, además de “poner en perspectiva los grandes esfuerzos que hacemos para solucionar nuestros problemas” y “balancear la información, tomar en cuenta, sí, si es indispensable el hecho noticioso, la voz intimidatoria de los criminales”.

Establecidos algunos lineamientos para definir las políticas editoriales, Calderón Hinojosa repitió el discurso que en la materia acostumbra pronunciar para elogiar a su gobierno, a falta de mayor reconocimiento de la ciudadanía y de los indignados trabajadores de los medios que perdieron a 65 de sus compañeros en una década de alternancia y sin que ningún asesinato se esclarezca aún. No se persigue a nadie por lo que piense, opine o escriba (le llaman señor Manuel Espino Barrientos). No se acosa a nadie por razones ideológicas ni políticas (los centenares de prisioneros políticos y desaparecidos obedecen seguramente a razones deportivas) y “se puede criticar abiertamente al Presidente o al gobierno, incluso en el exceso del escarnio o la burla”, pero se respeta la libertad de expresión, como derecho de la sociedad.

Primero le comparto el significado de escarnio: “Burla cruel cuya finalidad es humillar o despreciar a alguien”. El uso de esta palabra por el redactor del discurso, revela que la crítica de los periodistas estigmatizados por el poder como del círculo rojo, no cae en el vacío, como con frecuencia suponen muchos. Muestra también intolerancia ante la crítica de columnistas, moneros y articulistas, sobre todo los segundos, porque percibe el afán de “humillar o despreciar” al michoacano que, pese a esta condición o precisamente por ella, jugó con fuego en Morelia, como afirman varios legisladores que lo hizo el viernes 5 ante los bloqueos e incendios a cargo de La familia y la pasividad de la Policía Federal y del Ejército. El que juega con fuego –por más banda presidencial que use-- puede quemarse con todo y Luisa María Calderón Hinojosa, Cocoa, desbordada.

Mientras Felipe de Jesús presumía en Mérida, Yucatán, a los magnates de los medios su obra en materia de libertad de expresión, una veintena de diarios y revistas –La Jornada, a.m., Al Día, Proceso, Contralínea y Forum, entre ellos-- padecen la política gubernamental que Article 19 y Fundar denominan Publicidad oficial en México: la censura estructural.

Ambas organizaciones, fuera de toda sospecha política, estiman que “la publicidad oficial no ha sido únicamente un medio para materializar el derecho a saber de la sociedad, sino por el contrario, ha constituido un mecanismo imperceptible aunque más efectivo, para restringir el libre flujo de ideas e información. Paradójicamente, el medio para informar ha servido también para censurar”. Más aún, recuerdan que “Establecer criterios objetivos, claros, transparentes y no discriminatorios en la asignación de publicidad oficial para todos los niveles y órdenes de gobierno”, es una recomendación hecha al gobierno mexicano por las Relatorías sobre Libertad de Expresión de la Organización de las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos.

El abogado, economista y administrador público que se siente humillado y despreciado por sus críticos, entre los que me cuentan, fue desmentido sin atenuantes y enseguida por La Jornada en su Rayuela: “Sí existe acoso a los medios non gratos para el poder. Ese acoso se mide cotidianamente en líneas ágatas de publicidad. ¡Que se dejen de cuentos!”.

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