miércoles, 17 de noviembre de 2010

Pensiones - lo que quieren los franceses

Marc Saint-Upéry (RIA NOVOSTI)

Huelgas masivas, millones de personas protestando en la calle, un país entero bloqueado… ¿Pero qué quieren esos franceses? ¿Porqué se aferran a la excesiva prodigalidad de su Estado de bienestar en quiebra? ¿Acaso entienden la demografía? Fue un verdadero festín para los columnistas de la prensa internacional, sobre todo anglosajona. “Vaya, Francia, ¡ubícate!”, escribió Roger Cohen en el New York Times. Su colega Thomas Friedman insistió: “Francia ya se dio cuenta que una semana laboral de 35 horas era imposible en un mundo en donde los ingenieros indios tratan de trabajar 35 horas por día -tampoco se puede tener altos niveles de pensiones sin un sector privado dinámico-”.

Muy profesional, Cohen cita una sola fuente, la ministra de finanzas francesa. A Thomas Friedman, el escritor indio Pankaj Mishra lo describió recién como un “ventrílocuo de los ricos y de los poderosos.” Sus nociones de economía las adquirió en cocteles con multimillonarios y gurús de las nueva tecnologías en Shanghai, Bangalore y Silicon Valley. Si Cohen, Friedman y sus clones francófobos hubiesen hecho su trabajo de periodistas en lugar de propagar clichés desinformados, hubieran descubierto que estas protestas significan mucho más que la resistencia fútil de una sarta de holgazanes cripto-marxistas adictos del Estado niñera.

Tomad a Thomas Piketty, de la Paris School of Economics. Este huésped regular del MIT y de Harvard es una autoridad tan prestigiosa en materia de distribución del ingreso y política fiscal que hasta el Wall Street Journal lo describió como una “estrella de rock.” Para Piketty, la reforma de Sarkozy es “un mediocre trabajo de remiendo que no resuelve nada a largo plazo.” Además, es “cínica e injusta.”

Cínica porque el gobierno tergiversó descaradamente la relación entre el déficit presupuestario, las expectativas en materia de crecimiento y productividad y las perspectivas demográficas. Explotando la opacidad de los numerosos regímenes de pensiones, eliminó del debate mejores opciones de financiamiento y una reorganización más transparente del sistema. Injusta porque perjudica a las categorías más vulnerables: las mujeres, los parados, los empleados a tiempo parcial, los que empezaron a trabajar muy jóvenes, la mayoría de los obreros. Estos sectores padecen una menor esperanza de vida saludable y son los que menos podrán aprovecharse de una jubilación ya desvalorizada.

Se puede también sospechar un intento de socavar la cualidad y la confiabilidad del sistema público de reparto para abrir la vía a fondos de pensión privados de tipo británico o estadounidense –ahora introducidos bajo la forma de “pensiones complementarias.” Sin embargo, la crisis financiera volvió a los franceses aún más hostiles a los regímenes de pensión estilo casino que dependen de la volatilidad de los mercados especulativos.

Desmintiendo los estereotipos, los trabajadores franceses son entre los más productivos en el mundo, al igual o mejor que los de Gran-Bretaña, Alemania, Estados Unidos y Japón. Solo que no están muy convencidos de un sistema desregularizado cuyos resultados están a la vista: el “boom plutocrático” de los años 2000 –como lo llama el economista de Harvard, Lawrence Katz– , los recortes fiscales multimillonarios de Bush y los megabancos pidiendo limosna pública.

Los franceses no están en contra de cualquier reforma. Varios expertos, el Partido Socialista, los sindicatos y otras organizaciones ya avanzaron propuestas concretas para conciliar equilibrio financiero, sostenibilidad demográfica y sentido de justicia. Lo que los franceses no quieren es una estafa impuesta sin ninguna negociación por lo que parece ser el gobierno más despreciable desde el régimen de Vichy.

Con su arrogancia autista, sus fanfarronadas de nuevo rico y su retórica xenófoba, “Sarko” se enemistó no solo con la izquierda, sino con el centro moderado y con parte de su propia base conservadora. La legitimidad de su gobierno está socavada por varios conflictos de interés y un atmosfera tóxica de capitalismo de compadres. Dos tercios de la opinión apoyó las protestas; menos de un tercio apoya al presidente. Para los franceses, no es una cuestión de defender privilegios, es una cuestión de decencia y de equidad.

La relación entre envejecimiento de la población, productividad y justicia social será uno de los principales retos de las próximas décadas. No se la puede resolver en el marco de ortodoxias fracasadas. No tiene sentido dejarlo todo a la ineficiencia depredadora de los mercados financieros. Tampoco se puede exigir más sacrificios de los débiles mientras se hace regalos a los súper ricos.

Raymond Aron se alegraba de que sus conciudadanos ya no eran tan inclinados a las rebeliones radicales del pasado. Sin embargo, este gran pensador de la derecha francesa concluía con una duda: “Este pueblo, en apariencia tranquilo, aun es peligroso.” Tal vez el mundo tiene algo que aprender de los arrebatos de una nación tan indócil. Nos podrían ayudar a plantear algunas preguntas incómodas sobre las relaciones entre justicia y eficiencia, en lugar de repetir como loro los clichés del fundamentalismo de mercado. ¡Columnistas del mundo ubíquense!

Marc Saint-Upéry es periodista y analista político francés residente en Ecuador desde 1998. Escribe sobre filosofía política, relaciones internacionales y asuntos de desarrollo para varios medios de información en Francia y América Latina entre ellos, Le Monde Diplomatique y Nueva Sociedad. Es autor de la obra El Sueño de Bolívar: El Desafío de las izquierdas Sudamericanas.

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