jueves, 16 de diciembre de 2010

Amenazas no convencionales

Jorge Gomez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Los ataques del 11/S revelaron una de las más sorprendes características de la era global: los imperios y las superpotencias pueden ser amenazados, atacados y quién sabe si derrotados, no sólo por otras potencias, sino por pequeñas organizaciones terroristas, incluso por individuos aislados. Aunque por motivaciones y con efectos diferentes, Osama bin-Laden y Julián Assange han causado a Estados Unidos daños como ningún otro rival les había ocasionado nunca.

Lo característico de esas nuevas amenazas, motivadas por acumulación de resentimientos anti norteamericanos y favorecidas por la tecnología, las facilidades para las comunicaciones, las posibilidades para obtener armas y explosivos y para trasegar electrónicamente grandes cantidades de dinero, es que pueden provenir de cientos o miles de agresores a los cuales es difícil ripostar.

Bin Laden y Al-Qaeda obligaron a modificar patrones de comportamiento que afectaron a la sociedad norteamericana, hicieron que se dictaran leyes represivas, influyeron en la agresión de Estados Unidos a Irak, lo empujaron a la guerra contra Afganistán y están a punto de provocar un conflicto de grandes proporciones en Pakistán sin que la organización terrorista ni su líder hayan sufrido daño alguno y sin que el peligro que representan haya sido neutralizado.

Hasta el momento y debido al modo como Estados Unidos y otros países encaran esas amenazas, un solo individuo, con costos muy bajos y riesgos mínimos, valiéndose de recursos elementales es capaz de aterrorizar a una urbe como Nueva York, paralizar grandes aeropuertos o detener los trabajos del Congreso norteamericano. La vulnerabilidad de los objetivos y la escasa exposición de los nuevos atacantes han desconcertado a los expertos que no logran articular una respuesta eficaz o creíble.
Una de las explicaciones de esas situaciones reside en que la estructura de las grandes urbes, la mayoría de la cuales fueron trazadas y edificadas hace siglos y los estándares de la vida urbana en países de tradiciones liberales no fueron concebidos para lidiar con amenazas de esa índole. En el pasado, al diseñar ciudades e instalaciones los arquitectos e ingenieros tomaban en cuenta peligros relacionados con fenómenos naturales, accidentes, ladrones e intrusos pero nunca contra ataques con aviones de pasajeros, bombas sucias o mini bombas nucleares.
Las nuevas amenazas no están dirigidas contra soldados armados y parapetados ni retan a las defensas antiaéreas estratégicas, sino que ponen en peligro a mercados, hoteles de lujo, aeropuertos, puentes elevados, incluso centrales nucleares. Ninguna de ellas fue construida bajo la perspectiva de tales amenazas. Así ocurre también con los servicios de INTERNET, correo electrónico y convencional, transmisiones de radio y televisión, zonas de estacionamiento, el tránsito vehicular y los aviones de pasajeros.

Frente al 11/S a Bush y a sus colaboradores y estrategas les faltó visión política e imaginación para aquilatar la naturaleza no convencional y los peligros de las nuevas amenazas, respondiendo de modo tradicional a sucesos extraordinarios, cosa que Barack Obama no ha podido enmendar.

Aunque de naturaleza diferente, el caso de Wikileaks plantea una confrontación decisiva en un terreno hasta hace poco inimaginable y donde nadie era más fuerte ni contaba con más recursos y expertos que los Estados Unidos: la propaganda.
Aunque está por ver qué ocurrirá, difícilmente los Estados Unidos, jaqueados por un hombre solo, desarmado y totalmente desconocido puedan librar una batalla jurídica contra Julián Assange que no ha tirado una piedra, ni ha forzado ninguna caja de seguridad. En cualquier caso el hacker australiano podrá contar con millones de partidarios y defensores y estará protegido por un argumento emblemático de los norteamericanos: la libertad de prensa.

Seguramente los expertos en técnicas de seguridad del Pentágono y del Departamento de Estado, avezados en la lucha contra espías e intrusos y preparados para lidiar con traidores e infiltrados, nunca pudieron suponer que alguien pudiera sustraer casi un millón de documentos sin portar siquiera un maletín ni destruir edificios emblemáticos de Nueva York, sin bombas ni aviones militares. Son los tiempos.

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