jueves, 23 de diciembre de 2010

Avanzando por cuenta propia

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

En todas partes la economía se desarrolló de abajo arriba y de lo simple a lo complejo. Antes de que hubiera monopolios, trasnacionales y empresas estatales hubo recolectores, cazadores y artesanos, pequeñas y medianas empresas, labores a domicilio y trabajadores por cuenta propia. Curiosamente, en la era global todas esas formas conviven.

Por razones conocidas, en Cuba las formas privadas de actividad económica fueron abolidas y estigmatizadas al punto de que reintroducirlas presenta dificultades conceptuales que obligan a otro esfuerzo de persuasión. Recientemente el presidente Raúl Castro apeló: “…Lo que corresponde hacer al Partido -enfatizó- es facilitar su gestión (se refiere a los trabajadores por cuenta propia) y no generar estigmas ni prejuicios hacia ellos, ni mucho menos demonizarlos…”

La cautela y otros factores han llevado a un método, según el cual, el Estado ha elaborado una nomenclatura que incluye cerca de 200 actividades que pueden ser ejercidas por cuenta propia, excepto esta limitación, el resto de la legislación al respecto se aproxima a los estándares internacionales y puede incluso ser considerada avanzada porque a diferencia de lo que ocurre en otros países, ofrece al cuentapropista protecciones estatales y prestaciones de seguridad social, incluida la afiliación a sindicatos, seguro por maternidad y derecho a jubilación cosa que en otros países no existe.

No obstante, si alguien llegado de fuera estudia la lista de trabajos que en la isla se autorizan a realizar por cuenta propia (todos de perfil sumamente estrecho) y algunos verdaderas rarezas, creerá que ha arribado a un lugar de escaso performance profesional.

En la relación de trabajos actividades que puede ser ejercidas por cuentapropistas, prácticamente ninguna necesita de estudios superiores ni de formación universitaria, alrededor de la mitad son oficios manuales más o menos tradicionales, la mayoría se realiza con herramientas de mano, muchas en el domicilio de los clientes, unas 20 aunque exigen ciertas habilidades son tareas elementales (mensajero) y las hay que son dignas de la colección de Ripley, como reparador de fosforeras o forrador de botones.

No hay en esa relación funciones que requieran de altas calificaciones, especializaciones sofisticadas ni ocupaciones que aporten alto valor agregado, cosa que no deja de ser contradictorio con el hecho de que, en medio de colosales dificultades, Cuba ha desarrollado un enorme capital humano que, como evidencia esa disposición, no utiliza al máximo de sus posibilidades.

Al respecto contaré una anécdota.

Como muchos de mis compatriotas hasta hace poco conservaba una visión decimonónica del trabajo a domicilio y del trabajo por cuenta propia que estimaba un anacronismo característicos del capitalismo salvaje que sobrevivía en el Tercer Mundo y, desde esa perspectiva me representaba a quienes lo realizan como infelices depauperados, sobre todo niños y mujeres ocupados en tareas elementales, repetitivas, aburridas y extenuantes, en las cuales apenas agregaban valor y por las cuales recibían una remuneración miserable.

Aunque aquel cuadro está vigente en muchos lugares, la visión se matizó cuando llegó a mis manos un libro (adquirido en la Feria de la Habana) en cuyas primeras páginas me percaté de lo pedestre de nuestro debate al respecto. El libro, “La Tierra es Plana de Thomas Friedman, es un elogio a la economía global orientada al fundamentalismo neoliberal que no comparto, aunque contiene reflexiones que vale la pena conocer y tomar en cuenta.

Curiosamente el libro comienza refiriendo los aspectos que pudiéramos llamar más triviales de la globalización económica, entre otros el sub arriendo, el trabajo por cuenta propia y las labores a domicilio, tareas que las altamente tecnificadas y muy ricas transnacionales norteamericanas y japonesas encargan a pequeñas empresas en la India, China y otros países, incluso a individuos que trabajan por cuenta propia o ajena a domicilio en esos lugares, incluso en los propios Estados Unidos.

Por cierto, la iniciativa no partió de los empresarios norteamericanos sino de los indios y los chinos que ofertaron sus capacidades de estándar profesional tan alto como el norteamericano a precios tan bajos como los de la India y China. La oferta basada en las posibilidades que ofrecen la conectividad a Internet y la eficiencia de las tecnologías de la era digital, resultó irresistible, principalmente porque maximizaba los beneficios para unos y otros.

Resulta sorprendente enterarse de que millones de norteamericanos solventes encargan a consultorías profesionales la elaboración de sus declaraciones de impuestos y que estas a su vez, subarriendan a pequeñas y eficaces empresas indias, chinas, australianas o de cualquier otro país que realizan la parte más gruesa del trabajo.

Resultó revelador conocer que en determinadas situaciones, pequeñas clínicas y hospitales de Estados Unidos, para los cuales es inconveniente mantener de guardia a determinados especialistas, por ejemplo radiólogos, indican a los pacientes procederes de diagnostico como radiografías, resonancias magnéticas, ultrasonidos, eco cardiogramas y otros, enviándolos a la India o China donde un especialista debidamente acreditado ofrece un dictamen, en un tiempo no mayor al que tomaría si el galeno estuviera en el mismo edificio, sólo que con costos considerablemente menores.

El hospital, que hubiera tenido que pagar cien dólares la hora del radiólogo ocioso, paga 50 por el dictamen. Si bien es cierto que el médico chino o indio cobra mucho menos que el norteamericano, también lo es que durante sus ocho horas de trabajo realiza hasta cien de estas consultas. Por añadidura, la empresa india o china que factura el servicio no necesita local ni infraestructura, sino que los médicos contratados y debidamente acreditados, realizan esa labor desde sus domicilios o consultorios.

Por aquella lectura me enteré de que hay en Estados Unidos alrededor de 25 millones de personas (casi el 20 por ciento de la mano de obra del país) que por cuenta propia o ajena trabajan en sus domicilios. Muchos norteamericanos no saben (tampoco creo que les interese) que, al comunicarse con una línea área con sede en Atlanta para conocer horarios de vuelos, posibilidades de conexión, escalas o reservar pasajes, puede ser atendido por un ama de casa que reside en Miami y ha sido contratada por una gran compañía para realizar esa labor desde su domicilio.

Con procedimientos análogos, equipamientos mínimos y software apropiados, miles de personas se ocupan de reservar mesas en los restaurantes, habitaciones en los hoteles, turnos en las clínicas y muchas otras tareas que hoy no requieren presencialidad y pueden ser realizadas a distancia. El hombre que preguntó desde Chicago a la aerolínea de Atlanta está complacido si un competente empleado lo atiende y le sirve, lo mismo desde Nueva York que desde Yakarta.

Un afamado arquitecto norteamericano comentó que mientras habla con un cliente, razona con un colega o concibe una idea, lo plasma mediante dibujos a mano alzada y, sin utilizar secretaria ni auxiliares, por medio de un escáner, en tiempo real lo envía a través del océano a un colaborador que trabaja por su cuenta en Malasia, México o Ciudad del Cabo que rápidamente convierte esas ideas en planos y proyectos con todas las formalidades del caso y lo devuelve por la misma vía. Las tarjetas de crédito, la banca electrónica y los pagos por Internet facilitan la gestión.

En general, los gobiernos y empresarios locales están encantados porque algunos de sus profesionales, generalmente talentosos jóvenes recién graduados, encuentran de ese modo empleos bien remunerados, pagan impuestos y entran en contacto con las técnicas de gerencia y mercadeo más avanzadas del mundo. Lo más frecuente es que pasado algún tiempo esos jóvenes montan sus propios negocios.

Aunque todavía esas opciones no están disponibles para Cuba, por la escases de equipos de computación, la carencia de banda ancha y las dificultades con la conectividad, sería deseable que a los obstáculos del bloqueo norteamericano y a los imponderables económicos o técnicos, no se sumaran autolimitaciones ni nuevas regulaciones absurdas que, tal vez dentro de poco serán criticadas como hoy se critican algunas que ayer parecieron artículos de fe.

Todavía hoy en Cuba el Estado, paternal, aunque también quisquilloso e invasivo, regula hasta los más mínimos detalles de las labores que pueden realizarse por cuenta propia y que por ahora no incluyen tareas de perfiles de alta complejidad profesional y que aporten considerable valor agregado, situación que obviamente cambiará.

La naturaleza que no es justa ni perfecta, no dotó a Cuba de grandes recursos naturales, cosa que la Revolución corrigió al crear la inmensa riqueza que constituye su capital humano. La ironía es que no se le utilice cabalmente.

Tal vez algún día los ingenieros, economistas, arquitectos, físicos, médicos y decenas de expertos cubanos competentes en especialidades sofisticadas y que ahora desperdician su tiempo, se aburren o se dedican a manejar taxis o vender alimentos podrán hacer como sus colegas de la India o China, sin dejar de ser socialistas.

- ¡Con mi voto no! me dijo ofendido un camarada con quien compartí estas ideas y que, no se ha percatado que de ese modo se sitúa a la izquierda de Raúl Castro. “Cosas veredes que harán hablar a las piedras”. Allá nos vemos.

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