martes, 7 de diciembre de 2010

Camino al congreso del partido (V)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Hijo de una familia de clase media (medio muerta de hambre) del Camagüey profundo, Esmeralda se llama mi pueblo, conocí allí a los primeros inversionistas extranjeros en Cuba: José “el mallorquín”, dueño del establecimiento de víveres (bodega le llaman acá) con quien a los ocho o nueve años sostuve mi primera negociación internacional.

-José, dice mamá que le mande media libra de colorados, la “contra” de sal y que lo apunte.

-Dile a mamá -replicó José- que no apunte más y dispare y que al fiado no se le da contra.

Por aquella época fui eje del primer conflicto con una potencia extranjera cuando con mi hermano fui a la barbería de Mazuko el japonés (otro inversionista extranjero, como nosotros de clase media). Mi hermano se sentó primero y le dio al asiático el recado fatal:

-Dice mamá que nos pele y luego ella pasa por aquí.

Para presionar por el pago el fígaro asiático le raspó a mi hermano la mitad de la cabeza y a mí otra mitad y, a medio pelar nos despidió con un mensaje: “Díganle a su mamá que cuando me traiga los treinta centavos, los acabo de pelar”.

Ignoro si el ciclón en faldas que entró a la barbería de Mazuko llevaba o no los treinta centavos reclamados, pero recuerdo la escoba que usó para amenazar al hijo del sol naciente: “O los pelas como Dios manda o te rajo la cabeza. ¡So hijoeputa!”

Recorriendo los campos de mi pueblo conocí a otros extranjeros que no eran inversionistas, sino haitianos cortadores de caña, tristes criaturas que moraban en barracones que según contaba mí abuelo, andaluz también de clase media, habían sido de esclavos.

Muchos años después, un amigo me relató como su padre, llegado de España, evolucionó de proletario a negociante cuando se aplicó en Cuba la “Ley del 50 por ciento” que exigía que no menos de la mitad de la plantilla de cada establecimiento o empresa fuera ocupada por nativos. El emigrante, víctima de aquella especie de xenofobia vernácula fue despedido del central azucarero y, en lugar de rendirse y regresar derrotado a su tierra, juntó ahorros y préstamos, montó una panadería y se convirtió en lo que ahora llamaríamos “un pilar de la comunidad”.

Ninguna de aquellas experiencias podrá ocurrir en el Camagüey de hoy ni en ninguna parte de Cuba donde la política hacía los extranjeros y las regulaciones para la inversión extranjera descartan a los pequeños y medianos negociantes y sus pequeños y medianos capitales. Nadie puede ahora en la Isla conocer a un barbero japonés, a un comerciante asturiano, no tendrá un abuelo andaluz ni habrá padres gallegos que funden familias ejemplares y con su ahorros contribuyeron a la prosperidad de Cuba. Aunque dicen aquí que la política de ahora es mejor, tengo dudas. El Congreso está habilitado para decidir.

En los lineamientos relacionados con la inversión extranjera, que me parecen poco realistas y tal vez más apropiados para una gran potencia que para un país pobre, necesitado y subdesarrollado, echo de menos, a alguna mención a pequeños y medianos empresarios extranjeros y a los cubanos emigrados que como los “chinos de ultramar” podrían enviar a sus parientes en lugar de remesas en forma de dadivas, pequeños capitales de inversión, hacerlo legalmente y no por la “izquierda” como ocurre ahora o invertir ellos mismos; traer de paso sus habilidades gerenciales y, a la vez luchar contra el bloqueo. Dicen que no es posible aunque nunca se ha intentado.

Es conocido que, debido a lo escaso de las fuentes de acumulación interna, bloqueada y excluida de los circuitos crediticios tradicionales y de las magras ayudas al desarrollo, prácticamente todas las ramas y actividades de la economía cubana están urgidas de financiamiento externo. También se sabe que obtener éxitos habrá que lidiar con grandes obstáculos, entre ellos: el bloqueo norteamericano, la legislación cubana y falta de atractivo de la economía nacional. Hay que derrotar el bloqueo, cambiar la legislación y generar incentivos. Naturalmente es más fácil decirlo que hacerlo.

El hecho de que antes incluso de que se efectué el Congreso, el gobierno cubano haya comenzado a legislar para permitir el fomento de las pequeñas empresas y cooperativas privadas nacionales, probablemente abra también espacios para considerar la creación de instrumentos jurídicos y la promoción de conceptos que permitan el acceso al mercado nacional de las muy famosas PIMES, es decir pequeñas y medianas empresas también extranjeras.

Conceptualmente no existe ninguna razón para impedir que un ciudadano extranjero debidamente acreditado y respetuoso de las leyes nacionales se establezca en Cuba, emprenda aquí algún negocio y, a la vez que obtiene beneficios contribuya al desarrollo nacional. El llamado del Papa para que: “El mundo se abra a Cuba y Cuba se abra al mundo” no es sólo una consigna política sino un camino de doble vía y un programa económico y social.

En cualquier caso, la actualización del modelo económico propuesto al Congreso es una oportunidad para renovar conceptos, actualizar doctrinas y reconciliarnos con la normalidad que no llegara como una dadiva del imperio sino como resultado de nuestra propia gestión. El presidente Raúl Castro ha llamado a la diversidad de opiniones. Esta es una de ellas. Habrá otras. Allá nos vemos.

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