lunes, 6 de diciembre de 2010

De Praga a Pretoria en pos de los sueños

María Elena Álvarez (AIN, especial para ARGENPRESS.info)
De Praga a Pretoria, pasando por Budapest, Berlín, Bucarest, Varsovia, Moscú, Viena, Helsinki, Sofía, de vuelta a Berlín, La Habana, otra vez Moscú, Pyongyang, de nuevo La Habana, Argel y Caracas, un hermoso himno a la paz, la solidaridad, la justicia y un futuro mejor para todos, han escrito y cantado durante 63 años y 16 festivales, varias generaciones de jóvenes.

A puro andar se ha hecho el camino, con escasas planicies y pródigo en empinadas cuestas, ríos embravecidos, despeñaderos e intrincadas selvas. Porque la historia del movimiento de los festivales mundiales de la juventud y los estudiantes es, también, la historia de la Humanidad en la segunda mitad del siglo XX y en esta caótica arrancada de una nueva centuria y del Tercer Milenio.

Es la historia de muchísimos sueños, esperanzas y afanes y es, sobre todo, la historia de una idea esencial de redención humana preservada, a pesar de cercos, derrumbes y repliegues, de recetas impuestas, conquistas arrebatadas, traiciones y frustraciones.

Quizá con nostalgia algunos miren atrás, incluso para recordar aquellos primeros encuentros en una Europa estremecida aún por los horrores del fascismo y la guerra. Entonces, los pueblos regresaban de las tinieblas a la vida con un enorme deseo de paz, hermandad y progreso. El mundo se prometía un porvenir mejor.

“¡Juventud, únete en la lucha por una paz firme y duradera!” fue el lema del Primer Festival, que en el verano de 1947 y durante la friolera de casi cuatro semanas, reunió en Praga, entonces capital de Checoslovaquia, a unos 20 mil jóvenes de 72 países. Estrenado en la ceremonia inaugural, el Himno de la Juventud Democrática reafirmaba ese justo y caro anhelo.

Era la prioridad número uno, como lo fue en Budapest’49, Berlín’51 y Bucarest’53, las siguientes tres citas, cuyas respectivas consignas lo atestiguan: “¡Juventud, únete! Adelante, por una paz firme, por la democracia, la independencia nacional de los pueblos y por un futuro mejor!”, “¡Juventud, únete frente al peligro de una nueva guerra, en pro de una paz duradera!”', y “¡No! ¡Nuestra generación ya no servirá a la muerte y la destrucción!”

Históricamente, los lemas de los festivales han expresado las urgencias y aspiraciones en cada momento. La paz lo ha sido siempre y por ella y la amistad se encontraron los jóvenes del mundo en Varsovia’55, Moscú’57, Viena’59 y Helsinki’62. Fue esa primera de las dos citas en la otrora capital soviética, la que mayor número de participantes ha reunido, nada menos que 34 mil, y fue también en esa etapa que los festivales demostraron que su éxito no dependía de una sede socialista, sino del poder de movilizar y aunar de los ideales y principios que alientan y defienden.

El auge de los movimientos de liberación nacional, la criminal guerra contra Vietnam, las revueltas estudiantiles en Europa, la lucha en los propios Estados Unidos… Toda la efervescencia de un planeta decidido a zafarse del yugo añadieron definitivamente la palabra solidaridad al lema de los festivales a partir de Sofía’68, y cinco años después llegó también para quedarse, otro término nada grato a los oídos de la reacción: antimperialismo .

Berlín’73 estrenó la consigna “¡Por la solidaridad antimperialista, la paz y la amistad!”, repetida en La Habana’78, Moscú’85, Pyongyang’89 y de nuevo en la capital cubana, en 1997. E igual podría decirse de Argel-2001 y Caracas-2005, pues aunque con otras palabras, el mensaje es el mismo: “¡Globalicemos la lucha por la paz, la solidaridad, el desarrollo y contra el imperialismo!”, y “¡Por la solidaridad y la paz, luchamos contra el imperialismo y la guerra!”

Y claro que el imperio, sus aliados y lacayos, jamás han visto con buenos ojos que la juventud se reúna para intercambiar ideas, reflexionar sobre sus problemas, buscar respuestas, alternativas y soluciones, compartir sueños y concertar acciones.

Han agotado el arsenal de conjuras y ardides tratando de impedir y hacer fracasar cada reunión: campañas difamatorias, prohibiciones y obstáculos para el visado, salida y transportación, contrafestivales, intentos de acordonar fronteras, provocaciones y sabotajes y todo tipo de represalias, pues participar en estos foros le ha valido a no pocos la cárcel, el despido, multas, persecuciones y la negativa o el retiro de ayuda material.

A tanto juego sucio e, incluso, al derrumbe del campo socialista y la desaparición de la Unión Soviética, sobrevivió el movimiento de los festivales. Contra viento y marea, a pesar de los descalabros, traumas, tropiezos y profecías apocalípticas, ha seguido sumando años a su vida y poniéndole vida a sus años.

Y, sin pecar de exagerados ni fatuos, tenemos que decirlo: quien salvó esa vida fue Cuba, la misma que en 1978 había dado a los festivales su primera sede fuera de Europa y en un país del Tercer Mundo, latinoamericano y caribeño, y que 19 años más tarde preservó su continuidad histórica, en medio de la orgía reaccionaria y el frenesí neoliberal, para hacer renacer la esperanza, reorganizar las fuerzas y reanudar la marcha.

El seis de agosto de 1995, en la clausura del “Cuba vive”, el Comandante en Jefe Fidel Castro puso la Isla a las órdenes de la juventud del orbe para organizar, no ya un festival internacional con mil 300 delegados de 66 países, sino uno mundial, con 10 mil o más.

La generosidad de un pueblo hospitalario, que en tiempos duros ofreció hasta sus propios hogares, fue una inyección en vena de vigor y optimismo, cuyos saludables efectos perduran. La cita en La Habana, o mejor, en Cuba entera, porque a todas partes fueron los 12 mil 325 delegados de 132 naciones, también probó con éxito la variante del autofinanciamiento de una reunión, hasta entonces, en mayor o menor medida, con subvención estatal.

Pretoria-2010 hereda toda esta historia con el compromiso de salvaguardar y perseverar. “¡Por un mundo en paz, solidaridad y transformaciones sociales, derrotemos al imperialismo!”, lema del XVII Festival, confirma que es una senda sin desvíos.

Pensándolo bien, no hay motivos para la nostalgia. Los tiempos han cambiado, pero el enemigo es el mismo y cada vez son más los que se niegan a ser sometidos, los que creen que un mundo al derecho, muy distinto a este unipolar y al revés donde vivimos, urge y es posible.

La lucha continúa, ahora en Sudáfrica libre, mañana… ya se verá, pero una y otra vez los jóvenes volverán a juntarse, por encima de credos, ideologías, filiaciones políticas, razas, costumbres e idiomas, para proclamar su derecho a la vida, su decisión de no claudicar, su fe inquebrantable en un futuro de paz, solidaridad, justicia y progreso. Para aunar fuerzas y voluntades y multiplicar la esperanza, siempre habrá un Festival.

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