viernes, 10 de diciembre de 2010

Derechos Humanos

Juan Diego García (especial para ARGENPRESS.info)

El próximo domingo se celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos, una fecha que da pié para hacer algunas consideraciones al respecto y establecer balance de la realidad actual de un objetivo que el género humano ha perseguido desde que en lejana antigüedad desapareció la Edad de Oro y con ello la igualdad, la libertad y la solidaridad que eran los principios básicos vigentes en aquel orden de comunismo primitivo en que se desconocían “las palabras tuyo y mío”.

La declaración de derechos que nace al calor de la Revolución Francesa es sin duda el referente más inmediato de esta lucha, pero a ella pertenecen con igual mérito incontables eventos en todos los rincones del planeta de pueblos alzados en rebelión por conquistar una vida digna, ya fuese contra un tirano, contra un invasor, contra el dominio insoportable del patriarca o contra el peso alienante de una religión.

Con todo y lo discutible que resulte el concepto de naturaleza humana, tal parece que a ella pertenece no soportar cadena alguna, levantarse contra la injusticia y proponerse llenar el ideal de contenido. Para algunos estos derechos se reducen a puras formalidades del ámbito político mientras una visión más realista solo entendería los derechos humanos como un complejo de realizaciones y oportunidades en todos los órdenes de la vida social, agregando entonces a la esfera política que asegura una plena participación, los recursos económicos sin los cuales no es posible mantener una vida digna, el disfrute de una relaciones sociales satisfactorias y solidarias y el goce pleno de una cultura que de una dimensión creativa y plena a la existencia. No se trata entonces tan solo de poder elegir a los gobernantes sino de realizar un trabajo creativo y enriquecedor y llevar una vida cotidiana que enriquece a la persona en la medida en que se enriquece el colectivo.

Si este es el objetivo de los derechos humanos es evidente que para la inmensa mayoría de los habitantes de la tierra hoy en día hay poco o nada que celebrar, y más que una ocasión grata esta jornada recuerda más bien la necesidad de denunciar injusticias y sobre todo de luchar contra los obstáculos que se interponen en la ruta hacia un mundo de paz, solidaridad y progreso.

En efecto, poco tienen para celebrar las minorías étnicas y sociales por cuanto hace al cumplimiento de los derechos humanos. El sistema, como todo orden de jerarquías (y el capitalismo lo es en grado sumo) funciona como una máquina infernal en donde el de arriba pisa a quien tiene debajo y da a éste el único consuelo de aprovecharse a su vez de quien resulte más débil. Es así en la civilizada Europa con los gitanos, tal como lo fué ayer con los judíos. Discriminados por siglos, condenados a la pobreza y la marginación en todos los órdenes los gitanos se convierten en unos chivos expiatorios muy útiles para desahogar la rabia de las multitudes cuando la crisis golpea y el horizonte se cubre de nubarrones. A los gitanos acompaña en desventuras el colectivo de los inmigrantes del mundo pobre, discriminados por ser negros, asiáticos, latinoamericanos y sobre todo árabes, quienes en su conjunto reemplazan hoy a los judíos de antaño como objeto del racismo y la xenofobia. Por supuesto, solo si son pobres, que como ya se sabe, el dinero eleva toda condición y abre hasta las puertas del cielo.

No es mejor la suerte de los llamados pueblos originarios que son siempre gentes de color y se ubican mayoritariamente en el sur pobre del planeta aunque también quedan sobrevivientes en el norte de América, en Europa y en Asia. A diario se denuncian las violentas agresiones contra indígenas en México, Brasil, Perú, Chile, Colombia, Guatemala, Argentina y otros países. Allí grandes corporaciones les expulsan de sus tierras ancestrales para dedicarlas a cultivos extensivos de exportación, a la extracción de madera, a la explotación minera o de petróleo y gas natural. Como siempre, se procede en nombre del progreso y la civilización y se cometen toda clase de tropelías que ponen en peligro de extinción a estos pueblos ya sometidos a la acción destructora de los misioneros cristianos, las fuerzas armadas, la policía, los funcionarios públicos, los terratenientes y hasta los colonos, mestizos pobres desarraigados y expulsados de sus tierras hacia las selvas y quienes no tienen otro camino que competir por un trozo de terreno con los nativos, aún más pobres y miserables que ellos.

La voracidad del capital no tiene límites y su única motivación se reduce a la ganancia, tan grande como sea posible y al menor coste que se pueda conseguir. Así ocurre en India en donde grandes compañías arremeten contra etnias minoritarias que con el apoyo del gobierno hacen aquí lo mismo que en Latinoamérica: desalojan, persiguen la protesta, roban las tierras, destruyen el medio ambiente y provocan expulsiones masivas hacia los centros urbanos que ven crecer sin medida sus áreas de marginación y pobreza. En China sucede otro tanto, esta vez contra los campesinos en general que ven cómo las tierras comunales de la aldea son vendidas a las empresas por funcionarios corruptos, dando lugar a protestas y levantamientos que la policía reprime con inusual violencia. Los campesinos hindúes tampoco soportan estas agresiones y actualmente se desarrolla allí una fuerte lucha insurreccional que encabeza un movimiento maoista que hasta hoy las autoridades se muestran incapaces de sofocar.

Pero probablemente el escenario más desolador de los derechos humanos se presenta en Africa, salpicada de inumerables conflictos que dificultan en extremo la realización de una verdadera descolonización y el nacimiento de estados nacionales modernos. De nuevo, la principal responsabilidad recae en las grandes corporaciones multinacionales que arman y financian las guerras con la intención de conseguir vía libre para el saqueo de todo tipo de recursos estratégicos indispensables para mantener el consumo canceroso del mundo rico. El caso más reciente acaba de suceder en el Sahara Occidental con la agresión de una satrapía de opereta -la de Marruecos- que se envalentona y procede con total impunidad contra el pueblo saharaui porque sabe del apoyo que recibe de Europa y los Estados Unidos, beneficiados económica y estratégicamente de su relación criminal con el tiranuelo corrupto que gobierna desde Rabat.

Tampoco tendrán mucho que celebrar los pueblos del mundo islámico, en particular los palestinos, encerrados en un inmenso campo de concentración por Israel, con el apoyo y la complicidad de los gobiernos de Occidente. El “modelo Palestina” bien elaborado como estrategia por el sionismo que lo vende a través de sus mercenarios ya es una patente mundial que se utiliza en Sri Lanka o Colombia, con mayor o menor éxito pero siempre acompañada de la sistemática violación de los derechos humanos, empezando por el más elemental de todos, el derecho a la vida. Una vergüenza para el pueblo judío convertido por el sionismo de agredido en agresor, de víctima en victimario. Una nueva deuda de Occidente con los pueblos del islam. ¿Qué podrá significar esta fecha para las gentes en Irak, Pakistán o Afganistán? Poco o nada, seguramente, viéndose sometidos a unas guerras de destrucción masiva que los llevan a la edad de piedra, de nuevo en nombre de la democracia, el progreso y la civilización.

Pero no es color de rosa el panorama en el mundo rico. La profunda crisis del capitalismo (que es mucho más que una de las crisis económicas cíclicas del sistema) supone para la mayoría de los estadounidenses un deterioro económico agudo del cual nadie garantiza una pronta salida; supone igualmente un recorte de sus derechos civiles como nunca antes se había experimentado y sobre todo soportar una atmósfera de incertidumbre y falta de futuro, acompañada de la sensación de impotencia y derrota que deja estar inmersos en unas guerras imposibles de ganar. Por su parte, la gente en Europa contempla con profunda preocupación el desmantelamiento acelerado del estado de bienestar que tantos sacrificios ha costado. Los gobernantes, sea cual sea su orientación política “americanizan” las relaciones laborales con el inevitable resultado del deterioro de la seguridad personal y colectiva, el creciente desencanto ciudadano con la nueva realidad y la indignación porque la toma de decisiones no nace en los parlamentos y en los gobernantes sino en los dictados de los especuladores y banqueros, llamados ahora “los mercados”. Al mismo tiempo se percibe con preocupación el compromiso cada vez mayor de sus países con las aventuras bélicas de los Estados Unidos, todo lo cual, como no podía ser de otra forma se traduce en las encendidas protestas populares que recorren el Viejo Continente sin que nadie se atreva a pronosticar qué sucederá mañana.

La fecha servirá, eso sí, para los discursos demagógicos de siempre y las celebraciones estériles de instituciones como la ONU. Pero será al mismo tiempo una buena oportunidad para confirmar que cualquier derecho solo se logra mediante la lucha y solo se conserva mediante el combate social permanente.

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