martes, 14 de diciembre de 2010

La sociedad indefensa

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

La porción hegemónica de la sociedad occidental -y especialmente la española y la estadounidense- está podrida. Y la otra parte -el pueblo propiamente dicho- está indefensa. La hegemónica es la del mercado, la de la banca, la neoliberal y todos cuantos tienen que ver con el manejo a su antojo del capitalismo financiero.

Por otro lado, esa sociedad es una fábrica de mitos que crea y destruye sin solución de continuidad, y una fábrica de humos para dificultar que se vea la crudeza con la que sucede todo. Pues todo descansa sobre las ascuas de multitud de reglas, leyes y pautas que apenas se respetan. Se cumplen sólo por vía coercitiva, es decir, a la fuerza, es decir, por el minimum del mínimo moral que son las leyes penales.

Se dice que hay en esta sociedad libertad y se acusa a otros modelos de no tenerla. Precisamente se acusa a los 20 países que devolvieron la invitación a la ceremonia de entrega al chino Liu Xiabo del Nobel de la Paz. Pero en realidad en ella sólo es el mercado lo que en teoría, y sólo en teoría, es libre. Y es sólo en teoría, porque el control de los mercados está en manos de la banca y las grandes compañías que ostentan más poder que el gobierno. Cada mercado o es un monopolio declarado o es un monopolio camuflado. Todo está dirigido por un enjambre de oligopolios que forman un monopolio mundial de todo cuanto uno pueda imaginar. La red societaria de redes societarias es inconsútil y paralela en intangibilidad a la red de redes de la Internet. Nada sucede en la economía capitalista ni en las finanzas por azar o porque una mejor preparación profesional, una mejor información, una calidad superior o una mayor inteligencia merecen imponerse, como el sistema quiere hacernos creer. Todo se resuelve por politiquería…

¿Y cuál es el caldo de cultivo? Pues la hipocresía elevada al cubo. La hipocresía consiste en fingir la banca, las grandes compañías, los políticos, el periodismo, la judicatura, las profesiones liberales, etc que desean un “orden”: un orden legal, un orden institucional, un orden moral. Sí, quieren un orden para que a él se ajusten los demás. Pero no es para ellos… Los verdaderos y mayores beneficios los obtienen por la burla de las leyes. Simulan los parlamentos, los gobiernos y la judicatura: los tres poderes del Estado, que la ley es igual para todos y trata de impedir privilegios y abusos. Pero es para facilitar la trampa a personajes infectos de la política, del periodismo, de las profesiones liberales, de la judicatura o del deporte; que sobresalen y determinan la vida pública. Y la sociedad, el resto de la sociedad quiero decir, lo consiente. Lo consiente pero no tiene culpa ni responsabilidad. Está maniatada. Si acaso su culpa estriba en su indolencia, pues la porción de la sociedad capitalista pasiva es, en su conjunto, una especie de menor de edad que se limita a confiar en sus mayores: parlamentos, gobiernos, mercados, judicatura, Iglesia… que la engañan. Pero ella no reacciona; es una “menor” abúlica e indefensa.

Sólo unos ejemplos cercanos. Ahí tenemos a Berlusconi, un depravado al que el pueblo sostiene en el poder durante muchos años y no hace nada para impedir que haga odiosa e indeseable la democracia. Ahí tenemos deportistas españoles ganando trofeos a costa de otros competidores, obteniendo ventaja del dopaje. Ahí tenemos a un alcalde llevando el endeudamiento del ayuntamiento de Madrid al paroxismo, por una soberbia rayana en la locura. Ahí tenemos a controladores de vuelo poniendo patas arriba a todo el país, para no perder sus privilegios en medio de una plaga de millones de parados...

No hay sociedad más injusta, más estafadora, más procaz, más depredadora y más envilecida que la capitalista. Por eso los que medran en ella son los que más odian a los países con dirigentes socialistas que pugnan tenazmente por que prime lo público sobre lo privado; que intentan controlar esa bellaquería y esa depredación que practican los forajidos sociales mediante la privatización y el individualismo atroz.

Los dueños de la sociedad capitalista son los que quieren la falsa libertad de mercado. Y desde hace un tiempo vienen dispuestos a privatizar en su provecho el mismísimo globo terráqueo. Pero es que nosotros, sus siervos, por lo que se ve, no estamos tampoco muy dispuestos a renunciar a las libertades públicas de ficción y a las migajas. Hemos acabado por ser indiferentes ante la humillación, si es que no la hemos cogido el gusto. En suma, esta sociedad prefiere enterrarse imaginando que goza de verdadera libertad, antes que abrazar un modelo de socialismo real que separe con bisturí lo público de lo estrictamente personal. Esta sociedad está enferma e indefensa.

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