lunes, 6 de diciembre de 2010

Un buen disfraz de Obama

Gloria Analco (REVISTA LIBERTAS)

Barack Obama llegó a Europa, en su primer viaje en calidad de presidente de Estados Unidos -apenas dos meses y medio después de ocupar el cargo-, con una aparente apuesta por el multilateralismo. En realidad su intención era contraria a ese propósito. Los líderes europeos no fueron capaces de percibirlo.

Europa, subyugada por el mensaje de Obama que había prometido dar un giro a la política exterior de su país, decidió de buena gana volver a convertir a Estados Unidos en su principal socio en la escena internacional, dejando atrás los días de George W. Bush que los había dividido por la guerra de Irak.

Los líderes europeos sentían gran orgullo de poder codearse con Barack Obama, sin tener la menor idea sobre los planes que echaría a andar su gobierno.

Lo cierto es que los europeos creyeron que podrían endosarle a Estados Unidos algunas de las dificultades que padecían sus economías, producto de la crisis desatada con Bush, y no imaginaron que sería al revés, que Estados Unidos endosaría a Europa sus problemas económicos.

Los europeos terminarían por aceptar sus imposiciones, más por una cuestión de compromiso ideológico que por conveniencia. A Zapatero no le quedó otro remedio que sumarse para no quedar aislado.

Así rendía sus frutos la fabricación de una figura como la de Obama: carismático, seductor, inteligente, excelente orador, y, para rematar, con el pleno respaldo de la sociedad norteamericana en aquellos momentos. Era el líder que todos ansiaban tratar.

Recibir una llamada telefónica de Obama equivalía a ser tomado en cuenta por la propia divinidad, a quedar contagiado de alguna manera de su aparente poder, y a formar parte del exclusivo séquito. No ser llamado por Obama significaba el efecto contrario.

Pero mientras esa distracción tenía lugar, en Washington la flamante jefa de asesores de la Casa Blanca en asuntos económicos, Christina Rohmer (quien renunció a esa responsabilidad en agosto pasado), y su equipo de trabajo fraguaban una brillante estrategia para que Estados Unidos lograra intervenir las economías europeas, por medio del FMI y de la propia Unión Europea, a fin de conseguir una importante transferencia de capitales europeos hacia la Unión Americana, con costo a los trabajadores que perciben salarios en Europa y dando al traste con el Sistema de Bienestar de la eurozona.

¿Cómo pudo orquestarse esta operación bajo la complacencia de los gobiernos europeos para salvar la economía estadounidense y destruir la suya propia?

Desmantelar el sistema de bienestar europeo no es poca cosa. Significa borrar de golpe la historia contemporánea de esos países y sus luchas por un mundo mejor.

Se necesita la conjugación de varios factores para conseguirlo, pero uno solo ha sido suficiente: que los bancos se propusieran no aceptar pérdidas por desequilibrios gubernamentales generados por la propia usura de la banca y el rescate a los bancos en aprietos que arriesgaron y no quisieron asumir pérdidas.

En cambio, el “rescate” a los países con problemas financieros para cubrir su deuda impagable fue el camino idóneo para disponer, desde Washington, de las políticas neoliberales y otorgarles empréstitos a altas tasas de interés. Encima, bajo la condición de realizar fuertes recortes al gasto social y reducir los salarios a los trabajadores, entre otras cosas. Con gobiernos reaccionarios eso pudo ser posible.

Buena parte de ese dinero que no llegará a los trabajadores ni al gasto social es del que, a fin de cuentas, podrán echar mano los estadounidenses, y de las transferencias de los grandes capitales europeos hacia Estados Unidos donde sí encontrarán estímulos fiscales, y que huirán de la recesión a la que han sido obligados por la contracción del consumo.

El descenso del gasto público, que mansamente aceptaron los líderes europeos implicando que son más importantes los intereses de los banqueros que los de sus pueblos, profundiza la recesión y retrasa la recuperación económica de esos países, incluida Alemania, lo que unido al descenso de los salarios promueve la caída de la demanda interna y, por ende, de las exportaciones.

Para enfrentar la crisis financiera, los países más afectados, accedieron a programas de austeridad, algunos sin comprometerse a ser “rescatados” –Zapatero no tuvo que excederse en la contracción del gasto, al anticiparse con medidas más leves- pero la verdadera solución bien pudo haber sido otra y Estados Unidos no salirse con la suya.

El famoso economista Mark Wisbrot está convencido que empréstitos a Irlanda, por ejemplo, a tasas muy bajas de interés, promovería que ese país no tendría que preocuparse por los picos de sus costos de financiación, como los que provocaron su actual crisis. “Las autoridades europeas podrían descartar sus condiciones cíclicas y, en cambio, permitir que Irlanda emprenda una serie de actuaciones de estímulo fiscal temporal para conseguir que su economía crezca de nuevo. Esta es la alternativa más viable y práctica ante la continuada recesión”.

Lo mismo hubiera funcionado en el caso de Grecia, pero no se trataba de resolverle los problemas a esas economías por parte de Estados Unidos, sino por el contrario, de aumentarlos en beneficio de la suya.

Con el encanto de Obama, los europeos cayeron en la trampa y ahora empiezan a repetir la historia reciente de América Latina con el llamado “Consenso de Washington”, y aquella frase de Evo Morales, de que “estamos mejor sin Estados Unidos y sin el FMI”, podrá ahora ser muy bien comprendida por los europeos.

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