lunes, 6 de diciembre de 2010

¿Un pueblo frívolo y tarado?

Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

La invasión de un pedazo de territorio costarricense por un grupo de soldados nicaragüenses ha suscitado en Costa Rica reacciones muy diversas. A grandes rasgos estas oscilan entre las posiciones belicistas, y más bien histéricas, de sectores que llaman a la reconstitución del ejército, hasta los pronunciamientos de la autodenominada izquierda revolucionaria (así la designaré en adelante respetando que ese es el apelativo que ella misma elige), la cual, en alguna de sus vertientes (no hay unanimidad al respecto), se ha decantado abiertamente a favor de Ortega y miran al gobierno de Costa Rica como un instrumento manipulado por el imperialismo yanqui en su estrategia de agresión contra el “proyecto socialista” en Nicaragua.

Pero estas son tan solo dos polaridades –la de patrioterismo, de un lado, frente a la del, llamémoslo ortegoterismo, del otro- a cuyo alrededor pulula una variada gama de expresiones y tomas de posición. La paleta es multicolor e incluye enfoques que se esfuerzan por captar las complejidades del problema: reconocen el multifacético entramado en que se gesta el acto de agresión y el conflicto subsiguiente y enfatizan que, en el contexto planteado, lo más sano es promover salidas pacíficas por vías diplomáticas buscando, por sobre todo, preservar el respeto y la solidaridad entre ambos pueblos. No hay problema: admito que me matriculo con esta última propuesta.

Otros sectores dentro de izquierda revolucionaria, en vez de ponerse del lado del gobierno orteguista, aplican lo que se me ocurre llamar la “tesis del canasto”, según la cual todo es lo mismo –en particular los gobiernos de Ortega y Chinchilla son “la misma cosa”- de forma que todo cabe en el mismo canasto. Desde ese punto de vista, el diferendo simplemente es producto de oscuros intereses en pugna. La corrupción de signo clasista unifica a ambos gobiernos y explica el enfrentamiento. Esta no es una posición ni patriotera ni ortegotera. Y como afirma que para la gente pobre y trabajadora no existe la patria, se me ocurre reconocerla como la tesis apatriotera. Tiene de común con las otras dos su gusto por el simplismo maniqueísta.

Un frente distinto lo plantean sectores intelectuales críticos, los cuales optan por una lectura radicalmente escéptica. Lo que miran es un enorme engaño urdido a propósito de este problema, el cual es aprovechado por el gobierno de Chinchilla y las oligarquías criollas con el fin de embaucar al pueblo costarricense. De paso, se emiten juicios sumamente duros respecto de la inteligencia y sensibilidad de ese pueblo. Se le mira como un conglomerado humano tarado, superficial y frívolo. Es fácilmente manipulable, gusta desayunar ruedas de carreta y fácilmente se endulza con cualquier espectáculo barato y de mal gusto. Es decir, se le considera un pueblo cobarde, entregado, sin lucha ni dignidad, a los desmanes de sus agresores.

Acontece que en este particular, un diagnóstico similar es emitido por las voces histéricas del belicismo criollo así como por nuestra ya conocida izquierda revolucionaria. Aquellos se quejan de la permanente somnolencia de este pueblo de borregos, y furibundos reclaman que no se manifieste con indignación frente a la invasión nica y exijan del gobierno de Chinchilla acciones mucho más contundentes (cuya naturaleza no es difícil de imaginar). No es de extrañar que para referirse a este pueblo tan enclenque se recurra reiteradamente a metáforas que sugieren afeminamiento y homosexualidad. Conocido es el estrecho ligamen entre belicismo y machismo, de donde resulta una visión de mundo misógina y homofóbica. Por su parte, la izquierda revolucionaria se preocupa por dejar en claro que su voz es la voz del pueblo, lo cual no les impide expresar un profundo desprecio por la inteligencia y sensibilidad de ese pueblo, del cual se dice que, bajo el influjo de la propaganda barata que le receta la burguesía, vive en estado de permanente embriaguez.

Es como al modo de una competencia a ver quién menosprecia más, y con más elocuentes expresiones de asco, al pueblo tico. O, dicho de otra forma, parece una competencia de elitismos: el elitismo histérico-belicista; el elitismo izquierdista revolucionario; el elitismo intelectual. Entre otros, ya que las opciones no se agotan en ese breve listado. Todo redunda en una sola conclusión que hermana posiciones aparentemente tan disímiles. En todos los casos, la canalla no es visto sino como eso: vulgar canalla.

Los ascos y repugnancias que se expresan en relación con el pueblo costarricense no son, sin embargo, los únicos rasgos en común que acercan y conjuntan estas posiciones, en desmedro de la radical enemistad que parece separarlas. Acontece, además, que unos y otros coinciden en ver el asunto como un problema de una sola cara, de una única faceta, si bien la cara que miran o la faceta que observan no son idénticas. Para el patrioterismo belicista todo se reduce a una invasión de tropas nicaragüenses frente a la cual ni el gobierno de Chichilla ni el pueblo costarricense reaccionan con la “virilidad” (los cojones dice cierto abogado) que el caso amerita. Para la izquierda revolucionaria es o un montaje del imperialismo yanqui o una rebatiña entre dos oligarquías igualmente corruptas. Para esos sectores de intelectualidad crítica a que he hecho referencia este es un enorme espectáculo circense.

O sea: se mira un único rostro, aun cuando los rasgos que se atribuyen a ese rostro sean disímiles en cada caso. Reducir el problema a una única faceta implica que el simplismo maniqueísta deviene gusto compartido.

Tengo para mí que este pueblo es mucho más inteligente de lo que se quiere creer. O, como mínimo, no es nada tonto. Comete errores e incluso ha sido reincidente en errores de mucho calado (el principal de ellos tiene nombre y apellidos: Oscar Arias Sánchez). Y, sin embargo, y no obstante el patrioterismo que algunos sectores promueven y la totalmente inconveniente situación desatada por el gobierno de Ortega, se sigue conviviendo sin grandes traumas con la numerosa migración nicaragüense –más del 10% del total de la población- que reside y trabaja en Costa Rica. Y con calma, y hasta con buen humor, se ha tomado el asunto. Molesta, y con toda razón, la presencia militar nicaragüense en territorio fronterizo tico así como la devastación ambiental que esos milicos están provocando, pero se espera con paciencia y se confía en una salida diplomática. Y aunque lamentablemente no faltan los chistes xenofóbicos (por ejemplo, el del “mar de la paz”), no es infrecuente que se recurra también a un humor ingenioso e irónico (por ejemplo, el del “parque de la Merced a la par del San Juan”).

Entiendo que esto amargue profundamente el ánimo del belicismo criollo, cuyas vísceras andan hechas chocolate. No me extraña que no sea comprendido por la autodenominada izquierda revolucionaria, siempre preocupada por mantener bien amurallado su gueto. Lamento, sin embargo, que sectores que respeto mucho por su lucidez y criticidad, no lo tomen en cuenta de forma apropiada.

Tristemente, el simplificar lo que en realidad es una situación compleja comporta un riego preocupante: la paz podría ser la gran perdedora.

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