La ex presa política y militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores Gloria Di Rienzo reconoció a Mirta Antón, Ricardo Rocha, Calixto Flores y Carlos Yanicelli como sus torturadores. A su vez, Soledad García, militante sindical, reclamó a los imputados que digan dónde están los niños y entreguen los cuerpos de los desaparecidos.
En la continuidad de la etapa testimonial del juicio por crímenes de lesa humanidad que se sustancia en el Tribunal Federal Oral Nº 1 desde el 2 de julio pasado, las militantes sociales Soledad García y Gloria Di Rienzo dieron cuenta de las experiencias personales y colectivas vividas durante el periodo en que fueron presas políticas, antes y después del Golpe de Estado de 1976.
En horas de la mañana, declaró García, doctorada en literatura española, ex presa política de la Unidad Penitenciaria 1 (UP1) y luego trasladada a la cárcel de Devoto. Actualmente, es dirigente de la Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba y de la Central de Trabajadores Argentinos de Córdoba. Fue detenida el 9 de marzo de 1976 y puesta sin causa judicial a disposición del PEN. La sobreviviente narró su cautiverio y posterior salida del país rumbo al exilio. Además dio cuenta de su paso por la D2 y la UP1, y recordó los hechos que allí ocurrieron y son motivo de investigación.
Sobre el final de su testimonio, hizo una sentida reflexión y trajo a colación la tristemente célebre frase de Videla, quien la miraba atenta e inexpresivamente: "Lo más triste que podría aceptar era que en un país como el nuestro podría existir un proyecto para destruir a los demás. No puedo aceptar que estos señores estén ahí sentados y no sean capaces de decir dónde están los niños que robaron, dónde están los compañeros que secuestraron. Esas son las secuelas que tengo. Las secuelas psíquicas, el dolor de verlos y se dicen cristianos. Yo respeto a los cristianos y cómo si creen en algo no van a decir qué hicieron, dónde están. Hasta que no tengamos los cadáveres, los restos de los nuestros, va a haber secuelas permanentes en nuestra sociedad.
Este señor (Jorge Rafael Videla) dijo que los desaparecidos son una entelequia. Porque lo dijo el señor presidente, ahora acusado. Bueno, no son una entelequia, tenían vida, tenían proyectos, tenían una historia y se las quitaron.
No me quería ir de mi país, es más, mis compañeros de lucha en el sindicato mandaron a decirme que debía irme, que no me podía seguir pudriendo en la cárcel. Tenía cuatro visas y me fui a España. Tenía que recuperar mi vida y me puse a estudiar un doctorado en Filología española.
Tiene más sentido decir que soy una sobreviviente y tengo la palabra para aportar mi testimonio por los que no están. Que digan a esas abuelas que todavía están vivas, dónde están sus nietos. No les puedo pedir humanidad, coraje civil ni ciudadano, pero por lo menos mostrar un resto de humanidad.
Que si algo de honor les queda, deberían decir dónde están los datos que sacaron del país, dónde están los niños y que nos entreguen los cuerpos de nuestros desaparecidos".
Testimonia Gloria Di Rienzo
“A los 20 años fui detenida en Córdoba en la calle Unión al 900 el 13 de septiembre de 1975. Era un sábado (…)”. Así comienza su testimonio Gloria Di Rienzo, ex presa política y militante del PRT. La sobreviviente hizo un relato preciso sobre los hechos que se están investigando en el Juicio Videla.
Reconoció a los militares (Gustavo Adolfo) Alsina como el “remolino” y a (Enrique Pedro) Monez Ruiz como el “avispón verde”. Igualmente al Cabo Pérez, a los miembros del D2 citados y a Carlos Pérez. A la única mujer imputada -la Cuca Antón- la reconoce como la persona que le tiraba agua caliente en las piernas y le retorcía los pezones. “Era una mujer joven, de 25 años, yo tenía 20”, precisa.
Aquella mañana policías de civil, armados, al comando del comisario Romano, ingresaron a la casa y tras revolver todo la secuestran junto a Luisa López y a Liliana Salvador con su hijito de año y medio, y las conducen al Departamento de informaciones número dos (D2).
La familia ignoraba su paradero. En un acto por Atilio López se produce una detención masiva y reconoce a una persona que al salir en libertad le avisa a su familia.
En el D2 “Me vejaron, violaron, pegaron, aplicaron mojarrita y me llevan a una habitación, me ofrecen un cigarrillo y empiezan a interrogarme. Me preguntan nombres y a qué organización pertenecía; como me negué, dicen sacále el cigarrillo y vestida comienzan a golpearme”, le cuenta al Tribunal. Más adelante analizó que los fusilamientos de la UP1 estaban relacionados con este primer paso por el D2.
De ahí fue trasladada al Policlínico Policial y gracias a un primo hermano de su madre que era secretario de Zamboni Ledesma se blanquea su detención. Estaba acusada de asociación ilícita e infracción a la ley 20840 (actividades subversivas).
Una vez recuperada de las lesiones fue trasladada a la Unidad Penitenciaria número uno (UP1). Estaba alojada en el pabellón 14 cuando un grupo grande de militares “nos sacan a las mujeres del patio y somos obligadas a desnudarnos completamente y nos hacen un simulacro de fusilamiento.
A partir de ese momento quedamos aisladas, no solo por estar incomunicadas sino afectiva y legalmente porque tampoco podían venir los abogados”, expresó. A partir de ahí los malos tratos y los ejercicios vivos fueron moneda corriente. Ratifica los dichos de los anteriores testigos en cuanto a los cambios que se produjeron en el régimen carcelario después del Golpe.
Di Rienzo recordó que en abril de 1976 trasladaron a Diana Fidelman de la celda uno al D2 y que al regresar le comentó que había sido torturada y que habían matado a Chiaravini -novio de María Ester Barberis- diciendo que se había “intentado fugar”. Y que sobre una mesa había visto un listado de personas a las que iban a matar donde figuraba Marta Rossetti de Arquiola.
Después se enteró que Fidelman, Yung, Eduardo Hernández, José Svaguzza y otros, a los que después recordó eran Verón y Mozé habían sido muertos en “un intento de fuga”. A los pocos días Sgandurra y Pucheta también habían sido asesinados. Su esposo -Atilio Basso, fallecido- le había comentado cómo se ensañaron con Sgandurra al que cortan con una bayoneta y después lo sacan para matarlo.
En junio, vio a través de un espejito cómo sacaban a Mirta Abdón de Maggi a quien matan junto a Barrera, Zorrilla, y a María Ester de Barberis. Es mencionada en el relato una funeraria cuyo propietario sería un tal Roco Allende. María Elba Martínez reiteró un pedido de investigación que data desde los años 80 en relación a dos cocherías que habrían actuado clandestinamente y estarían vinculadas al Tercer Cuerpo de Ejército y cuya razón social era Roco Allende y Americana.
Sobre Mirta Abdón de Maggi (hecho VI) manifestó que escuchó el ruido de rejas y vio a través de un espejito que “un grupo de tres o cuatro personas” la sacaban a los empujones y Zulema era la celadora y se acordó de que tuvo a su hija a la que bautizó Dafne. También declaró que había “varios bebés” hasta que llegó la orden de sacarlos y entregarlos a los familiares. Conmovida rememora cuando la interna Donalisio de Ponce llora desesperada y se aferra a su hijo. Monez Ruiz había venido a retirarlo pero es la celadora Zulema la que logra el objetivo.
Narró también lo que le pasó a José Ángel Pucheta –otra de las víctimas- cuya familia ya había sufrido dos pérdidas. Supo por un familiar que el día en que lo matan “pasaba un auto por la casa diciéndoles: lo matamos a José, burlándose” y acota que cuando vino la Cruz Roja Internacional toda la familia fue llevada a La Perla “para evitar la denuncia”.
En otra parte de la amplia declaración aseveró que Marta Rossetti de Arquiola fue llevada a las oficinas de adelante de la penitenciaría junto a Cristian Funes pero que no son sacados de la cárcel por desperfectos de un camión militar pero al otro día un suboficial o sargento, gordo, la lleva a eso de las 11 de la mañana. (Hecho VII)
Acá fue mencionado el imputado González Navarro quien retira a Funes. Este dato lo recoge en 2006 cuando una docente investiga sobre fechas patrias y el militar se llegó a la Escuela de Historia a preguntar “que clase de investigaciones estaban haciendo los docentes”.
Las señas
También contó cómo tuvo que confirmarle a una compañera el mensaje de señas de un preso común, que desde un pabellón vecino le comunicaba que habían ejecutado a su marido en el patio de la prisión:
"El 5 de julio lo matan en una requisa en el patio de la cárcel a Raúl Augusto Bauducco. Era el esposo de una compañera alojada con nosotros, Dora Caffieri. Ese día viene Dorita muy alterada, me pide que la acompañe porque desde la ventana de la celda podía ver un preso común en el otro pabellón que le estaba diciendo algo: "Me parece que dice algo de mi compañero". La acompaño y efectivamente el preso común le decía que habían matado a Bauducco en el patio de la cárcel. Lógicamente, el preso común era imposible que supiera que le estaba dando la noticia a su propia esposa, pero así fue. El dice: "Mataron a un preso, mataron a Bauducco". Ella recibe la noticia y me llama. Entonces, ahí yo verifico que efectivamente el nombre que estaban diciendo era el de su esposo”.
Posteriormente, el fiscal Carlos Gonella le pidió si podía dar algún ejemplo de lenguaje de ademanes y Di Rienzo ejecutó con sus manos la totalidad del abecedario, generando murmullos de admiración en la sala.
El Avispón Verde
Más delante agregó que pudo ver junto a otras compañeras que se encontraban en el patio que el teniente Alsina días después la estaqueó, desnuda, a María del Rosario "Charo" Miguel Muñoz en castigo porque no podía hacer los ejercicios vivos que le ordenaba. Y no solo eso, le ordenó a otra interna que le tire agua mientras la obligaba a decir “Viva el ejército argentino, muera el ERP”.
El 14 de julio al igual que otras fechas no se borró de su mente. "Era un día friísimo, el más frío del año, estábamos envueltas con las colchas, él estaba desnudo y le tiraban agua, tengo entendido que también lo quemaron con cigarrillos. El teniente Alsina quería que él grite Viva el Ejército, muera Cuba, muera el ERP. Y él no lo hizo, entonces lo dejó ahí, lo siguió dejando. Y el Turco no lo hizo, no gritó pese a que nosotros sabíamos que en el mismo momento en que quedamos a disposición de los militares nuestras vidas pendían de un hilo y teníamos que buscar sobrevivir y teníamos que tratar de hacer lo que nos dijeran, pero él no lo hizo porque estábamos nosotras. Era como… Cómo iba él a gritar esas cosas, como iba a decir cosas que podían ser desmoralizantes para nosotras allí. Así es que él no grita, no hace lo que le piden y pasa horas y horas y se hace la noche y ya sólo escuchábamos quejidos nada más de él hasta que lo llevan. Sabemos que lo llevan vivo, porque sentimos sus quejidos y después supimos que no recibió ninguna atención médica y que murió. Y así muere él, y así lo matan. Qué triste que es la victoria para un verdugo cuando la víctima no se rinde. A nosotros en medio del terror nos fortaleció ese ejemplo, esa entereza, ese saber cómo actuar".
Narró además los demás hechos en los que son asesinados Vaca Narvaja a quien le dijeron que lo iban matar, a Toranzo y De Breuil y también cuando son sacados de la cárcel Liliana Páez junto a Tramontini. Para la fecha en que se produce el hecho trece ya no estaba en la UP1.
Devoto
Después fue trasladada junto a un grupo de presas en un avión Hércules a la cárcel de Devoto. “En los penales recuperamos la comunicación con el exterior por los periódicos y los contactos familiares. Pero nosotros, como presos políticos, éramos rehenes en el estricto sentido del término para usarnos según necesidades”; comentó y puso como ejemplo que en junio de 1977 a Elsa Narváez de Bazán le dicen que prepare sus cosas que se va en libertad pero que la mandan a Córdoba donde pasa por La Ribera y La Perla con otras presas porque Videla visitaba la provincia.
“Los presos políticos estábamos para decirle al exterior: acá están los presos políticos y para tapar los campos de concentración”, afirmó. Otro aspecto importante del relato da cuenta de la separación de presos según categorías que los ubicaban como “recuperables”, “en recuperación” e “irrecuperables”. Una junta “interdisciplinaria” realizaba la selección. “Citaban de a una a las compañeras y pretendían que firmáramos que no éramos subversivos”, atestiguó Di Rienzo.
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