sábado, 23 de octubre de 2010

Loa al Militante desconocido

Alejandro Castiñeiras

Ignoro como se llama y donde vive, pero sé que está presente, allí, donde el Partido necesita un hombre dispuesto a la brega obscura, paciente, tesonera, la que se reanuda todos los días del año con una continuidad fatigosa pero proficua. Es el militante anónimo, es el afiliado que no reclama membradía, ni espera otra recompensa que el íntimo goce que acuerda el deber cumplido. No trepa a la tribuna, ni codicia el aplauso, ni se desvela por los cargos representativos.

Acepta, en cambio, sin vano alarde, las tareas menudas y pesadas, aquéllas, que solo pueden cumplirse con eficacia cuando una viva y callada fe hincha el pecho. En el hombre, joven o viejo, que enlaza amorosamente su existencia a la del Partido, y sin el cual el Partido no podría subsistir como organismo dinámico y creador. Es la roca inconmovible, asiento firme del poderío partidario. Sin su persistente concurso la lucha se haría onerosa, difícil, casi imposible. ¿Quién ocuparía cotidianamente su puesto en el frente de batalla? ¿Qué tesoro sería menester para llenar, con fuerzas mercenarias, el lugar que el ocupa jubiloso e infatigable, limpia el alma de impuras ambiciones?

Lo he visto, movido por idéntica finalidad creadora, en Barracas, en Nueva Pompeya, en Liniers, en La Boca, en Saavedra, en Villa Devoto; trabaja con igual empeño en los barrios lejanos como en los céntricos. Cual si fuera un ser modelado por la mano invisible del ideal, tiene hermanos que sienten y piensan solidariamente donde el ideal hace germinar sus huestes.

Lo he visto, en los instantes de agitación electoral, cuando la contienda enardece los espíritus, plegar con tranquilidad fecunda el volante o la boleta que, luego, otros se encargarán de distribuir en el barrio. Lo he visto, en medio de la bulla cordial del Centro, escribir en los sobres, una tras otra, con la misma prolijidad que si escribiera una carta a la madre o a la novia, las direcciones de millares de electores. Lo he visto, con o sin birrete de papel, salir con el pincel y el balde lleno de engrudo, iniciar la gira nocturna recorriendo decenas de cuadras, ingeniarse para dar al cartel ubicación estratégica y terminar la ruda faena cuando ya la palidez de las estrellas preanuncia la hora en que ha de comenzar, en la fabrica o en la oficina, la conquista del sustento.

Y es él quien encabeza, alegre y resuelto, el grupo formado a puro cántico en la desvalida esquina del suburbio; el grupo que nace ralo para ir adquiriendo, en sucesivos empalmes, la tonante grandeza del torrente que invade las calles y avenidas. Y es él, cuyos músculos no conocen el cansancio, quien mejor levanta y agita la enseña partidaria en las grandes jornadas socialistas. Y en sus labios, más que en otros, los acentos de "La Internacional" vibran como un llamado cuya armonía enciende el entusiasmo en todos los corazones.

También lo he visto lejos, a centenares de kilómetros del marcante tráfago de la capital. Allí donde el desamparo es mayor, donde la justicia suele estar ausente, donde el temor de todos denuncia el valor de unos pocos, donde la voz del caudillo es ley que el comisario acata, donde la mansedumbre pueblerina o la indiferencia incivil o la miopía colectiva aísla, cuando no fustiga, al hombre que se siente libre para proclamar su ideal, sin jactancia, con la tranquilidad que acuerda la convicción profunda.

Allí, el militante anónimo se transfigura en héroe. Su fervor proselitista constituye un desafío intolerable. Encandila a los búhos de la política lugareña con su luminosa fe en un ideal que la estulticia circundante no alcanza a comprender. ¡No importa! En ese medio su figura se yergue para señalar, con la palabra o el ademán, la ruta emancipadora a la legión sufrida que aun dormita arrullada por el atraso.

Lo he visto, desafiando firme las iras adversarias, en el lejano Norte, en tierras por las que ambula el coya con su poncho raído y multicolor; lo he visto en la región de Cuyo, entre parrales y acequias, bajo el límpido cielo que recortan los picachos andinos, conquistar posiciones para el Partido, sin flanquear ante la insolencia oficializada; lo he visto en Tucumán ganar conciencias proletarias dentro y fuera de los ingenios; lo he visto en Córdoba trabajando para ahuyentar del llano y de la serranía la enervante influencia eclesiástica; lo he visto recorrer, como peregrino de un gran principio, la inmensidad de la provincia de Buenos Aires y llevar nuestra palabra de chacra en chacra, en Santa Fe y Entre Ríos. Y así en Corrientes, para librar al pueblo de la estéril gresca entre autonomistas y liberales; en Santiago del Estero, para extirpar la mala hierba política que, como la otra, la que invade los campos resecos, crece rampante y espinosa; y en La Pampa, cada vez más nuestra; y en el Sur lejano, donde
el frío no paraliza la acción, y en Misiones y en Chaco, donde fue menester sufrir para poner el primer jalón partidario.

Sobre el pilar seguro de la legión anónima y fiel levanta el Partido su majestuosa arquitectura. Son esos afiliados, cuyo nombre quizá ninguna historia registre, los que animan con su labor tesonera el panorama político argentino. Son ellos los que dan recia consistencia a nuestro movimiento, los que van abriendo senda en medio de la selva de prejuicios. Gracias a ellos las puertas de nuestros Centros, en toda la extensión del territorio, están siem0pre abiertas para dar paso al hombre dispuesto a enaltecer su vida con un hermoso ideal. Gracias a ellos el volante corre de mano en mano; el sobre con su boleta llega a destino; el cartel anunciador halla espacio en el muro, de un extremo al otro de la República.

No podría decir si ha leído a Marx o a Engels, si la dialéctica hegeliana lo obsesiona o si se ha zambullido en la historia para descifrar sus leyes. Tampoco podría afirmar si es rico su caudal doctrinario o si tan solo conoce nuestra Declaración de Principios. Pero sabe, con plena conciencia, que forma parte del "ejército aguerrido" que Marx y Engels soñaron crear para evitar que nuestra doctrina degenerase en una vana especulación filosófica o ridícula contienda académica entre corifeos. Se siente, más que nada, hombre de acción, por modesta que ella sea, y no pontífice de un dogma esotérico. Gusta contemplar el fulgor de las estrellas, pero cuida donde pone el pie para no caer en el hoyo, como cuenta Laercio que le ocurrió al filósofo Tales.

Esta de más averiguar si ha entrado en nuestras filas tras minucioso análisis doctrinario o si fue el corazón quien dio el impulso. Lo cierto es que "su meta y su acción histórica están prefijadas clara e irrevocablemente, en su situación y en la sociedad burguesa actual".

Las ráfagas heladas de la duda no amenguan su voluntad constructiva, así como el soplo ardiente de la pasión no perturba el ritmo de su pensamiento teórico. La derrota no lo amilana ni la victoria lo enceguece. En las horas buenas y en las malas ocupa el puesto que su conciencia le señala. Calla, si lo tiene, su fervor revolucionario, esperando tranquilo que se presente la oportunidad para que otros lo descubran. Obrando así, no pide a gritos un lugar en las barricadas, pero sabrá, sin duda, hacer frente al peligro el día que sea necesario salir a su encuentro.

Vivo símbolo de la acción diaria y práctica, veo en él la fuerza básica sin la cual resulta difícil toda conquista trascendente. El socialismo no es un romance para ser cantado por poetas ni un dogma propicio para divagaciones sutiles. El socialismo es una doctrina realista, es un esfuerzo colectivo y razonado que reclama el concurso cotidiano de hombres capaces de pensar, sentir y actuar con sinceridad.

Nada nuevo se escurre en este ideario, nacido al conjuro de un sentimiento. Bien lo sé. Pero es el caso que he querido recordar al militante que abre las puertas de su Centro, al que atiende la biblioteca, al que prepara el material de propaganda, al que toma el balde y el pincel para embadurnar los muros vecinales, al secretario que redactará las actas, al tesorero que en estas épocas de salarios magros tendrá doble fajina para obtener fondos... En una palabra, a todos los que hacen algo de lo mucho que es necesario hacer para dar cada vez más vida y empuje a nuestro movimiento. Porque después de haber escrito sobre las ideas de tanto socialista ilustre, era necesario que evocara la existencia de esos modestos soldados del ideal, reconociendo con Macterlinck que "no hay vidas pequeñas: cuando la miramos de cerca, toda vida es grande".

(LA VANGUARDIA, febrero 24 de 1934)

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Mariano, te abrazo emocionada

Elisa Rando (especial para ARGENPRESS.info)

Si mi abrazo militante, fraterno, pudiera darle calor a tu cuerpo. Sangre a tus venas. Aliento a tu boca entrecerrada, Mariano, te abrazo con todas las fuerzas que me da mi modesta y veterana militancia socialista.

Si estuviera a tu altura, si pudiera alcanzarte, allí cerca del sol y las estrellas, acaricio tu mejilla, tibia, esperanzada. Tu barba joven. Tus ojos buenos. Tus ideales que alentaron y conmovieron tu noble corazón ilusionado. Tu mente nueva. Tu decisión de luchar. Lucha sin tarifa de rufianes. Lucha que sólo los jóvenes que descubrieron la injusticia son capaces de tener sin condiciones, sin peso y sin medida. Noble lucha la de la juventud perseguida en todos lados que controlan los matones.
Te abrazo como me abrazaron... Te contengo, como me contuvieron. Te acaricio como me acariciaron mis compañeros del alma, la noche que un incendió miserable, dejó en mi camino, para siempre, las brazas que aún no se apagaron. Solo derrumbaron un edificio. Quemaron cien mil libros. Encarcelaron quinientos jóvenes. Fue hace muchos años, pero fue. Y me dejaron fuerzas hasta estos, mis largos años naturales. En mi generación militante se levantó una montaña de compromisos, de decisiones, de luchas. de derrotas, de cárceles e injusticias... Que fue lo importante. Y también de cantos que ayudaron a decir lo que queríamos. Por decir, dijimos casi todo.
La juventud siempre descubre caminos nuevos, para los necios, intransitables. Por eso cuando elijen matar la vida y los ejemplos, los primeros asesinados son siempre los más jóvenes. La simiente. El porvenir. Se ensañan con ellos porque son los incorruptibles. Los miserables odian a los jóvenes por el ejemplo. En la comparación pierden siempre. Y en las ideas, no tienen ni una. Por eso y muchas cosas más los ramplones los odian. Los asesinos a sueldo los matan. Los que tienen poder ocultan todo.
Me conmueven tus trece años de inocente militante. De callado, sencillo, firme, militante. Que sabe, porque lo siente, que la Revolución es la novia de todos y la mujer de ninguno. Que hay que conquistarla paso a paso. Golpe a golpe. Fuerza a fuerza…y como ahora, muerto a muerto.
Las hogueras, como las balas parece que solamente sirvieran para matar. Ellos se creen fuertes. Imbéciles con licencia para matar. Practican lo único que aprendieron. No dan para más.

Las hogueras, como las balas muchas veces abren caminos donde solo existen senderos. Despejan, marcan, señalan. No solamente matan. Focalizan la decrepitud del que apunta y tira. Y… matar, matar, no mata un tartufo miserable. Un reclutado entre un montón, en un estercolero. El pensamiento. Los ideales. Los principios no tienen fronteras ni los erosiona el tiempo. Ni los desaparecen los decretos.

Lo que mata es el olvido. Lo que pudre es el silencio.
El pueblo en la calle selló su compromiso con la vida y salió a quebrar con sus cuerpos a la muerte. Salió y saldrá siempre a romperle el brazo al asesino y al crimen.
Mariano, no hay fosa que te contenga. No hay nicho que te encierre. No hay espanto que te aparte. No hay agua bendita que te declare muerto. Ni rufianes que te asesinen. Ni bandera que no te cubra.
Morir, morir, morirán los carroñeros. Seguro que morirán barridos por el viento de la historia grande. Por la historia que le falta escribir con letra firme a este pueblo nuestro.
Haremos todos, un juramento laico. Juramos por tu vida. Juramos por tu lucha. También por tu inocencia. Juramos por los que como tu cayeron en medio de la tormenta. De la mugre cómplice que mata y huye. Que no construye más que socavones donde algún día ha de pudrirse con ellos la infamia de haber pretendido matar el pensamiento, las ilusiones y la emoción de tu ejemplo. Juramos por la verdad reivindicar tu vida. Continuar la lucha. Levantarnos mil veces, aunque hayamos caído cien.
Mariano, te abrazo. Me quedo con tu tibieza, tus emociones, tus esperanzas. Quede en tu nombre, que ya es nuestro, el compromiso de construir un mundo nuevo. Una sociedad sin clases, sin explotados. Sin explotadores. Sin miserias, ni miserables. Sin asesinos reclutados. Sin hambre. Sin olvidos.

Un beso en tu frente noble, compañero. Un compromiso sobre tus manos jóvenes, valientes, tibias como brazas encendidas.

Convocante, serás de largas luchas. No dejaste en vano en la calle tus sueños y tu vida. Querida vida, “compañero del alma, compañero”.
Mariano: “Hasta la Victoria siempre”…del Comandante, ¿lo recuerdas?

Foto: Argentina - Mariano Ferreira, militante del Partido Obrero asesinado por una patota de la burocracia sindical de la Unión Ferroviaria de José Pedraza.

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Elsa, la militante que aprendió a leer ayudando a los más pobres

Santiago Fioriti (CLARÍN)

Nació en Uruguay hace 56 años y vive en un barrio humilde de Berazategui. Es mamá de siete hijos.

Una casa precaria en un barrio pobre de Berazategui; una mujer sin trabajo, siete hijos y un marido que pega un portazo, el último: ya nunca más se iba saber de su paradero. Afuera, una crisis económica impiadosa en un país camino al cataclismo. Eran los finales de 2001. El calor agobiaba en el comedor “Caritas Felices”, cuando Cristina Giménez abrió la puerta y oyó la voz de una mujer desesperada: Quiero un plato de comida para mis hijos. Dígame en qué puedo ayudar. Hago lo que sea.

Cristina cuenta la historia a CLARÍN en la puerta del hospital Argerich, donde aquella mujer desesperada, Elsa Rodríguez, se encuentra en coma farmacológico inducido con respiración mecánica luego del balazo que recibió el miércoles en la cabeza. Los médicos dicen que su estado es muy riesgoso.

“Va a salir”, dice. Busca convencer: “La vida la golpeó mucho y nunca se cayó. Por eso te digo que va a salir”.

Elsa es uruguaya y cuando se radicó en Argentina era prácticamente analfabeta. No es una militante histórica del Partido Obrero. Más bien, se trata de un caso atípico. Comenzó a sumarse a las marchas del Polo Obrero, el brazo piquetero del partido, en el peor momento de la crisis, a los 47 años. Los pasos en la agrupación los dio lentos pero seguros. Actualmente es la responsable distrital del Polo en 25 manzanas de Berazategui.

“Estamos hablando de una luchadora en el sentido cabal de la palabra. Siempre buscó superarse”, dice Néstor, uno de sus compañeros. Elsita, como la llama, se siente orgullosa de haber aprendido a leer en uno de los talleres organizados por el partido.

La mujer, a la par de su tarea como militante y de colaborar en el mismo comedor que le dio la bienvenida nueve años atrás, trabaja como empleada doméstica en Capital Federal, tres veces por semana. Cobra 10 pesos la hora.

Sus hijos no se apartaron del Argerich, aunque han evitado el contacto con los periodistas. “Mamá es el sostén de todos nosotros”, les dijo uno de ellos a los referentes nacionales del partido. Si bien tienen motivos para estar exaltados, ayer se la agarraron con el médico que leía el parte para los noticieros de TV. Una de las chicas lo insultó y le recriminó que hiciera público el estado de su madre. “¿Quién te autorizó?”, dijo y corrió para que no la vieran llorar en cámara.

Elsa también tiene un carácter fuerte. Si algo no la caracteriza es la timidez. “Si ve una injusticia la denuncia. Es capaz de pelearse a los gritos si no le gusta algo en el manejo de los grupos”, cuentan cerca suyo. El día anterior a la protesta en la estación de trenes, uno de sus compañeros le sugirió que no fuera porque tenía que ir a visitar una cooperativa. Se opuso: “Yo me voy al corte a defender los derechos de los trabajadores. Ustedes hagan lo que quieran”.

Los tiempos libres los aprovecha para pasarlos al aire libre. Pocas cosas la ponen más feliz que ir a la plaza con Estefanía, su hija más chica, de 16 años. A la noche no se pierde el programa de Tinelli. Su favorito en el baile es La Mole Moli.

Elsa no conoce de lujos ni visita los shopping centers. Condena enérgicamente el capitalismo. Sus amigos la definen como “una mujer sencilla”. Anda siempre en zapatillas, con pantalones sueltos y a cara lavada. Dicen que nunca la vieron con zapatos de taco.

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