viernes, 14 de enero de 2011

Camino al congreso: El Rubicón de la revolución (Parte XVI)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

A los economistas les encantaría que fuera de otra manera y los burócratas estarían felices si pudieran cambiar los hechos pero lo cierto es que la economía forma parte del sistema político y no a la inversa. Todos los intentos en la Unión Soviética y en los países del socialismo real por reformar la economía fracasaron. Tal vez siempre comenzaron por donde debían terminar.

La Economía Política, término acuñado por Adán Smith en el siglo XVIII y que Carlos Marx elevó a sus más altos rangos, identifica a una ciencia surgida como parte del ajuste estructural que significó el surgimiento de los estados nacionales. Mediante aquellos procesos de formación de las identidades, la unidad nacional y la centralización del poder en Europa, el Estado desplazó a la Iglesia y a la realeza, pasando a ser el núcleo del sistema político y concentrando todo el poder, incluyendo la regulación macroeconómica. El triunfo del liberalismo y el advenimiento de la democracia, legitimaron el esquema y acentuaron ese rol.

Aquel debate giró y gira todavía, no sólo en torno a las categorías económicas generales: propiedad, riqueza, dinero, trabajo, salario, mercado, crisis, capital, librecambio, proteccionismo, planificación y otras, sino también respecto al funcionamiento del sistema, basado en una relación particularmente intensa y contradictoria entre el capital y el trabajo que origina la plusvalía y confiere todo el protagonismo a dos clases fundamentales: la burguesía y el proletariado.

Tanto las reflexiones originales como las actuales, indagan en cómo los actos económicos: producción, trabajo, consumo, comercio y otros, interactúan con los demás fenómenos sociales y políticos influyendo en la gestión de un sistema en el cual el Estado cumple la función de, mediante actos jurídicos obligatorios, regular las relaciones sociales arbitrar entre todos los actores económicos, fijar las reglas y dar coherencia y estabilidad al sistema.

Desde las etapas iniciales, el mismo Estado que respondiendo a los intereses de la clase dominante consagró jurídicamente la explotación del trabajo asalariado por el capital y consideró licito que unos se enriqueciera a costa de otros, asumió la representación jurídica de otras capas y sectores y fijó la duración de la jornada, el salario mínimo, determinó sobre prestaciones, seguridad social, organizó servicios públicos, prohibió el trabajo infantil, evitando que los excesos derivado de la codicia de los capitalista pusiera en riesgo la estabilidad social y que la sociedad se desgastara en pugnas tan interminables como estériles.

El hecho, inevitable y curioso de que el Estado, un ente social ejerciera el poder en un orden social donde la propiedad sobre los medios de producción y el capital son privados, generó contradicciones vigentes hasta hoy y dio lugar a la preocupación de los pensadores liberales que han tratado de impedir que, dotado de poderes virtualmente omnímodos, el Estado se exceda en sus funciones reguladoras y de arbitro se convierta en protagonista. De ahí la apasionada defensa del mercado, el fuero individual y de las libertades económicas.

Naturalmente que, antes y ahora, tales eventos no fueron debates exclusivamente académicos, sino intensas luchas políticas entre las clases sociales que provocaron revoluciones, hicieron rodar las cabezas de la nobleza y en algunos lugares de la burguesía, dieron lugar al nacimiento del socialismo, del sindicalismo, a los partidos obreros y a las grandes corrientes políticas de la izquierda, que dominaron los escenarios políticos del siglo XX: el comunismo, la socialdemocracia y la democracia cristiana.

En los términos de lo que se conoce como Marxismo-Leninismo más o menos ortodoxo, (puro lo llaman a veces), desde hace unos 150 años se realiza una crítica global al capitalismo, en la cual se mezclan pronunciamientos científicos, respuestas a situaciones coyunturales, interpretaciones erróneas e incluso falsificaciones. A partir de esa mezcla se descalifica no sólo al capitalismo, sino a sus prácticas gerenciales, incluso a fenómenos tan antiguos como el mercado y el dinero. Por contradictorio que parezca algunos de los que asumen ese enjuiciamiento y rechazan las categorías y prácticas capitalistas, elogian a chinos y vietnamitas que triunfan porque las emplean.

Seguramente los economistas, politólogos y otros científicos sociales y académicos cubanos, en el período previo al Congreso para el cual restan menos de cien días, aportarán a los delegados al evento argumentos para una mirada profundamente crítica y autocritica en torno a diversos aspectos de la teoría, la práctica y la experiencia cubana en la construcción del socialismo.

Este evento, que según el presidente Raúl Castro, con crudo realismo será el último presidido por la dirección histórica de la Revolución, puede ser la última oportunidad para rectificar y crear. Se trata esta vez del verdadero Rubicón de la Revolución. Los que saben están convocados. Allá nos vemos.

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