viernes, 7 de enero de 2011

Camino al congreso (XV): Tierra, ciencia y alimentos

Jorge Gomez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Tres años atrás, el presidente Raúl Castro definió a la producción de alimentos como una cuestión de “seguridad nacional” y hace apenas unos días proclamó: “Cambiamos o nos hundimos”. Para el líder cubano, cambiar es, sobre todo, lograr eficiencia en la economía para lo cual, además de medidas de emergencia, promueve cambios estructurales, modifica conceptos, perfila la política económica y convocó al VI Congreso del Partido.

En los últimos años, como resultado de la contracción de la industria azucarera, la disminución de la masa ganadera y la aplicación de tecnologías intensivas que reducen las superficies necesarias para ciertos cultivos y cría de ganado, quedaron disponibles grandes cantidades de tierra que se sumaron a las que se encontraban ociosas y que pueden llegar al 50 por ciento de las aéreas cultivables. En ese mismo periodo se acentuó la necesidad de importar alimentos que ha llegado a cifras superiores al 70 por ciento del consumo nacional.

En su enfoque actual, la solución a esa problemática incluye la entrega de tierras ociosas mediante la concesión en usufructo de parcelas a personas que las explotan bajo un régimen privado. Esa opción, fomentada con escases de capital y baja participación de la ciencia y la técnica, aunque ya ofrece resultados alentadores, no es sin embargo capaz de obrar milagros. Otra vez la solución radica en las inmensas cantidades de tierra en poder de las empresas estatales cuyas fortalezas y vulnerabilidades son conocidas.

De cara a tales circunstancias, a pesar de una extensión que les permite cubrir un amplio espectro del panorama económico nacional y anticipar estrategias de cara a la emergencia alimentaria y al desarrollo, en los Lineamientos para el VI Congreso del Partido, se aprecia la ausencia de alguna indicación respecto a la introducción en escala significativa de cultivos de Organismos Genéticamente Modificados (OGM), asunto omitido, no sólo del capítulo relacionado con la agricultura, sino también en lo relativo a la ciencia.

El debate mundial en torno a los OGM comenzó en 1983 cuando por medio de procedimientos de ingeniería genética se introdujeron las primeras modificaciones en células vegetales y se cultivaron las primeras plantas transgénicas, proceso que en 1995 condujo a los primeros cultivos en escala comercial.

A lo largo de 15 años ha tenido lugar una discusión a escala mundial promovida sobre todo por entidades ecologistas que en los países desarrollados han sido zanjadas por conclusiones científicas, miles de estudios, experimentos y dictámenes y por decisiones gubernamentales que finalmente, mediante legislaciones, han dado luz verde al cultivo y la comercialización de esos productos, primero como alimento animal, luego como materias primas para la industria alimentaria. En 1994 la Administración de Drogas y Alimentos de los Estados Unidos (FDA) autorizó el primer alimento de consumo directo genéticamente modificado, el tomate "Flavr-Savr", que entre otras tiene la propiedad de una maduración retardada.

Es cierto que la introducción de los OGM como de cualquier innovación tecnológica de esa escala, supone no sólo riesgos e impactos de todo tipo, sino también incomprensiones y requiere de evaluaciones responsables. Es lógico pensar que con la experiencia científica mundial acumulada a lo largo de 15 años, un comercio de OGM que en los primeros diez años alcanzó unos 40 000 millones de dólares, las autoridades agrícolas del Estado Cubano cuenten con elementos suficientes para adoptar políticas al respecto.

En caso de ser pertinente, el debate nacional respecto a los OGM incluiría sólo su producción y escala porque respeto al consumo, por tratarse de un país importador de alimentos que llegan desde todas partes del mundo, incluyendo los Estados Unidos, los transgénicos circulan masivamente en Cuba en la carne vacuna y de cerdo, el pollo, las conservas de frutas y vegetales, leche y productos lácteos, incluso tejidos y calzado. Se afirma que entre el 60 y el 90 por ciento de los alimentos que circulan en los circuitos comerciales mundiales incluyen componentes genéticamente modificados.

Por otra parte, los avances de Cuba en ingeniería genética, biotecnología y técnicas agrícolas permiten suponer una capacidad avanzada para aprovechar las ventajas de los OGM y minimizar los riesgos. Además, debido a que en Cuba el 100 por ciento de la tierra, las políticas agrarias y la importación están bajo control del Estado, las condiciones son óptimas para evadir las desventajas.

Obviamente no se trata sólo de una cuestión económica o agrícola, sino de un asunto nodal en el cual a la ciencia cubana correspondería un papel decisivo. Ningún país, en ningún clima y bajo ningún sistema social ha logrado la autosuficiencia alimentaria sin una elevada participación de la ciencia y de la tecnología y sin una acrecida capacidad para introducir las innovaciones avanzadas.

En Cuba, donde según ha criticado el propio presidente Raúl Castro, la transparencia no es precisamente una virtud, se sabe de la existencia de ciertos debates en torno a la pertinencia de la introducción de estos organismos genéticamente modificados para resolver el problema de seguridad nacional que constituye la producción de alimentos, aunque se desconoce su alcance y las conclusiones oficiales.

Seguramente el Congreso se hará cargo del tema y resolverá lo que más convenga al país y al momento. Allá nos vemos.

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