lunes, 31 de enero de 2011

Darfur: Una asignatura pendiente

Julio Morejón (PL)

Apenas definido el asunto de la autodeterminación del sur de Sudán, las miradas africanas, incluidas aquellas de países con componente árabe, convergen en la occidental región de Darfur, donde el auditorio internacional espera una solución a esa guerra empantanada.

Aunque el interés mediático respecto al conflicto disminuyó frente a la realización del referendo de separación de la zona austral, que se extendió una semana, algunas informaciones sobre lo que ocurre en Darfur lograron pasar la barrera.

Las operaciones militares en ese territorio no se detuvieron e incluso algunas se relacionaron con los refugiados ubicados cerca de El Fasher, capital regional, donde se destacaron redadas de las fuerzas de seguridad sudanesas, durante las cuales hubo detenciones.

Según la misión de la ONU de la Unión Africana en la región (Unamid) por lo menos a mediados de enero 37 personas resultaron arrestadas tras ser allanado el campamento de refugiados de Zamzam, donde hay decenas de miles de desplazados por la guerra interna.

El ejército y la policía informaron que trataban de arrestar a elementos criminales y confiscar armas y sustancias ilegales en el asentamiento, amplió la misión.

En ese ámbito, Unamid aumentó su presencia en Zamzam, llamó a las autoridades a actuar con mesura y anunció que solicitaría información sobre los detenidos.

Todo lo anterior es sólo un componente de la contienda que estalló con fuerza en 2003, cuando un movimiento insurrecto comenzó sus ataques contra instalaciones del gobierno y durante los enfrentamientos murieron más de un centenar de soldados, según narraciones del período.

Antes de avanzar en el tema debe comprenderse que lo ocurrido en la región es un proceso originado en el siglo XIII, cuando la zona era sultanato independiente, categoría perdida en 1916 cuando se incorporó a Sudán, por entonces colonia británica.

Más allá del mero conflicto étnico, la crisis tiene complejas raíces políticas y sociales, y trasciende también la simple disputa por territorios fértiles con acceso al agua.

A ello se añaden contradicciones resultantes de factores ideológicos y psicológicos presentes en la configuración del Estado-nación.

En el 2003 los protagonistas de la guerra se definían como el Ejército de Liberación de Sudán (ELS), las tropas del gobierno del presidente Omar Hassán al Bashir y una formación irregular, el yanjauid (o jinetes armados).

Pasado el tiempo en la guerra actuan otros beligerantes como el Movimiento de Justicia e Igualdad y la Facción Movimiento de Liberación de Sudán liderada por Minni Acrua Minnawi.

La situación allí se remite a contradicciones surgidas por la falta de paridad en la distribución de la propiedad, que según los rebeldes siempre favoreció al segmento árabe de la población en detrimento de los restantes sectores, indican expertos.

Según ONU, el conflicto armado causó entre 200 mil y 300 mil muertos, así como un millón 900 mil desplazados que ahora viven en campamentos maltrechos, superpoblados y peligrosos como el de Zamzam, que no les brinda protección total.

Pero si en principio el desequilibrio en la distribución de la propiedad condujo a crear un escenario cada vez más tenso y sangriento, otros elementos se unieron para complicar el asunto, pues el subsuelo de Darfur posee hidrocarburos.

En abril de 2005, el gobierno sudanés anunció haber encontrado petróleo en el sur de Darfur, donde estimó que podría bombear, en plena explotación, 500 mil barriles por día, reportó William Engdahl en Global Research.

La geopolítica contemporánea valora con razón la importancia de las fuentes del crudo y las identifica entre los móviles de Estados Unidos para desatar la agresión contra Iraq (2003) o un discurso amenazador contra Irán y Venezuela, pero enmascara el interés occidental por escindir el sur de Sudán.

En esas condiciones se observa una marcada tendencia a extender el conflicto, pese a las gestiones dirigidas a detenerlo, primero, y luego a disolverlo.

Eso quedó demostrado en las negociaciones del 2010 en Doha, la capital qatarí, donde sólo se avanzó en un segmento, en tanto otros quedaron inscritos como intentos de distensión.

Sin embargo, aquella cita fue una de las acciones más eficientes al reunir al gobierno de Sudán y el Movimiento para la Justicia y la Liberación.

Los mediadores - ONU, la Unión Africana y Qatar- pidieron a todas las guerrillas enfrentadas al gobierno de Al Bashir (el Movimiento de Justicia e Igualdad y una facción del ELS) que se sentaran de nuevo a la mesa de las negociaciones, mientras se confeccionaba un borrador de acuerdo final, pero la propuesta no prosperó.

Tampoco ha resultado la internacionalización del conflicto con la inclusión de cascos azules de la ONU y una fuerza de paz de la Unión Africana, que en conjunto integran la Unamid.

Sin embargo, algunos no pierden la esperanza de que el proceso se oriente hacia una solución pacífica en la que se tenga en cuenta un equilibrio constructivo que establezca coto al acelerado deterioro de las condiciones de vida en el lugar, convertido hoy en terrible teatro de operaciones militares.

En ese análisis se percibe como agobiante la situación humanitaria en Darfur, donde se precisa una sincera preocupación por el futuro inmediato de cerca de tres millones de personas dependientes de ayuda y también de 220 mil que huyeron al vecino Chad en busca de refugio.

Es el mosaico sudanés el único capacitado y creíble para desatar ese nudo gordiano sin más traumas, y tanto fuentes oficiales como humanitarias y grupos antigubernamentales, han emitido señales de que se puede negociar para encontrar una solución al conflicto con el imperativo de urgencia que requiere.

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