viernes, 7 de enero de 2011

El mundo de hoy (Parte III)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

En términos históricos, el pasado -reciente o remoto- fue como fue y nadie puede cambiarlo. Lo impredecible es el futuro, no porque falten herramientas científicas, sino porque, al menos desde la política, la percepción está mediatizada por la diversidad de enfoques, algunos interesados, erróneos otros.

A mediados del siglo XIX Carlos Marx descubrió que en Europa no sólo se habían producido cambios políticos sino que había surgido una formación social nueva a la que llamó capitalismo. Al examinar aquel fenómeno desde la economía política, describió la deshumanización del capital, señaló las fortalezas del sistema, enumeró sus vulnerabilidades y percibió que como resultado de las tendencias en su desarrollo se produciría una mutación que daría lugar a un tránsito al socialismo.

Aunque anticipó particularidades de aquella transformación y aludió a algunas de sus facetas, Marx no pudo precisar cómo ni cuándo ocurriría; cosa de la que se ocuparon sus exegetas que, entusiasmados por la Revolución Bolchevique, creyeron que el cambio tendría lugar mediante una revolución mundial que abarcaría a los países más avanzados y sería encabezada por la clase obrera. Siglo y medio después la primera opción no ha madurado y la segunda, relacionada con una ruptura revolucionaria del orden establecido, parece remota.

No hay en ningún país capitalista desarrollado corrientes que desde el movimiento obrero se propongan retar al capitalismo ni fuerza política alguna con un programa viable al respecto. Lo que llaman movimiento alternativo se refiere a protestas ante el auge neoliberal, carece de calado político real y como opción anticapitalista es considerablemente más débil y menos respaldada por las elites intelectuales y la clase obrera que la encabezada por Carlos Marx en épocas de la Primera Internacional (1864).

En cuanto al entorno afroasiático donde al calor de la II Guerra Mundial y el derrumbe del sistema colonial, la lucha por la liberación nacional se inclinó hacia la izquierda, motivando que varios de los estados recién surgidos se aproximaran a la Unión Soviética. Aquellas tendencias fueron remitidas o corregidas y aquellos países giraron hacía alianzas con sus antiguas metrópolis y con los Estados Unidos.

Con la absorción de los movimientos del 68 por el orden vigente, el auge del neoliberalismo que afectó la expansión de los “estados de bienestar” en Europa, el fin del socialismo real y la desaparición de la Unión Soviética, los avances hacia el socialismo como resultado del desarrollo capitalista o mediante revoluciones proletarias u otros movimientos sociales, está más lejos que nunca antes.

Tal vez debido a la fuerte influencia de la Revolución Cubana, a la movilización originada por el auge del movimiento de liberación nacional en los años sesenta y setenta, la maduración de vanguardias políticas en las luchas contras las dictaduras en el Cono Sur y Centroamérica, el desarrollo de movimientos sociales con metas y propósitos políticos definidos y al reacomodo político a que dio lugar el fin del socialismo real, América Latina aparece como una excepción en la cual, cada movimiento y proceso deben ser apreciados en sus dimensiones exactas, entre otras cosas para evitar que el exceso de entusiasmo los haga abortar.

Estos movimientos avanzados, incluida Cuba, tienen ante sí el doble desafío de insertarse, lo más unidos e integrados posible al mundo global y con los medios a su alcance y sin pretensiones que superen sus posibilidades reales confrontar a las peores tendencia de esos procesos regidos por corrientes abiertamente neoliberales.

Carece de sentido librar grandes batallas que objetivamente no pueden ser ganadas y en las cuales se arriesgue lo alcanzado. Uno de los mejores rasgos del pensamiento del presidente Raúl Castro es su insistencia en consolidar cada posición alcanzada. Al respecto Lula fue antológico: “Creo que Brasil avanzará, de lo que estoy seguro es de que no retrocederá”. La certeza de que el cambio que se impulsa es irreversible es el mejor legado de cada líder y de cada etapa del proceso.

El mundo global de hoy es la fortaleza en la cual se atrinchera el capitalismo del siglo XXI, que a pesar de la crisis que lo aqueja, de los graves problemas estructurales que presenta y del carácter ineluctable de su evolución, cuenta con enormes reservas y con posibilidades de aplicar paliativos que le confieran márgenes de vitalidad.

En las murallas de esa fortaleza hay grietas y nichos que crean debilidades y ofrecen opciones, al parecer bien explotadas por los llamados países emergentes, algunos de los cuales, sin perder identidad ni dar la espalda a sus responsabilidades nacionales, incluso asumiendo como hace Brasil un papel relevante en los esfuerzos integracionistas en América Latina, aprovecha las opciones del momento.

Ignorar que la fortaleza existe, creer que se derrumbará a corto plazo debido a contradicciones internas o a fenómenos asociados a cuestiones climáticas o ecológicas es una ilusión que puede inhibir los esfuerzos por metas reales.

Un mundo mejor es posible pero se construye de un modo diferente a todo lo realizado hasta ahora. Las recetas convencionales no aplican a situaciones extraordinarias. Allá nos vemos.

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