viernes, 14 de enero de 2011

Los políticos, bajo sospecha

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

A algunos, y especialmente a bastantes periodistas, les preocupa que se denigre a los políticos. Por eso se erigen en valedores de la clase política porque, decayendo el prestigio del político, temen que pase a un primer plano una mayor influencia de los poderes fácticos. Y todos recurren al tópico de siempre: que no todos los políticos son unos corruptos y unos vagos. ¡Faltaría más!.

Será cierto que ni en la política hay más mangantes o pícaros que entre los empresarios, los curas o los periodistas. Pero casi, casi lo parece. Porque así como de empresarios y periodistas corruptos oímos poco hablar, los políticos que aparecen implicados en tramas, procesos y sospechas, son bien numerosos. Es más, da la impresión de que si no hay más casos de pública y presunta corrupción es porque la justicia es lenta, y también porque los investigadores y los jueces no aprietan demasiado las tuercas. Si no fuese por esto, descubriríamos que la mayoría de los políticos son corruptos: por acción o por omisión, es decir, porque miran a otra parte.

Además, así como el mundo ha temblado y se ha escandalizado ante los casos de pederastia de los curas denunciados y la pasada actitud encubridora de su jerarquía, por ser numerosos, los casos de políticos corruptos tampoco son aislados, como puedan serlo los de empresarios y periodistas corruptos: son muchos, demasiados, y además están focalizados en personajes resonantes.

Porque una cosa sería haber aislado a un par de corruptos después de dificultosísimas investigaciones, y que esos casos sean como un par de manzanas podridas en el cesto, y otra cosa es presenciar de qué manera van apareciendo políticos corruptos o que manejan abusivamente sus privilegios como las cerezas engarzadas en un racimo. Por ejemplo, no habrá corrupción directa en el caso de los dos ex presidentes que, además de sus millonarios emolumentos en el sector privado, perciben anualmente 80.000 euros (una retribución equivalente a cuatro años de salarios de un trabajador cualificado), pero es indecente sólo el hecho de cobrarlos cuando por otros conductos sus ingresos anuales, oficialmente (cuánto no será oficiosamente), superan el millón. Digo indecencia, y digo bien. Pues ellos mismos, si tuvieran la vergüenza que no suelen tener en éste pero en otros muchos casos los políticos, debieran ser quienes renunciasen a semejante y codiciosa canonjía en tiempos además tan críticos. Pues no, habrá que esperar a que prospere la iniciativa de grupos políticos parlamentarios para que se declare orgánicamente la incompatibilidad entre las dos retribuciones.

Así es que ¿cómo piensan los defensores de los políticos que no habrá cada vez más ciudadanos dispuestos a denigrarlos pese al riesgo de que en su lugar manden los poderes fácticos de siempre? Pero es que, por otra parte, los poderes fácticos influyen en la vida pública tanto con políticos honestos como con políticos corruptos.

En suma, si esto sigue así, si no se hace una depuración a fondo de los corruptos o a punto de serlo en la política (como se está intentando depurar el dopaje en el ciclismo y en otros deportes), va a llegar un momento que todos terminaremos viendo en cada político no a un servidor de la ciudadanía, sino a un tahúr, a un ventajista y a un ladrón probado o en potencia. Y lo mismo dará que haya otros muy honestos. Pues pensaremos que en cualquier momento también dejarán de serlo. Ya decía antes que se incurre en corrupción, como se comete delito, tanto por acción como por omisión. Y hay omisión cuando el político se desentiende de lo que pasa a su alrededor o finge no verlo o conocerlo. Y de estos casos debe haber tantos o más que de los otros...

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