lunes, 31 de enero de 2011

Tiempos violentos

Marta Gómez Ferrals (PL)

El 30 de enero la humanidad recordó al extraordinario líder indio Mahatma Gandhi, asesinado por un fanático en fecha similar, hace 62 años, y en cuyo honor cada 2 de octubre se conmemora el Día Internacional de la No Violencia, en la efeméride de su natalicio.

Y mientras pensamos en la invaluable contribución de esa "alma grande" -según la etimología del vocablo Mahatma- a la lucha por la convivencia pacífica, el patrimonio moral y la independencia de su pueblo, y en la horrible paradoja de su muerte, las noticias del atroz atentado en el aeropuerto de Moscú nos paran en seco y conmocionan.

Antes, el sangriento acto de terror en Tucson, Arizona, EE.UU., con un saldo de seis muertes, había indignado a un mundo que vive o escucha a diario reportes de espanto desde Iraq, Afganistán, la franja de Gaza o África subsahariana.

Tal vez se podría concluir que empeñarse en combatir y hacer retroceder la violencia podría resultar una misión imposible en un mundo donde proliferan la injusticia, la inequidad, la pobreza extrema, el terrorismo, el injerencismo, la drogadicción y el narcotráfico.

Cuando se piensa sobre todo en los hijos, sabemos que ese objetivo no debe abandonarse jamás.

En los últimos años, en el Día Mundial de la No Violencia vienen ganando fuerza en muchas regiones del orbe las denuncias contra un flagelo que atañe a todos: la violencia contra mujeres y niñas, salvaje y brutal en zonas afectadas por conflictos y guerras internas; humillante e, incluso, también mortal en naciones desarrolladas.

En todo el mundo hay reportes de esa práctica abominable.

Sobre el tema, Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, dijo recientemente:

"La violencia contra la mujer y la niña deja su abominable impronta en todos los continentes, países y culturas (...) Ha llegado el momento de que nos centremos en las medidas concretas que todos nosotros podemos y debemos tomar para prevenir y erradicar este flagelo (...)".

Un informe del Fondo Mundial de Población de Naciones Unidas apuntó que la violencia sexual contra las mujeres en conflictos armados o desastres, además, menoscaba la recuperación a largo plazo de las sociedades.

El informe Estado de la Población Mundial 2010 incluyó testimonios sobre mujeres afectadas por conflictos y catástrofes en Bosnia-Herzegovina, Haití, Iraq, Jordania y los territorios palestinos ocupados, entre otros sitios, reflejo de cuán enorme es el camino por recorrer en la búsqueda de justicia al respecto.

El documento llama la atención, particularmente, sobre la violencia por motivos de género, incluida la violación sexual, a la que califica de arma de guerra repugnante, pero cada vez de uso más reiterado.

América Latina, un punto y aparte

A principios de año, economistas constataron un crecimiento económico general en América Latina y auguraron el sostenimiento paulatino de esos avances en el 2011, a pesar de la crisis económica mundial y de las problemáticas internas.

Pero la violencia también parece crecer, tal vez desmedidamente, en esta región del mundo, considerada la más afectada por la criminalidad y la inseguridad ciudadana.

Un despacho noticioso fechado en la capital mexicana reveló recientemente que Juárez, con 229 homicidios por cada 100 mil habitantes, encabeza la lista de las 50 ciudades más violentas del mundo.

Ello fue la conclusión del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal, publicado por CNN-México.

Francisco Rojas Aravena, secretario general de la Fundación Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), pone de manifiesto que la desigualdad y falta de oportunidades están en la base del fenómeno violento.

"El tráfico de drogas y de armas livianas actúa como un acelerador de la criminalidad. Y se suma a estos factores la debilidad de las instituciones democráticas. La corrupción generalizada y la percepción de impunidad le otorgan a las mafias un escenario privilegiado", puntualizó el especialista.

Varios reportes de instituciones señalan que el 27 por ciento de las muertes violentas en el mundo se da en Latinoamérica, aunque su población no llega al nueve por ciento de la de todo el planeta.

En los últimos 10 años, se ha divulgado que un millón 200 mil personas han muerto violentamente en la región.

También se sabe bastante sobre violentas favelas ocupadas por la policía, pandillas maras centroamericanas asesinas, matanzas en México y los 25 mil desaparecidos forzosos, asesinados y masacrados en Colombia.

Sólo Costa Rica, Cuba, Perú, Argentina, Chile y Uruguay, según expertos, están por debajo de lo que se considera violencia epidémica: ocho homicidios al año por cada 100 mil habitantes.

Sin embargo, estremece pensar que la mayor tasa de asesinatos del mundo ocurre en América Latina, área donde más del 70 por ciento de la ciudadanía teme ser víctima de una acción violenta o crimen de las mafias.

Algunos especialistas se inclinan todavía por analizar el inmenso y complejo fenómeno de la violencia desde el punto de vista meramente antropológico e, incluso, están los que siguen viendo como un mal atávico, ajeno a ideologías o sociedades puntuales.

El economista francés Pierre Salama suma al estudio de los factores antropológicos y sociales, los criterios que sitúan factores como la pobreza y la desigualdad, que siempre la acompaña, aun cuando se registren avances económicos, como detonadores formidables e inobjetables de la violencia.

Salama reconoce que cuando se aplican políticas de gasto social en la salud, educación y programas de transferencias, estas permiten promover la movilidad social y resultan catalizadoras de la integración y la creación de nuevos códigos de valor.

Ello se contrapone al criterio de representantes del capitalismo neoliberal que atacan los programas sociales con el argumento de que promueven la holgazanería o los mecanismos de desarrollo económico de las naciones y del mercado.

La existencia de sociedades excluyentes y la insuficiencia de las políticas públicas propician el desarrollo de la violencia en diversas formas: de robos hasta homicidios masivos, opina el conocido especialista, conocedor de las realidades de América Latina.

Algunos pueblos y gobiernos latinoamericanos empeñados en políticas incluyentes y defensoras de la justicia y la dignidad humana, siembran semillas hoy enfiladas a combatir el cáncer de la violencia. Falta hacer mucho más, es claro, como la lucha que muchos gobiernos libran.

Eso conduce a pensar que pueden existir varios modos de enfrentar el mal. El asunto es no quedar de brazos cruzados. El mundo solidario y pacífico soñado por Gandhi no tiene por qué ser una utopía.

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