viernes, 14 de enero de 2011

Vacaciones

Claudia Rafael - Silvana Melo (APE)

Desde las pantallas del televisor asoman rostros sonrientes y playas rebosantes. Los cronistas hablan de un 90 por ciento de ocupación hotelera y de un consumo que esboza un dejo de felicidad entre quienes apuestan su año entero a las ganancias que dejarán los turistas. Los informes especiales que se repiten cada año ante las cámaras detallan destinos más allá de las fronteras de estas geografías: las costas del Brasil, Uruguay, Caribe e, inclusive, Miami con gastos diarios de hospedaje y comida entre los 1500 y los 2000 dólares por persona.

Las arenas finas y cálidas de la meca argentina del poder económico desnudan pieles bronceadas y musculaturas trabajadas mientras en las calles van y vienen las niñas bonitas de la moda automovilística de gran portada: Jeeps Grand Cherokee, Chrysler PT Cruiser o la recientemente lanzada New Tucson de Hyundai. Pequeñas pinceladas de obscenidad que profundizan más y más el desequilibrio de esa balanza oculta y olvidada.

Sin saber ni poder siquiera pronunciar esas marcas de 4x4 deslumbrantes y representantes de la más cabal definición de pornografía, la vida se escurre en otros rincones.

Misiones, allí donde una semilla arrojada al viento multiplica los panes y eleva la vegetación a alturas inimaginables, donde los hormigueros parecen pequeñas montañas que asoman desde la tierra roja y los cítricos estallan rozagantes de vitalidad, hay –según estadísticas estrictamente oficiales- 6000 cachorros humanos desnutridos de los que mil tienen riesgo de vida. Y también según cifras del gobernador Maurice Closs –que suele mirar como tantos desde el pedestal que ofrecen los sillones del poder apenas una parte del dolor- murieron más de 200 chicos. Milagros Benítez, Héctor Rafael Díaz, Cristian Ortiz son algunos de sus nombres, para que nadie olvide. Para que la memoria -que suele ser engañosa y selectiva- no borre de un plumazo sus cortos días de primavera que terminaron precozmente en feroz crueldad. Aunque los tórridos días estivales, en donde la levedad suele ser deseo colectivo, no sean propicios para esa memoria.

Doscientos metros al sur pasan miles de jubilosos turistas argentinos todos los días, buscando playas brasileñas. Ahí no más, a pasos de la naciente del Pepirí Guazú, en la zona fronteriza, buscan una ardiente vacación aquellos que luego engordan el optimismo en los números oficiales. Que hablan de una migración histórica de afuera hacia dentro, de adentro hacia fuera y en los caminos intestinos de un país que florece con fragor. Pero en el que siguen muriéndose los niños a cachetadas de pobreza. Los dos países se chocan de repente y cuatro chicos que piden monedas a los turistas con un pie en la Argentina y otro pie en Brasil mueren absurdamente del lado vacacional. Cuando no soportaron más el calor de un verano terrible y saltaron la frontera entre Misiones Santa Catarina y accedieron a su modesto mar sin olas que se transformó en ciénaga. Un estanque formado en una obra en construcción, con suelo de barro brasileño que se chupa los pies. Y que se los tragó, como se traga la roja tierra misionera a sus niños rojos de sangre a la vista, de piel transparente, de huesos quebradizos. Mientras los millones de gentes rebasan las playas y los boliches se pueblan de brillos por las noches, la exuberante, rica y bella Misiones no puede evitar que sus niños se mueran por falta de alimentos. En la país de la masiva migración interna y externa vacacional los niños que duermen en la calle y a los que les cae la moneda migaja del éxito ajeno se mueren en su humilde minuto de veraneo en un pozo de barro del lado del Brasil.

No se entera nadie de lo que hay en esa frontera. Un pedacito de Misiones cubierta de serranías boscosas que superan los 800 metros. No llega ahí ni el Estado ni el gobernador del Hambre Cero. Tatiana Marisel y Fabián Lautaro Sosa, de 9 y 6 años, y Angélica y Beatriz Monzón, de 8 y 11, no lograron hacer pie en la tosquera. Casi les pareció natural. Su propia historia impuesta por origen, por piel, por nacimiento, por pobreza, los había condenado a no hacer pie en la vida jamás. Tan chiquitos y tan conscientes de que no había alternativas de costura de un porvenir cuando a los 9, a los 6, a los 11 la vida es sólo ahora, la moneda que cae de la mano, el calor arrasador en la calle de tierra, la nube de polvo que se pega en el pelo y un lugar para mojarse, por dios que ya no se respira.

Lejos, muy lejos de todos ellos, frágiles e inermes, otras pantallas con otros rostros anuncian recursos extra que el poder del Estado podrá manejar a discresión: 38.000 millones de dólares más en un año en el que octubre se va acercando con pasos de gigante. Pero que –cómo dudarlo- no derramarán paraísos en el barro cotidiano que pisan las Tatianas y las Milagros, porque los días de felicidad no están construidos para sus historias taladas a mansalva.

Fuente foto: APE

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.