miércoles, 2 de febrero de 2011

Argentina, Córdoba: Lágrimas de cocodrilo

Juan Carlos Giuliani (PRENSA RED)

El problema de Schiaretti no son las lágrimas, sino que nadie le cree. Durante toda esta etapa de transición democrática -casi 30 años- se ha cuidado muy bien de hacer mención a su pasado como militante.

Juan Schiaretti lloró hoy al finalizar su último discurso en calidad de gobernador frente a la Unicameral de la Provincia de Córdoba al referirse a los compañeros desaparecidos durante la última dictadura militar y al condigno castigo que están recibiendo los genocidas por el accionar -tardío- de la Justicia. Es la segunda que vez que lo hace en público.

Hace unos años, se lo vio llorar al escuchar una anterior condena a cadena perpetua en cárcel común para el genocida Luciano Benjamín Menéndez. El problema de Schiaretti no son las lágrimas, sino que nadie le cree. Durante toda esta etapa de transición democrática -casi 30 años- se ha cuidado muy bien de hacer mención a su pasado como militante.

Sólo ahora, al final de su mandato, y después que se registrara en Córdoba el año pasado un juicio histórico como el de la causa de los compañeros fusilados en la UP 1 que significó más cárcel para Videla, Menéndez y otros genocidas, se refiere al tema con una ampulosidad tal que revela su acentuado oportunismo político.

El “Gringo” Schiaretti, ex militante del peronismo revolucionario en los ’70, reapareció de su exilio en Brasil -donde hizo una fulminante carrera que lo depositó en cargos jerárquicos de la FIAT- reciclado como Secretario de Industria y virtual mano derecha de Domingo Cavallo durante la fiesta menemista.

Tuvo su bautismo de fuego en la administración de la cosa pública cuando Menem lo designó interventor en Santiago del Estero, en un último intento de apagar el fuego provocado por la revuelta que pasó a la historia como el "Santiagueñazo".

Su gestión fue tan desastrosa que cuando hubo que convocar a las urnas los Juárez, destinatarios de la bronca de la gente que originó la intervención federal, se alzaron con una cómoda victoria. El actual gobernador cordobés abandonó el pago de los Carabajal sin pena ni gloria y perseguido por una estela de denuncias por supuestos actos de corrupción.

Después, acompañó durante ocho años y medio a José Manuel De la Sota como Ministro de la Producción, Ministro de Economía y, finalmente, como vicegobernador, antes de ponerse el traje de mandamás provincial. En tal condición, ha sido partícipe necesario del vaciamiento y alevoso nivel de endeudamiento en el que se encuentra postrada Córdoba.

Vale la pena recordar que asumió como gobernador rodeado de un manto de sospecha por las consistentes denuncias de fraude en el acto electoral del 2 de septiembre de 2007, con la inestimable colaboración del inefable Domingo “Mingo” Carbonetti y el ex titular del Correo Argentino, el riocuartense Eduardo Di Cola.

El mismo gobernador que hoy lloró para las cámaras de televisión en el señorial recinto de la Unicameral, desató un incendio el 30 de julio de 2008 cuando otra vez ardió Córdoba. Entonces, aplicó sin anestesia una reforma jubilatoria que aniquila el Régimen Previsional de la provincia, mientras apaña hasta el empacho las tasas de ganancia de los grandes grupos económicos que han encontrado en Córdoba una suerte de paraíso fiscal. La ley se aprobó literalmente a los palos. La policía desencadenó una brutal represión para impedir que los trabajadores hicieran blanco de su ira en la Legislatura.

Como ocurriera en la agonía del régimen angelocista, o durante el ajuste salvaje del gobierno de Mestre y, más cerca en el tiempo, cuando De la Sota logró la sanción de la Ley del Nuevo Estado con el voto comprado del senador Bodega, nuevamente la sede del Poder Legislativo estuvo vallada y convenientemente blindada por más de un millar de efectivos de la Guardia de Infantería.

¿Qué clase de democracia es la que se ejerce atrincherado en las poltronas oficiales mientras el pueblo inunda las calles para clamar, impotente, por tanta impunidad e injusticia social?. De la misma manera Schiaretti y su ministro de Educación, el ex secretario general de la UEPC, Walter Grahovac, se valieron del brazo represor de la policía para acallar a los bastonazos, a fines del año pasado, las protestas estudiantiles contra la nueva Ley de Educación de la Provincia que se aprobó entre gallos y medianoche y casi sin discusión en la escribanía de la Unicameral.

Mientras el gobernador desempolva su pasado de rebeldía juvenil -ocultando muy bien los caminos que ha transitado desde entonces hasta acá- los que detentan el poder real en la provincia siguen acumulando fabulosos negocios. Porque los gerentes podrán estar en problemas coyunturales, o no tanto, pero ellos, los Pagani, los Urquía, los Roggio, continúan siendo los beneficiarios directos de este capitalismo prebendario.

Los patrones de Córdoba ya se encargarán de tirarle una soga a sus gerentes para que sigan velando escrupulosamente por sus intereses. Aún a costa de reverdecer el espíritu de unidad y lucha de los trabajadores cordobeses, hartos de tanta infamia, doble discurso y latrocinio.

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