martes, 1 de febrero de 2011

Colombia: El capitán Tito Orozco

Alberto Pinzón Sánchez

El 27 de junio de 1958 en Bogotá, un típico concejo verbal de guerra celebrado ritualmente por altos militares, cubrió al coronel del ejército colombiano Daniel Cuervo Aráoz con el conocido y viejo manto colombiano de la impunidad. Se le juzgaba por la orden verbal dada al confeso soldado Orlando Quintanilla (alias Danubio azul) y a un “guerrillero de paz “, para que el día 17 de febrero de 1953, fusilaran al ex capitán de la policía Tito Orozco junto con 4 detenidos más y desaparecieran las cenizas de sus cadáveres, como lo había hecho anteriormente con otras 50 personas, en el Boquerón del río Lengupá del municipio boyacense de Miraflores.

El capitán de la policía Tito Orozco, el 9 de abril de 1948, poco después de la muerte del dirigente popular Jorge Eliécer Gaitán y en medio del estallido social que se desató a continuación, se había acuartelado en la quinta división de la policía, ubicada en la carrera 5 con la calle 34 en el popular barrio de la Perseverancia. Aquel día en la emisora “Ultimas Noticias” se habían reunido entre otros; Gerardo Molina rector de la Universidad Nacional, Diego Montaña Cuellar asesor jurídico de los obreros petroleros, el dirigente liberal gaitanista Carlos Restrepo Piedrahita, y el exministro de trabajo y gobernador del Chocó Adán Arriaga Andrade, quien leyó atropelladamente la siguiente noticia : “La junta revolucionaria anuncia que en la quinta división de policía vamos a distribuir armas; en primer lugar, a todo el que se capture con bultos o atados en la cabeza, asaltando o robando, llevarlo a la quinta división, cerca del Panóptico, para inmediatamente juzgarlo en consejo revolucionario”…

En las primeras horas de la noche de aquel aciago día, los integrantes de la junta revolucionaria llegaron a la quinta división de la policía y se dieron a reconocer oficialmente por el capitán Orozco y el cuerpo armado de la división que llegó a tener cerca de 500 hombres en armas. Instalaron una pequeña oficina y a través de la central telefónica que se hallaba en poder de los empleados seguidores de Gaitán, estuvieron en comunicación telefónica directa con la dirección del periódico El Tiempo, pero fundamentalmente con la casa presidencial donde estaba atrincherado el presidente Ospina Pérez.

El capitán Orozco se negó a disparar contra la población insurreccionada. Fue declarado desde la presidencia en rebeldía y amenazado con el bombardeo inminente del cuartel de la quinta división, en donde todos los ahí reunidos vacilaban confundidos y esperaban con ansiedad las órdenes de la dirección Liberal, encabezada por Lleras Restrepo y Darío Echandía para actuar y reemplazar el gobierno conservador de Ospina Pérez. Las instrucciones nunca llegaron, porque no tenían porqué llegar.

Al contrario, al amanecer de 10 de abril sonó el teléfono de la quinta división, que agarró con precipitud Arriaga Andrade. Era el jefe liberal Darío Echandía, el nuevo ministro de gobierno, quien con su dejo cansado anunciaba el pacto de apoyo del partido Liberal al gobierno conservador de Ospina Pérez, la presencia del Liberal Fabio Lozano y Lozano como ministro de guerra y, categórico le dijo a Arriaga Andrade que “haría todo lo que tuviese que hacer para recuperar la legalidad de la democracia colombiana”. Inmediatamente el consejo revolucionario se deshizo como por ensalmo:”Fuimos derrotados sin disparar un tiro” alcanzaron a decir en su vertiginosa huida.

Una vez restablecido el orden público sobre los escombros del centro de la ciudad y los cadáveres de más de de 5.000 personas; el coronel Daniel Cuervo Araoz (conocido en Manizales como el “cuervo atroz” por su crueldad cuando fue gobernador del Departamento de Caldas durante la dictadura de Rojas Pinilla), quien durante el Bogotazo dirigió al ejército en la represión armada contra el pueblo insurreccionado, fue designado jefe de la policía con el objetivo de reorganizar y depurar la institución policial de la influencia ideológica izquierdista de Jorge Eliécer y los “nueve-abrileños”. El capitán Orozco fue sacado del cuerpo armado y comenzó la persecución en su contra que concluiría 4 años después, con la desaparición de su cuerpo incinerado en el boquerón del río Lengupá.

Esta es la historia verídica del capitán de la policía Tito Orozco, contada por su viuda Edelmira de Orozco y relatada como crónica policial por el reportero Felipe González Toledo; que Arturo Alape re-creó literariamente con el nombre de “El cadáver Insepulto” en el 2005, y cuya única ficción es el nombre cambiado del capitán Orozco por el de Ezequiel Toro. Es sin duda una bella prolongación literaria de su excelente libro documental “El Bogotazo. Memorias del olvido” publicado en 1983, en donde en la página 466, el comandante Fidel Castro relatándole a Alape la conversación que tuvo con el capitán Orozco aquel fatídico 9 de abril en la quinta división de la policía de Bogotá, le pone una pincelada de realismo trágico a su historia real y desdichada.

..“Yo veo en la quinta división, le dice Fidel Castro a Alape, aquella fuerza grande de cuatrocientos a quinientos hombres armados, acuartelados a la defensiva y entonces voy y pido una entrevista con el jefe de la guarnición y había varios oficiales y le digo: “toda la experiencia histórica demuestra que una fuerza que se acuartela está perdida”. En la propia experiencia cubana, en las luchas armadas de Cuba, toda tropa que se acuarteló estaba perdida. Yo le propongo que saque esa tropa a la calle y le asigne una misión de ataque a tomar objetivos contra el gobierno. Le razono, le discuto y le propongo que saque la tropa al ataque. Que aquella tropa es una tropa fuerte, que atacando podía realizar acciones decisivas y que en tanto estuviera ahí estaba perdida. Se lo planteo, se lo argumento, él tuvo la amabilidad de escucharme, pero no tomó ninguna decisión, entonces yo me fui para mi puesto”...

Es azaroso decirlo y nadie podría asegurarlo hoy con absoluta certeza. Pero de haber sido así, muy probablemente otro gallo hubiera cantado en Bogotá y en Colombia aquel inolvidable amanecer del 10 de abril de 1.948. Pero esto ya sería sustancia de una memoria alucinada, como por ejemplo, la de Roberto Bolaño.

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