viernes, 4 de marzo de 2011

Bisordi, alegato en favor de Patti

Maria Cristina Caiati (especial para ARGENPRESS.info)

Comenzó la etapa de los alegatos de la defensa, en el juicio por crímenes de lesa humanidad que se lleva adelante en San Martín, y en el que están imputados los militares Reynaldo Bignone y Santiago Omar Riveros y los policías Fernando Meneghini y Luis Abelardo Patti; los primeros con desempeño jerárquico en Campo de Mayo, los dos últimos con desempeño subordinado, en el mismo ámbito.

Abrió la etapa Alfredo Bisordi, abogado defensor de Luis Patti, el imputado más descollante de todo el proceso, no sólo por su pedigrí represor, sino también por su tan fulgurante como efímera carrera política. El tribunal que preside la jueza Lucila Larrandart le concedió dos jornadas; en la primera dejó, en todos los sobrevivientes, los familiares de las víctimas y los interesados en el tema, una amargura profunda.

Una recorrida a vuelo de pájaro sobre la trayectoria de Bisordi revela que trabajó en la justicia desde los albores de la dictadura; en mayo de 1978, como secretario del juez federal Norberto Giletta, recomendó el rechazo al habeas corpus interpuesto a favor de Daniel Bonifacio Chanapa, un dirigente gremial de la UTA en subterráneos, secuestrado y desaparecido el 17 de abril de 1978, cuando tenía 31 años de edad. En 1981, Bisordi adoptó idéntica determinación ante el habeas corpus colectivo caratulado González, Víctor Sergio Orlando y otros. Ídem en 1982, frente a la medida cautelar interpuesta a favor de Horacio Antonio Altamiranda y Rosa Lujan Taranto (embarazada de seis meses), secuestrados y desaparecidos en su casa de San Francisco Solano, el 12 de mayo de 1977

Con esa impronta, Bisordi dejó atrás la dictadura e ingresó en democracia; En los ’90, el menemismo produjo una modificación en la justicia y creó la Cámara Nacional de Casación Penal, la más importante inmediatamente antes de la Corte Suprema: el oficialismo lo propuso para ocupar un puesto en ese tribunal, cometido que logró, pese a la fundada impugnación de los organismos humanitarios; eso le posibilitó alcanzar la presidencia de la Casación. En todo ese tiempo y tal como no podía ser de otro modo, Bisordi no modificó un ápice su manera de pensar; al contrario, la profundizó. En 1996, junto Raul Madueño y a Liliana Catucci, confirmó la condena a cinco meses de prisión al periodista Enrique Vazquez, dictada por el juez federal Carlos Liporaci, en una causa por injurias iniciada por Menem cuatro años atrás; en 1998, junto a Catucci y a otro magistrado heredado de la dictadura, Juan Carlos Rodríguez Basavilbaso, dejó en libertad a tres cabezas rapadas condenados por golpear a un joven al que creyeron judío; al año siguiente anuló la sentencia absolutoria de los periodistas Sergio Moreno y Laura Términe, quienes habían ganado un juicio por calumnias e injurias que les había iniciado el cnl (re) Rodolfo Solis, miembro de la entonces SIDE; En 2002 también junto con Catucci y Rodríguez Basavilbaso, respaldó el fallo del juez Leónidas Moldes contra la maestra de Bariloche Marina Schifrin, condenada por haber manifestado pacíficamente en la vía pública; para fundamentar tal decisión, el tribunal citó al constitucionalista ultramontano Miguel Angel Edmekdjian: sólo por el voto puede expresarse la ciudadanía, todo lo demás – inclúyase la protesta pacífica- constituye la “expresión de un grupo sedicioso”.

La lista sería larguísima, excede el espacio de esta nota. Volvamos entonces al alegato en defensa de Patti, en cuya primera parte hizo una minuciosa exposición política orientada a atacar lo que él llamó “el progresismo setentista” actualmente en el poder, según su convicción. En ese marco, apuntó a Nestor Kirchner como artífice del descrédito de Patti; no olvidó su abrupto final de carrera en el poder judicial y se lo atribuyó al ex presidente fallecido, no a él mismo ni a su incapacidad para entender que el autoritarismo castrense se terminó. Se manifestó convencido de que su cliente será condenado, pero no por sus delitos (a los que, obviamente, no reconoce como tales), sino por lo que él consideró “parcialidad” del tribunal, a dos de cuyos integrantes –a los que no se privó de mencionar- les atribuyó simpatías con los derechos humanos, como si ello fuera un desmérito.

Al kirchnerismo también le achacó Bisordi el esfuerzo de programar y poner en marcha la estrategia que hizo naufragar en el Congreso, la carrera política del represor, impulsada por el peronismo. Para que se vea que esa fuerza apoyó vigorosamente a su cliente, Bisordi subrayó que, cuando aspiraba a la gobernación, así como cuando pretendía una banca de diputado, Patti contó con el inestimable apoyo y asesoramiento del actual apoderado del PJ, Jorge Landau.

Bisordi no se molestó en refutar las acusaciones de secuestrador, torturador y asesino que pesan sobre Patti. Las ignoró. Rechazó sí que su cliente haya obrado fuera de la ley y ejemplificó: cuando Patti, según dijeron los testigos, amenazó a José Goncalves en Garín en 1974, durante la conmemoración del Garinazo –la toma de esa localidad por parte de Montoneros, ocurrida en 1970- no actuó ilegalmente puesto que a esa altura de los acontecimientos, Montoneros era una verdadera amenaza a la sociedad y a la república y así lo había entendido el gobierno constitucional de entonces, que había ordenado la persecución; por lo tanto, Patti cumplía órdenes. Bisordi nada dijo que Montoneros fue ilegalizado recién en 1975.

Sin un mínimo temblor en la voz, con la más absoluta desverguenza, se dedicó a defenestrar la tarea del Equipo Argentino de Antropología Forense sobre el reconocimiento de los restos de Goncalvez, en otra parte de su alegato. Apeló, en ese cometido, a tergiversar palabras, hechos y cifras en un esfuerzo por desacreditar el trabajo de años para rescatar a Goncalvez y a su compañera Ana María Granada, del mundo de los desaparecidos y reintegrar a Manuel, el hijo de ambos, a su familia biológica

Es evidente: Bisordi es un cuadro político experimentado de la derecha brutal y asesina, que dio pleno respaldo a la doctrina de la seguridad nacional, cuyo esplendor aún añora. Produce nauseas saber que haya podido llegar a la presidencia de la Casación, puesto desde el cual se hicieron evidentes sus esfuerzos para evitar los juicios por crímenes contra la humanidad. Consuela pensar que, desde ese sitio, se precipitó al llano y hasta ahora, sólo pudo recalar en la defensa de un asesino.

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